28 feb. 2024

Infecciones

Un reciente informe de Latinobarómetro que mide anualmente las tendencias democráticas de nuestro continente nos ha devuelto –como un análisis clínico– que los paraguayos ricos y pobres coinciden en una cosa: Ambos prefieren un gobierno autoritario a uno democrático. Puede parecer sorprendente, pero no lo es. Solo una clase media-baja resiste el ataque de los gérmenes autoritarios, pero constituye una minoría. A pesar de que en materia económica nos ha ido extraordinariamente mejor en números grandes en comparación a la era de Stroessner, la gente percibe que los ingresos son bajos, la inseguridad alta y los niveles de educación y salud por los suelos, pero por sobre todo que sus elegidos son unos inútiles. Los gobiernos han mejorado las condiciones generales, pero estamos muy lejos de haber creado entusiastas y apasionados por la democracia. Por el contrario, los que creen que con un dictador viviríamos mejor son más del 75%. Los seguidores de Cubas y Cartes, en apariencia en las antípodas, están sentados en el mismo banco como Chaqueñito y Bachi Núñez. El foco infeccioso del autoritarismo ha tomado dos terceras partes del cuerpo político, reflejando el cuadro de una democracia convulsionada, afiebrada y doliente.

La principal causa de la infección es la corrupción que permea y carcome toda la estructura del Estado, generando en el cuerpo social la sensación de impotencia e incapacidad de luchar contra ella. Los agentes bacterianos ya no disimulan su labor y exhiben su fortaleza en todos los estamentos políticos. Desde el Jurado de Enjuiciamiento protegen con uñas y dientes a uno de los suyos, que con todos los antecedentes negativos y limitaciones expresivas lo deben sostener para enviar el mensaje claro y contundente a los jueces y fiscales probos de que enfrente tendrán a uno dispuesto a cortarles el pescuezo. Los ministros nombrados por Cartes reafirman el compromiso de acabar convenciendo al 25% de entusiastas demócratas que de nada les servirá su resistencia, porque la idea es desmoralizarlos al punto de quedar sin opciones ni salidas que no fuera la de la aduana de frontera o el aeropuerto internacional. Están muy seguros con la dictadura del dinero, ante la cual incluso creen que el Gobierno americano ha sucumbido incapaz de llevarlo ante sus tribunales a uno a quien han llenado de los peores cargos políticos, jurídicos y le han restringido sus negocios. El sujeto en cuestión también se ríe de ellos y como una bacteria de hospital público parece más fuerte cuando más lo combaten.

Ese 25% que no es ni rico ni pobre cree y con razón que la democracia es “el menos malo de los sistemas políticos conocidos”, pero está desalentado porque en las urnas muchos de los compatriotas son capaces de desdeñar a los capaces para regodearse en la compañía de un “aluvión zoológico” capaz de entretener con sus dislates o morisquetas cualquier intento de sesión seria del Congreso. La estrategia bacteriana es en eso disciplinada y coherente. Con ese comportamiento no solo acelerarán la decadencia de esa y otras instituciones que dependen de sus votos, al punto de derrotar la última trinchera de la democracia que capitulará ante cualquier forma de dictadura que venga. La fuerza bacteriana acabará matando la democracia de una neumonía que terminará con la funcionalidad de todos los órganos del cuerpo político nacional. Finalmente, pobres y ricos volverán juntos a su círculo de confort donde todo se tolera en aras de una paz y un progreso definido por el tirano de ocasión. Las más de tres décadas de democracia acabarán víctimas de la incoherencia, mezquindad, limitaciones, ignorancia y, por sobre todo, por haber capitulado ante la corrupción percibida por pobres y ricos como la única manera de sobrevivir en este charco.

Solo una gran pócima que sacuda a las fuerzas bacterianas puede evitar la deriva autoritaria a la que vamos por obra y gracia de una capitulación social mayoritaria a su lógica perversa. No habrá necesidad de tanques ni soldados para un golpe de Estado, solo habremos lamentado perder la libertad y canjear nuestra democracia por inútiles, serviles e incapaces de asumir nuestras propias responsabilidades para construir un mejor destino. 75% del Paraguay tiene vocación autoritaria y algunos de sus líderes y seguidores la reflejan. Solo un tercio pelea contra ellos.

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