Me llamo Berta Beatriz Rojas Benítez, tengo 59 años, soy oriunda de la ciudad de Asunción y actualmente vivo en la ciudad de Boston. Soy guitarrista clásica, docente y máster en Música de Peabody Institute, Johns Hopkins University.
INFANCIA MUSICAL
Crecí rodeada de música, mis padres velaron porque tuviera una buena educación en un colegio donde forjé mis primeras amistades, muchas de ellas vigentes hasta el día de hoy. Crecí en una familia de clase trabajadora con el esfuerzo como premisa y es un orgullo. Mi pasión por la música se fue dando naturalmente, me fui enamorando de la música, de la guitarra y, así también, las ganas de seguir descubriendo la música y sus infinitas posibilidades.
Me llena de orgullo que la música paraguaya sigue creciendo gracias a la obstinada resistencia de los artistas que siguen apostando a la belleza, aún en tiempos difíciles como estos que nos tocan vivir. Estoy muy feliz de ser parte de ese muestrario inagotable de la música paraguaya. He visto a lo largo de toda mi carrera que la música paraguaya y cualquier música, si la hacemos desde el respeto y la emoción, será siempre bien recibida en otros países, mientras haya artistas comprometidos con dar lo mejor de sí para la difusión de nuestra identidad sonora.
Habrá música paraguaya para rato. Nuestra música es la mejor carta de presentación ante el mundo, sin duda, y siempre fue bien recibida en todos los lugares que visité.
LA ROJITA
La Rojita es mi guitarra, que es mi compañera de viaje. Tenemos un vínculo que va más allá de lo artístico y meramente funcional, trasciende a lo afectivo. Ha sido parte de giras internacionales, grabaciones y proyectos emblemáticos, especialmente aquellos dedicados a la música latinoamericana y al repertorio de compositores paraguayos. La Rojita es parte de mi identidad musical.
Me llena de orgullo que la música paraguaya sigue creciendo gracias a la obstinada resistencia de los artistas.
LA HUELLA DE LAS CUERDAS
Hace tiempo dirigí un festival en Washington DC, organizado por la Asociación de Agregados Culturales de Iberoamérica. Allí me familiaricé con la guitarra en nuestros países y con el mundo sonoro de las cuerdas hermanas que dan voz a las alegrías y penas de nuestra América. La pregunta sobre cómo nacieron instrumentos como la jarana huasteca, el charango o el cuatro venezolano fue el punto de partida de este viaje. Encontré en un estudio de la musicóloga Jania Sarno el registro de la llegada en 1523 de “30 guitarras y 13 vihuelas” a América. Ese hecho fue probablemente el detonante de la enorme variedad de instrumentos nativos de estas tierras, fruto de las interacciones –muchas veces forzadas– entre conquistadores, pueblos aborígenes y africanos esclavizados. Esta matriz es también la de nuestros pueblos. Pasar de la ejecución a un rol casi de musicóloga-narradora fue un fascinante ejercicio del derecho a la curiosidad. Desde aquel registro histórico hasta los sonidos actuales, descubrí una genealogía viva: Cuatros, charangos, ronrocos, jaranas, tiples, bandola e instrumentos que, como nosotros, se transformaron a través del tiempo.
Dice Drexler que “somos de todos lados un poco, y de ninguno del todo”, lo mismo ocurre con estas cuerdas y con nuestra identidad. Cada instrumento captura el alma de su cultura. Aconsejo a los artistas paraguayos que quieren llevar su música al extranjero que mucho se aprende en el camino, tanto de los errores como de los aciertos. Cada uno irá encontrando su propia voz haciendo que la música cumpla con su cometido de puente sonoro entre las almas. Si quedara una huella sonora del trabajo que hicimos con amor durante tantos años, desde algún lugar o desde otro plano, me sentiré feliz.