Opinión

Ir a menos

Hacerle un gol al Estado y su estructura es como patear al arco libre. Sin arquero, sin barrera, sin defensores…

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Una mezcla de ignorancia y de complicidad ha hecho de la corrupción en su acepción de “echar a perder” una característica de todo aquello que toca un gobierno y en donde están en juego dinero, poder y administración de la cosa pública.

Fiscales que no argumentan sus acusaciones como son debidas, jueces que olvidan los plazos, licitaciones enderezadas para que gane el sinvergüenza amigo, recursos que no son gastados donde debieran hacen parte de un esquema que genera un tremendo daño material evaluado en miles de millones de dólares anuales y que gangrena moralmente la democracia.

Los casos judiciales más sonoros se enfrían en el escándalo mediático sustituido siempre por otro de igual o peor calibre y luego la colusión entre aquellos que deben acusar con argumentos y los acusados para que junto con un juez cómplice terminen por afirmar que el enriquecimiento ilícito nunca ocurrió y tampoco el daño patrimonial.

El abogado defensor se mofa ante todos afirmando que su cliente liberado no acusará a la parte demandante por una cuestión de cortesía. Esto pasa todos los días en una democracia donde la gran mayoría de los servidores públicos van a menos frente a los corruptos que han terminado por ganarle la partida.

Los diputados Cuevas y Quintana ya volvieron a sus curules mientras sus juicios continúan. Ya se dan por castigados por el tiempo que estuvieron en una prisión vip e incluso reclaman ser autorizados a competir en elecciones a futuro para cargos aun más prominentes.

A este ritmo tendremos dentro de poco un procesado presidente de la República en el cargo mientras se sustancian lentamente sus procesos y el imputado aprieta las tuercas del Consejo de la Magistratura y el Jurado de Enjuiciamiento para provecho propio y ajeno. Estamos mal y esto puede empeorar.

La provocación a la ciudadanía es constante y permanente. Es desfachatadamente hostil como la fiscala Sosa, quien no sabe cuándo ni cómo debe ser ejercer su autoridad ante manifestantes que colapsan el microcentro, o la respuesta del ministro Acevedo, quien califica a los que firmaron el decreto de restricción sanitaria de vivir en un principado.

No sería escandaloso todo esto si no fuera que el príncipe regente que firmó el documento que él desconoce cómo volverlo efectivo es su jefe: el presidente de la República. Confusiones reales o fabricadas erosionan la confianza en el sistema democrático, irritan la paciencia ciudadana y fuerzan a buscar soluciones por el camino de la violencia y no de la razón.

Nuestros administradores se han vendido a lo avieso y torcido mientras su incompetencia sume al país en un desconcierto peligroso. Lo único previsible en este momento son la imprevisión, la cobardía y la incapacidad.

El Gobierno le teme a su propia debilidad y por esa razón está dispuesto a conceder lo que sea si ello le permite concluir su tiempo de mandato.

Nos esperan meses turbulentos en una navegación procelosa y hostil en tiempos de pandemia. Cualquier cosa puede pasar cuando los que forman la barrera miran al arquero con lascivia porque también ellos quieren disfrutar el gol del rival. En el principado todos calzan el zapato chino.

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