Texto: Natalia Ferreira Barbosa / Ilustración: Fernando Franceschelli
En el futuro todo el mundo tendrá sus 15 minutos de fama”, dijo una vez el padre del pop art, Andy Warhol (1928 - 1987). Ese futuro del que habló Warhol es nuestro presente, la era de los medios de comunicación. En este siglo, el ser humano tiene un sinnúmero de herramientas en sus manos para documentarse a sí mismo; las más populares son las redes sociales, cuyo lema es: “Posteo y luego existo”. Por más ridículo que parezca, si no se comparten fotografías de un evento, para el resto del mundo, ese momento no existió. Esto debe hacerse en tiempo real, porque no basta vivir los momentos, también es necesario compartirlos para que más de 500 personas, de las cuales con suerte 30 conocemos bien, sepan qué sucedió y opinen al respecto.
¿Cuántas veces al día entra a “mirar su Facebook”? El tiempo que le da seguimiento a sus posteos y la cantidad de ellos para algunos investigadores sugieren un alto nivel de narcisismo. Es más, dicen que las personas más narcisistas son las que tienen mayor inclinación por el uso de las redes sociales. Irónicamente, los continuos posteos —de acuerdo al contenido claro— reflejan poca autoestima y una inmensa necesidad de aprobación. Un comentario sin un “me gusta” puede llevarnos a sentirnos poco populares y excluidos, si comparamos las propias publicaciones con las de otros. Contamos los “me gusta” y los comentarios; cuanto mayor sea el número, mejor.
Identidad digital
En las redes sociales, las personas crean una identidad digital, un alter ego que adquiere vida propia y corre el riesgo de morir si no se lo mueve virtualmente. Ese personaje digital no es diferente al hombre de carne y hueso. En la superficialidad de las relaciones se tiende a mostrar siempre lo mejor de uno mismo, vanagloriarse y proyectar una imagen ideal, eso se extiende a las redes sociales, en donde el fenómeno adquiere mayor tamaño.
Si lo duda, póngase a mirar solamente las fotos de perfil de sus amigos. Ninguna es elegida al azar, porque las personas, aunque no lo admitan, quieren contar algo con esa imagen. Hay varios tipos de fotos, como la típica selfie, la de fiesta con amigos, de parranda con amistades —pero al resto se les cortó de la imagen—, la pose de modelo, la que muestra los atributos, la mirada matadora, la de pareja o las vacaciones inolvidables.
Las fotografías alzadas a la web dan la impresión de que todas las personas tienen vidas estupendas, maravillosas y llenas de bendiciones. Algunos individuos, después de ver las imágenes en línea, se sintieron deprimidos e insatisfechos con su propia vida, según un estudio de la Universidad de Michigan publicado en 2013.
Y es que nadie va a compartir una imagen de un día estresante en el trabajo, esperando micro en la parada con cara de moribundo y empapado de sudor o una selfie colgado del último escalón del colectivo. Esos momentos se guardan y esconden bajo esa alfombra roja que todos intentan forjar en la web.
Personalidad en evidencia
La fotografía que se elige de perfil y lo que se publica o comparte dicen mucho de cada uno. Ponen en evidencia la aspiración a un estilo de vida, la necesidad de estar en pareja, la incapacidad de decir las cosas de frente con los comentarios indirectos, la urgencia de aprobación o las inclinaciones políticas. Más de uno debe tener un amigo que se la pasa actualizando su estado en las redes y lo habrá hecho preguntarse: "¿Hace otra cosa además de postear?”. Otras personas llegan al punto de relatar cada minuto de sus vidas, tanto que si murieran no necesitarían un biógrafo para recabar sus datos y, curiosamente, tienen personas que siguen cada uno de sus comentarios. Es aquí cuando se crea un síndrome de famoso, ya que los elementos están presentes: audiencia y escenario.
Últimamente, la mayoría de las personas se preocupa más por mantener una reputación virtual que por vivir su vida real, y es que cuando se pasa tanto tiempo en otro espacio, el sentido de la realidad se distorsiona. Plataformas como el Facebook, Twitter o Instagram ofrecen un espacio habitable gratuito, en donde se produce el despliegue del yoísmo y la competencia inconsciente con otros. Quién hace el comentario más ingenioso o quién publica la mejor foto son una constante, de la que muchos son protagonistas y otros espectadores.
No faltan los que dan lecciones de filosofía barata y discursos moralistas, los que inician debates interminables e infructíferos, los que se sulfuran por algo escrito en un lugar que ni siquiera existe y a la hora de la verdad ni siquiera tiene peso. Los científicos hablan de cuántas horas de su vida el hombre pasa sentado, en el baño o durmiendo, falta el dato de cuánto tiempo de su vida la vive virtualmente, frente a una pantalla, mientras el mundo sigue girando y el contacto interpersonal se desvanece, porque está más preocupado por su reputación en línea que entablar una conversación con alguien que tiene enfrente. La vida pasa frente a nuestros ojos mientras intentamos proyectar nuestro mejor perfil digital.