27 mar. 2026

La función del empresario en la economía libre

El culto al estatismo es cada vez mayor en el mundo moderno. La hostilidad que mucha gente siente contra la libertad económica le induce a ver en el Estado la solución a todos los problemas de la sociedad. El auge del marxismo y de las ideologías nacionalistas de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX son, sin duda, grandes responsables del abandono de las ideas libertarias que tanto daño le han causado a la sociedad.

En nada se ve más claramente esta actitud que en la opinión que mucha gente tiene del empresario. Muchos lo ven como un ser egoísta que solo busca su ganancia personal en detrimento de las necesidades de la gente, alguien que controla tiránicamente todos los aspectos de la producción, que explota al trabajador, y que, en general, cumple un rol negativo en las interacciones humanas.

Esta creencia, por supuesto, es un mito –que quizás surja de profundas causas psicológicas–, pero cuya más obvia causa es el desconocimiento generalizado de los más básicos principios de la economía, y en especial, de la función fundamental que cumple el empresario en el mecanismo de la producción y la satisfacción de las necesidades del individuo en la economía libre.

Un error común es creer que solo son empresarios aquellos que manejan grandes sumas de dinero, o que son propietarios de grandes empresas. No es así. Todos los individuos, sin importar su lugar en la sociedad son en última instancia empresarios. Cualquier persona que actúe en el mercado, ya sea productor, capitalista, dueño de empresa, prestador de servicios o trabajador, debe realizar un cálculo económico a futuro, y someterse a los rigores de la incertidumbre. En ese sentido debe especular en cuanto al resultado final de su emprendimiento económico.

Al especular, se vuelve empresario. Aclaremos mejor este concepto. Para subsistir, el ser humano debe hacer uso de los factores de producción que tiene a su disposición. Estos factores son siempre escasos, por lo que debe en todo momento administrarlos en forma racional. La evolución del actuar del hombre en libertad ha creado el sistema de precios, un sistema maravilloso, que permitió –a través de la oferta y la demanda– la organización y coordinación perfecta entre las necesidades siempre crecientes del ser humano y la escasez de los medios a su disposición.

El mecanismo de la economía libre funciona sobre la base de un principio muy básico. Si el precio de una mercadería en particular está alto, se debe a que existe mucha demanda de dicha mercadería o la misma es escasa. Si el precio está bajo, ocurre lo contrario. Significa que existe poca demanda para dicho bien, o que la misma es abundante. Este mecanismo es el resultado de la acción humana y asegura que los deseos del consumidor sean satisfechos perfectamente en todo momento.

¿Pero, nos preguntamos: quién está a cargo de la labor de brindar al consumidor estos bienes? Es aquí donde entra a tallar la labor del empresario. Es el empresario quien tiene la tarea de dirigir este proceso. Es el empresario el mandatario de los deseos siempre cambiantes del consumidor. El empresario no determina lo que debe producirse. Es el consumidor quien lo hace. El empresario lo obedece.

¿Cómo lo hace? Lo hace compitiendo por la propiedad de los siempre escasos factores de producción. El empresario se lanza a producir especulando que en el futuro podrá vender sus productos a precios superiores a sus costos. Para ello, debe anticipar correctamente los deseos del consumidor. Si lo hace correctamente, obtiene ganancias. Si se equivoca en sus cálculos incurre en pérdidas. La ganancia será el premio que le otorga el consumidor satisfecho. La pérdida es su castigo, y su reemplazo por otros empresarios más eficientes. Mediante el mecanismo de la rentabilidad y la pérdida, del premio y castigo, la sociedad en general gobierna todo el mecanismo productivo y se asegura que los individuos más eficientes estén siempre a cargo del mismo.

Por ello resulta absurdo vilipendiar al empresario acusándolo detener poderes arbitrarios sobre lo que debe o no producirse. Es todo lo contrario. La realidad es que es un esclavo de los caprichos del consumidor. Al pueblo puede hoy gustarle una cosa, mañana otra. Es un tirano implacable.

El empresario deberá en todo momento estar atento a estos cambios y anticiparlos lo mejor posible. Por ello, las objeciones de los detractores del sistema son absurdas. El empresario no podrá jamás maltratar impunemente a sus empleados, o pagarles precios inferiores a los del mercado, pues se arriesgará siempre a que otros empresarios más eficientes se los arrebaten. Al buscar ganancias, cumple su rol de satisfacer al público, y hacer más rica a la sociedad en general. Su función como agente social es crucial.

El escenario que estamos describiendo por supuesto exige una sociedad libre. Entendemos que existen factores institucionales que alteran este escenario. La intervención de los intereses del gobierno, de la casta política y la confabulación de los particulares con el Estado, interfieren en el funcionamiento del sistema.

Iremos analizando estas cuestiones en otras entregas. Basta decir ahora que el proceso que hemos descripto funcionará tanto mejor cuanto mayor sea el respeto a la propiedad privada, y cuanto más libre sea, es decir, cuánto menos intervención de factores políticos e institucionales haya. La libertad económica es un imperativo si queremos preservar la sociedad libre, así como la labor fundamental que empresario ha cumplido en la historia de la civilización.

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