Sábado, 06 de Junio de 2009
Los accidentes aéreos avivan en mí un terror que comparto -lo admitan o no- con buena parte de los lectores. Hay algo de antinatural en esto de andar flotando en el aire. Podría decir, como Picasso, que no le temo a la muerte, sino al avión. Pero no me ha quedado más remedio que aprender a volar con miedo. Que se refuerza cada vez que cae un avión. Sobre todo cuando, como en el caso del de Air France, no se sabe qué pudo haber pasado. ¿Fue un rayo, una bomba, un error? Me angustia la imagen de que la apacible cena de doscientos pasajeros se vea abruptamente interrumpida por... la desintegración del avión.
Lo que voy a decir puede parecer un disparate tecnológico, pero me sentiría más seguro si supiera que hay alguien desde la tierra vigilando qué pasa con los pilotos y los pasajeros durante el vuelo. Digo, en tiempo real, no a través de las cajas negras, que en ocasiones ni siquiera son encontradas. No sé, me parece que podría ser útil para determinar la causa, ver a través de una cámara que, instantes antes de que la imagen se apague para siempre, el piloto, con rostro aterrado y los ojos como platos está gritando algo así como "¡Nde rasóre!” Si la Municipalidad de Ypacaraí es capaz de multar a los conductores que cruzan el semáforo en rojo con la prueba inapelable de una foto en colores disparada automáticamente, no creo que la industria aeronáutica mundial esté lejos de cumplirme el deseo.
Lo que se ha avanzado en esto de ver y escuchar lo que dicen y hacen otros me tiene sorprendido. Lamento que nadie se haya interesado en recopilar los informes de escuchas telefónicas a opositores que obran en los “archivos del horror” desde la década del sesenta. Eran esfuerzos policiales rudimentarios que hoy dan risa y que terminaban en resúmenes elevados a la superioridad del tipo: “El vigilado llamó a tal número, preguntó por fulano, habló de temas comerciales, durante seis minutos”. Con el tiempo, los “fonopinchazos” se volvieron más modernos.
Mito o no, hay quien asegura que dichas máquinas fueron retiradas de la antigua Antelco por el general Oviedo. No resulta casual que el primer caso con repercusión mediática haya sido el del inolvidable diálogo del “mamón con palito” entre el ex jefe de dicha arma y una modelo. Si usted es tan joven que no sabe de qué se trata, pregúntele a sus padres. Salvo que arguyan Alzheimer, seguro que lo recordarán.
Con el nuevo siglo hicieron sus apariciones las microfilmadoras. Un caso célebre en la Argentina fue el de un funcionario que, temiendo estar siendo grabado, decidió no responder al empresario que inquiría sobre el monto de la coima y levantar en cambio una hoja de papel en la que estaba escrito: “15%". No sabía que, además, estaba siendo filmado, por lo que terminó preso. Desde entonces, las cámaras ocultas se convirtieron en instrumentos cotidianos de las investigaciones periodísticas y judiciales.
Pese a esporádicos abusos, nadie duda de que gracias a ellas se pudieron probar muchos casos escandalosos de corrupción. Casi al mismo tiempo que el avión de Air France se perdía en el mar, aquí, más terrestremente, los señores Yinde y Gamba daban por terminadas sus promisorias carreras públicas de la manera más vergonzosa posible. Para ambos, una catástrofe. Sus respectivas situaciones se volvieron indefendibles porque, gracias a la tecnología, sabemos con exactitud lo que pasó. En cambio allá, en las alturas del inmenso Atlántico, no. Porque faltó una cámara. Es lo que digo, los ingenieros aeronáuticos deberían tomar en serio mi queja.