Opinión

La dignidad de los indígenas vista ocasionalmente

Susana Oviedo – soviedo@uhora.com.py

El fin de semana gran parte de la ciudadanía, pendiente de las noticias sobre el secuestro del ganadero Óscar Denis y del trabajador de su establecimiento Adelio Mendoza, explotó en halagos y valoración positiva, pocas veces vistos y oídos, de tipo “esta es la raza guaraní”, “¡qué lección de dignidad!”, hacia diferentes comunidades indígenas que rechazaron el kit de alimentos, como parte de las extorsivas exigencias del Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP) a la familia Denis.

Ciertamente, cómo no sentirse orgullosos de posiciones morales de esta naturaleza, en un país donde la moral es un concepto vacuo y son esporádicos y escasos los ejemplos de conductas enmarcadas en valores. Los elogios crecieron además por la intrépida actitud de la familia y vecinos del joven Adelio, del pueblo Paî Tavyterã, que ingresaron al menos un par de veces al monte para seguir los rastros de los secuestradores e intentar rescatar a los plagiados. Una acción ponderada como el “seis a cero” de parte de los corajudos dueños originarios de estas tierras a la Fuerza de Tarea Conjunta (policías y militares), creada para atrapar y poner fin al trasnochado grupo armado que dice representar a los pobres y, sin embargo, se ceba en estos.

El fin de semana, la palabra dignidad inundó las redes sociales y las opiniones vertidas en los medios de comunicación digitales por parte de quienes valoran las noticias.

Los aplausos y aprobaciones para los indígenas se multiplicaron por millares. Nos llenamos de emoción (me incluyo), más aún cuando de inmediato surgió una campaña a iniciativa de centros de estudiantes de varios colegios caros de Asunción para reunir víveres destinados a las comunidades que rechazaron la “donación” epepista.

Y es que no hace falta siquiera ir al interior del país para percatarse de la triste y lamentable situación en que viven la gran mayoría de los pueblos indígenas en el Paraguay, y de cómo automáticamente se los ignora.

Cada flamante gobierno, al inicio de su mandato, se jacta de planes para estas minorías que representan apenas el 2% del total de la población paraguaya. Pero a la hora de legislar, a la hora de tomar decisiones y traducir esos planes en derechos, de convertirlos en políticas de Estado y garantizarles una vida digna, sencillamente, pasan de largo las instituciones del Estado. Los indígenas son marginados, excluidos, olvidados.

Por eso fue tan oportuno lo que dijeron las integrantes de la articulación Mujeres Indígenas del Paraguay (MIPY) en un comunicado, el domingo. Ellas nos dieron un baño de realidad al decir que cada cinco años, en tiempos de elecciones, los políticos los ponen en la misma situación que el autodenominado EPP. Recordemos aquí que observadores electorales de la Unión Europea quedaron escandalizados en el 2013 ante la práctica normalizada por los partidos políticos paraguayos de encerrar a los indígenas unos días antes de la votación, como animales en un corralón, para luego conducirlos a marcar la papeleta que les indican, a cambio de alimentarlos un par de días o de un billete de G. 50.000.

“(...) ¿Aceptamos los víveres?, ¿son indignas las comunidades donde aceptan porque hay gente con hambre? En ese sentido, pedimos atención desde el Estado en tiempo y forma porque sí hay comunidades donde las personas están pasando hambre, por lo que colocar la dignidad o la indignidad como tema no nos ayuda si el Estado no llega con asistencias reales, con ayuda para acceder a agua potable, con salud”, nos plantearon las mujeres indígenas en su pronunciamiento sobre los víveres del EPP.

Esperemos que esta repentina sensibilidad ciudadana hacia los pueblos indígenas permanezca a la hora de reclamar que no sigan recortando el presupuesto para la educación indígena, para el acceso a la salud, para el Indi, para la compra de tierras, para planes de seguridad alimentaria, para caminos de todo tiempo y para todo cuanto se les adeuda e implica una vida digna.

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