Por Benjamín Fernández Bogado
El debate político perdió la línea argumental guiada por la racionalidad y se impusieron visiones guiadas por un egoísmo particular y corporativo que viene minando la democracia como sistema. Aquí en Washington, con casi 800 mil funcionarios públicos sin cobrar desde el primero de octubre debido a la entrada en vigencia de una ley impulsada por el presidente Obama, que da seguro médico a millones de sus compatriotas, el argumento del chantaje o la extorsión del Partido Republicano y de su ala más dura, el “tea party”, resalta en el debate político. Los argumentos son irracionales, pero eso no parece importar mucho a los que los sostienen.
La cuestión es condenar al Estado por unos gastos sociales al tiempo que se mantiene una poderosa maquinaria bélica con los argumentos más variopintos. Si eso pasa aquí, por casa las cosas no son distintas. Legisladores que se acusan de tener múltiples salarios exhiben sus miserias morales pero su riqueza material frente a una sociedad que tiene la mitad de su población viviendo con menos de dos dólares diarios. Es impúdica la manera con que los políticos se conducen en un país donde las reacciones tardan pero, cuando ocurren, no hay garantías para nadie.
No es difícil volver a la racionalidad y superar la demostrada falta de amor de nuestras autoridades que se llenan la boca de cumplidos y requiebros cuando de buscar votos se trata, pero olvidan sus promesas cuando alcanzan el poder. Este juego perverso le hace mucho daño a una democracia conformada por ciudadanos sin conciencia y políticos sin temor. Si el amor es la fuerza más importante que mueve a las personas para consolidar relaciones, es evidente que en el Paraguay tenemos líderes desprovistos absolutamente de afecto, compromiso y responsabilidad con su pueblo. Él es solo argumento de un discurso desprovisto de racionalidad y donde la lógica aplicada es aquella que se aprovecha primero pícaramente y luego groseramente del poder. Se presiona, se extorsiona, se chantajea... desde un presupuesto que podría servir para sentar las bases de una sociedad más justa y equitativa. La cuestión de la política es vivir de una manera que jamás en sus vidas podrían haber vivido y en ese camino nada importa y menos la racionalidad.
Quién podría oponerse a que millones de personas tengan un seguro médico como ocurre en otros países y sin embargo aquí, en EEUU, hay un poder dentro del Legislativo que castiga a aquellos que parecen no tener suficiente fuerza política para evitar que la irracionalidad siga condenando a muchos a la muerte o la vida miserable. Entre nosotros no solo colocamos mal los recursos; gastamos pésimamente, con lo que el número de muertos o de miserables es aún mayor.
Debemos retornar a los principios que guían las relaciones humanas, aquellas donde la justicia prime por sobre los intereses egoístas de personas y sectores que solo ambicionan vivir ellos con un nivel de confort a costa de millones de marginales. Si queremos sociedades más desarrolladas hay que retornar a la racionalidad de los principios, aquellos que guían a los pueblos a derroteros comunes y en donde lo que vale lo construimos entre todos.
La realidad, aquí y allá, es que no fuimos capaces de reconciliarnos con la racionalidad y explicar al pueblo que vivir en valores es un triunfo colectivo; y lo contrario, el fracaso de no haber sido capaces de construir una República reconciliada con la razón y fortalecida en el compromiso.