Opinión

La banalidad en tiempos de reinicio

Carece de importancia, de sustancia, de significado, es trivial y superficial, al menos así cataloga una mayoría que "empatiza" con todo, a menos que lleve tiempo, esfuerzo o incomodidad.

Carolina Cuenca Por Carolina Cuenca

La banalidad se ha vuelto una forma de estar ante el mal en el mundo que nos convierte al mismo tiempo en víctimas y verdugos, fáciles de manipular, ya sufriendo el desamparo en el que la indiferencia colectiva olvida a sus víctimas, ya gatillando con facilidad para juzgar, sin mover un dedo ni una neurona para ayudar a otros.

La banalidad del mal es una expresión acuñada por la filósofa Hannah Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén, en el que retrata la actitud del criminal nazi juzgado en Israel en los años 60 del siglo XX por su responsabilidad en la muerte de muchas personas en la época de Hitler.

Como alemana y judía, Arendt no podía ser tildada de espectadora frívola del juicio del nazi. Su análisis sobre la actitud de Eichmann, que no presentaba rasgos de sicópata ni de antisemita desacerbado, fue una cachetada a ese Occidente democrático que parecía justificar sus propias desidias con la simple condena al régimen nazi.

Eichmann fue presentado por Arendt como un burócrata que cumplía órdenes con gran eficiencia, sin cuestionarse sobre la moralidad de su conducta.

Por más que hubiera podido retratar al personaje enfatizando sus aspectos monstruosos y ganarse el aplauso fácil del público lector, Arendt acercó mucho más de lo que muchos hubieran deseado a la persona del asesino hacia el común de los mortales, evidenciando esa herida abierta en el corazón mismo de nuestro sistema de vida, causada por la banalización del mal.

A un año de la legalización del aborto en la vecina Argentina y tras la publicación de su gobierno de cifras que hablan de más de 32 000 abortos quirúrgicos legales y otros tantos realizados con misoprostol, crímenes silenciados que se financian con dinero de los contribuyentes de ese país, creo que vale la pena reconsiderar ese perfil de los individuos que hacen el trabajo sucio con guantes blancos, que convierten en acción los discursos bien sonantes y de la mentalidad dominante en los medios de propaganda.

¿Cuántas personas son las que hacen y callan, colaboran con eficiencia, registran y van a casa a descansar, sin reparos de conciencia? Un extraño pensamiento anestesiado y muy extendido considera que lo único importante es cumplir el protocolo y cuidarse de actuar dentro de las reglas, sin considerarse protagonistas reales de su historia.

La crueldad y la compasión, el derecho y el deber transitan juntas en ciertas partes del complejo sendero de la experiencia humana de una manera muy singular, donde los actos están justificados por su eficacia y por su legalidad, antes que por su moralidad.

Las personas que cometen estos crímenes legales o comulgan con las ideologías que las promueven, o se terminan justificando en todo por aquello de que “es lo que hay”, “me ordenan” o “yo qué puedo hacer”.

Es un proceso deshumanizante que hoy se impone desde la ley y desde ciertas cátedras y discursos en muchos países, con sus horribles consecuencias.

Dicen que Eichmann leía a Kant y admiraba a Hitler hasta el punto de serle sumiso en todo, sin pensar por sí mismo, no hacía su cruel trabajo por ignorancia, pero tampoco por odio radical, sino por una suerte de insensibilidad burocrática.

En tiempos de cambio de época y en el que ciertos líderes plantean un reinicio global post pandemia que, entre otras cosas, valida estos crímenes de lesa humanidad, valdría la pena releer a Arendt y aprender de la historia reciente de exterminios masivos de personas, para recordarnos unos a otros que la desvalorización del derecho a la vida humana, nos convierte también a nosotros en frágiles víctimas del sistema. Una consigna para comenzar bien este año: No banalicemos ningún mal.

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