04 abr. 2026

Los dos niños

El ojo despierto

Mario Rubén Álvarez

Mario Rubén Álvarez

Cuando cada año nace el Niño de Belén la vida hace una pausa en sus dolores y angustias para guiarse por esa estrella de los Reyes Magos que conduce a la esperanza.

Hakuvérô jepe yvy, ivaivérô jepe la pórte, paran por un breve lapso aquellas dificultades que vuelven la existencia cuesta arriba. Y se inventa un espacio breve para compartir abrazos, palabras, vino, comida y también las lágrimas derramadas por los ausentes.

Aun los más pobres encuentran el modo de pasar una Nochebuena y anclar en la Navidad olvidando el acoso de la falta de medios de subsistencia.

Para los ribereños desalojados por la lenta mano líquida del río Paraguay, sin embargo, estas generalidades habituales —en la mayoría de los casos— han desaparecido.

Paradójicamente ese Niño acostado en un ajaka’i, rodeado de José, María, Melchor, Gaspar, Baltasar y los animales del pesebre, en una tierna escena de conmovedora sencillez, es el que expulsa de sus hogares a los que se han refugiado en parques, plazas, veredas, baldíos de propiedad de gente generosa y casas de parientes o amigos.

Por aparecer cada tanto en torno al nacimiento del Niño, a la sobredosis de lluvia y sus compañeros —granizos, tormentas, erosiones, cauces hídricos desbordados y calles convertidas en arroyos de aguas veloces y peligrosas— de la temporada de fin e inicio de año se le ha dado el mismo nombre.

Ese Niño embravecido que se derrama sin piedad y sin discriminar a nadie sobre la gente dista mucho de la ternura del que está rodeado de flor de coco, sandías, melones y piñas de cosecha local en el corredor de la casa, en una esquina iluminada o en un ángulo del patio.

La Navidad de los inundados es más triste que nunca. Para la mayoría, son dos naufragios en un año: el de julio pasado y el que está en curso.

Si al lado del río, en los pekuâ’i de rústica madera, las paredes de hule y el techo precario, nacía un Niño acorde a las circunstancias de pobreza, esta vez —en lugares altos—, en la mayoría de los casos, no hay medios ni razones para que nazca.

Seguro que el Niño de la Esperanza mira defraudado las escenas de su ausencia. No fue para que la injusticia en el reparto de la riqueza —responsabilidad de los políticos que no han sabido ni querido construir el bienestar de los desamparados— cayera como rayo despiadado sobre la cabeza de los mboriahu apî que él nació hace más de 2.000 años.

Lo que él quiere es nacer siempre. Ello requiere el fin de las causas de su ausencia.

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