Revista Vida

La maternidad que no se juzga

La maternidad en situación de cárcel es una realidad que viven varias mujeres de nuestro país y reafirma aquello de que "mamá hay y habrá una sola". En el Centro Penitenciario del Buen Pastor conocimos a madres cuyo único fin es brindar amor a sus hijos biológicos o de corazón. Compartimos algunas de estas historias que se dan tras las rejas.

Por Daisy Cardozo / Fotos: Fernando Franceschelli

A pesar de todo, ella primero es madre. Por un segundo, Rocío Antonella Cabrera (35) se queda abstraída en sus pensamientos y, con la mirada lejana, dice nostálgica: “Yo hace cuatro años y seis meses que estoy acá y mi mamá nunca vino a verme”. Pero inmediatamente se repone de ese estado y la justifica. Explica que cuando a ella la encerraron en el Centro Penitenciario del Buen Pastor por un delito que cometió, su madre se tuvo que hacer cargo de los seis hijos que mantenía. Rocío es soltera y nunca tuvo una pareja estable. Eso no es todo, estando recluida asumió su maternidad por séptima vez, con Facundo, que hoy tiene tres años. Los dos viven juntos en el pabellón Amanecer, dentro de la cárcel de mujeres.

En el mismo sector en que está Rocío hay otras 28 mujeres más, que también viven con sus hijos o están embarazadas. En este pabellón, en particular, permiten que las madres puedan criar a pequeños de hasta cuatro años de edad. Aunque en total, sumando todas las reclusas del Buen Pastor, hay 471 mujeres privadas de libertad, de esta cantidad solo 176 tienen condenas.

Lazos permitidos

El sector Amanecer es un lugar independiente, completamente apartado del pabellón principal. Es más, su ingreso al Buen Pastor se realiza por un acceso diferente. Tiene un patio grande donde los niños y las niñas pueden jugar y divertirse a gusto.

Como nuestro recorrido se hace en pleno mediodía, hay mujeres que a esta hora dan de comer a sus hijos en un tablón. Es la única mesa para compartir el almuerzo, la que se divisa en el centro de un corredor. Alrededor hay habitaciones con paredes cuyas pinturas están muy gastadas por el paso del tiempo. Los pequeños comensales están listos para servirse el menú del día, con baberos o sin él, en silletas altas o en sillas bajas. Las madres llegan hasta el lugar del almuerzo de a una, con un plato en mano, se corren para un lado y hacen más espacio para que el almuerzo se lleve a cabo en armonía. Es probable que estas descripciones no guarden relación con las que uno imagina sobre una penitenciaría, pero en esta parte del Buen Pastor es así.

Mientras algunas almuerzan con sus hijos, hay una que está tendiendo ropitas de su bebé. Aprovechando que hay buen clima, el tendedero se llena. Mientras ocurre todo esto es que charlamos con Rocío, en un lugar bien apartado dentro del patio de la penitenciaría.

“Él es el único hijo que vive conmigo”, comenta mientras Facundo se acerca hasta ella; es un morenito con el cutis heredado de su madre. Sus ojitos son profundamente negros y su mirada no refleja más que inocencia. Actúa de manera tímida frente a nosotros, no responde a nada cuando su mamá le pide que nos hable de su escuela, de sus dibujos, de su cumpleaños. Apenas nos indica con sus deditos cuál es su edad. Muestra tres.

Cabe mencionar que en el pabellón Amanecer, los pequeños tienen profesoras con las que dan clases de estimulación temprana, tres veces por semana, y asimismo acceden periódicamente a servicios de salud.

A pesar de que Rocío ya tuvo otros seis hijos antes que Facundo, esta vez experimenta su maternidad como si fuera la primera vez. Es que, a diferencia de sus hermanos, él nació en la penitenciaría. “Desde chiquito no sale —de la cárcel— y está todo el tiempo conmigo. Hasta hace un tiempo, ningún familiar le conocía. Solamente mis hijos, que venían a visitarme y otros dos hermanos míos, que también vienen a menudo”, relata. Cuenta que hoy en día, Facundo ya conoce a sus abuelos. Desde el año pasado que su madre consigue enviarlo a pasar unos días con ellos.

Es la primera vez que Rocío Antonella ingresa al Buen Pastor. Por su participación en un robo de 2013 se le condenó a ocho años de cárcel. Actualmente han transcurrido cinco y dentro de poco recibirá su libertad condicional, por su buena conducta. Ella trabaja en el centro penitenciario y a la vez estudia. Este año termina la secundaria, gracias a un programa que ofrece el Ministerio de Educación y Ciencias (MEC). “Si Dios quiere, me toca en marzo del año que viene”, nos cuenta entusiasmada. Mediante las medidas de un juez saldrá temporalmente de la cárcel. Ella supone que le tocará un mes de salida transitoria, como periodo de prueba.

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Madres por adopción

Además de Rocío, hay otras historias en situación de cárcel. Conocimos a otras madres, cuyas realidades son diferentes. Lo único que tienen en común Reinalda Lezcano Coronel (61) y María Lorenza Vázquez (63) es que ambas son consideradas las mamá guasu del Centro Penitenciario del Buen Pastor. Son madres del corazón.

Reinalda es del pabellón Libertad y en el momento de la entrevista la encontramos en su lugar de trabajo, en un amplio taller de costura que tiene la penitenciaría, en donde las mujeres trabajan para la Fundación Princesa Diana. “Las chicas me llaman abuela y toditas son apegadas a mí”, comenta ella y se le marcan las arrugas en el rostro cuando sonríe con un aire muy angelical. Uno se preguntaría por qué está en la cárcel, pero lleva ahí hace más de tres años cumpliendo con su condena. Comparte sigilosa que tiene cinco hijos y uno de ellos es adoptivo; por cierto, el único que va a visitarla el 5 de cada mes. Los otros cuatro van en ocasiones especiales, como su cumpleaños o el Día de la Madre. Tal vez por su aparente ternura es que las demás mujeres la respetan y la consideran como una mamá. Es más, ella misma afirma que se siente muy querida. Y como tiene una salud delicada —padece de diabetes e hipertensión—, ya solamente se dedica a los trabajos de croché. De repente recuerda a su mamá e ilusionada espera que le den permiso para ir a visitarla al cementerio. Pide conmovida que los hijos muestren su afecto a las madres en vida. “Aunque sean viejitas, estén al lado”, pondera entre lágrimas.

Así como Reinalda, María Lorenza también es considerada por las demás mujeres como la mamá guasu, aunque por otro motivo distinto: su liderazgo. Antes de ser recluida fue asistente social. Tuvo nueve hijos, quienes no suelen visitarla. Ella revela que es porque no le perdonan el delito que cometió. Sin embargo, decidió enfocarse en bridar ayuda a otras mujeres. “Las más de 400 niñas que tengo acá, todas ellas son mis hijas de corazón”, subraya la mujer de ojos grandes, pardos y voz muy gruesa. Quienes van a visitarlas, son las compañeras a quienes ayudó y que ya obtuvieron su libertad.

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María Lorenza llega hasta nuestro encuentro en el taller de costura. Se ubica en un asiento y recuesta a un lado el bastón que trae. Hace seis años que lleva recluida y desde entonces se dedica a ayudar y asistir a sus compañeras en el aspecto religioso. Ella es muy católica y enseña genuinamente sobre los valores a las demás mujeres. En ese sentido, sus buenas acciones y su liderazgo le fueron reconocidos con una certificación por parte del Mecanismo Nacional de Prevención de la Tortura. En 2015, cuando vino el papa Francisco al país, también organizó a las mujeres del Buen Pastor para el recibimiento. “Las madres que están aquí, me gustaría que fueran profesionales. Si ya superaron muchas cosas, que superen más. Quiero que estudien, que se dediquen acá, porque eso sirve para su conducta”, señala.

Las mujeres que se encuentran privadas de libertad —en su mayoría— están recluidas por hechos punibles definidos en la Ley 1340/88. Aquí se contemplan delitos por microtráfico, como fue el caso de Reinalda; de posesión de sustancias, estupefacientes y similares, como el de María Lorenza.

“Nosotras prácticamente somos muy desnaturalizadas por ser mamás y estar dentro de la cárcel. No es que seamos malas personas por estar encerradas. Es cierto, la cárcel suena feo. Pero fue necesario que yo estuviera acá, por ejemplo, para que me diera cuenta de muchas cosas y de la mala vida que estaba llevando, que no aproveché ni valoré. Y hay solo dos caminos en esto: cambiás o te perdés. Una elige...”, reflexiona Rocío, quien deja claro que la maternidad de una mujer no se puede juzgar por sus condiciones, cuando el único fin es amar a los hijos.

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Cantidad en todo el país

El Mecanismo Nacional de Prevención de la Tortura realizó en 2015 un censo de mujeres privadas de libertad, bajo la coordinación general de José Galeano Monti y Óscar Balbuena Jara. Un trabajo que tuvo varias colaboraciones y el cual sostiene que en Paraguay existían 785 mujeres privadas de libertad, considerando a toda la población recluida en penitenciarías exclusivamente para mujeres y áreas femeninas dentro del penal de varones. Aparte de esta investigación, no hay otra fuente de datos actualizada.

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Penitenciarías de mujeres

En Paraguay dos cárceles son exclusivamente para mujeres: el Centro Penitenciario del Buen Pastor y Juana María de Lara. En siete penales de varones hay áreas que son destinadas a sectores femeninos, como en las Regionales de Encarnación, Coronel Oviedo, Villarrica, Misiones, San Pedro, Concepción y Pedro Juan Caballero.

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