A más de un siglo y medio, la herida sigue abierta y la pregunta permanece sin respuesta definitiva: ¿Fueron aquellos hombres viles vendepatrias que mercadearon con la soberanía, o visionarios que intentaron liberar a su nación de un despotismo anacrónico? Este artículo reabre el expediente moral de la Legión Paraguaya, no para juzgar, sino para entender por qué en Paraguay la lealtad al gobierno se confundió fatalmente con el amor a la Patria.
La historia política de las naciones que han atravesado conflictos catastróficos y totalizantes a menudo se escribe y reescribe sobre una dicotomía fundamental y dolorosa: la lealtad versus la traición. Sin embargo, la definición de quién es el patriota y quién el traidor rara vez es estática u objetiva; es una construcción discursiva fluida, que muta, según las necesidades de legitimidad de los regímenes posteriores y la evolución de la identidad nacional. En el caso de la República del Paraguay, el vocablo legionario ha trascendido su definición militar original para convertirse en el estigma político más duradero, polémico y corrosivo de su historia nacional. Este término, aplicado originalmente a los paraguayos que combatieron junto a las fuerzas de la Triple Alianza (Brasil, Argentina y Uruguay) contra el gobierno del Mariscal Francisco Solano López, encapsula un debate no resuelto de más de un siglo y medio sobre la identidad nacional, la soberanía, la legitimidad política y la ética en tiempos de guerra.
Para comprender la formación de la Legión Paraguaya, es imperativo analizar la estructura política del Paraguay previamente a la guerra. Desde la dictadura suprema de José Gaspar Rodríguez de Francia (1814-1840) hasta los gobiernos de los López (Carlos Antonio y Francisco Solano), el Paraguay se consolidó como un Estado fuerte, centralizado y celoso de su soberanía, pero hermético a la disidencia política interna. La ausencia de mecanismos institucionales para la alternancia o la crítica generó, durante décadas, una diáspora intelectual y económica que se asentó principalmente en Buenos Aires.
Esta comunidad en el exilio, conformada por familias de la antigua élite desplazada y jóvenes intelectuales imbuidos del liberalismo rioplatense, veía en el régimen de Asunción una tiranía, un anacronismo despótico incompatible con la modernización constitucional que experimentaban los Estados vecinos. La figura de Francisco Solano López no era el defensor de la soberanía nacional, sino un “sátrapa” que había secuestrado al Estado para su gloria personal.
Ahora, ¿era tirano Francisco Solano López como para legitimar la creación y la finalidad de la Asociación Paraguaya? Respondiendo a esto, tenemos a tres paraguayos que conocieron de cerca al Mariscal, y que llegaron a su lado hasta Cerro Corá.
Juan Crisóstomo Centurión (1840-1902)
“Porque ningún déspota ha sido más tirano é inflexible para con sus empleados, ni más celoso de las prerrogativas de su poder dictatorial, que el Mariscal López”.
José Matías Falcón (1810-1881)
“... y su hijo mismo el tirano (refiriéndose a Carlos Antonio López), educado con el orgullo de un mandón sin freno, a quien le constituyó sucesor suyo en el gobierno, con todas las fuerzas a su mando, preparándole así el camino para apoderarse del gobierno, hubiera sido imbuido de mejores máximas, para que el pueblo pudiese constituirse libremente, ¡quizá este desgraciado pueblo mejor dirigido, y sin tener que sujetarse al capricho solo de un tirano, no hubiera tenido ocasión de sufrir tan lamentables pérdidas, y por último su destrucción!”.
Silvestre Aveiro (1837-1919)
“Nadie puede justificar los actos despóticos de López, pero la verdad es que en su vida, a pesar de su severidad, era querido por el ejército y por los demás ciudadanos mismos.
También hay escritos de Bernardino Caballero (1839-1912) y Fidel Maíz (1833-1920), pero creo que los tres anteriores, bastan como prueba.
Desde una perspectiva estrictamente positivista y basada en el derecho vigente en la época, unirse al ejército enemigo en tiempos de guerra constituye el delito de alta traición (lesa patria). La Constitución argentina de 1853 (vigente para los aliados) definen la traición como “tomar las armas contra [la Nación] o en unirse a sus enemigos prestándoles ayuda y socorro”. Bajo el derecho consuetudinario, los actos de los legionarios (unirse al enemigo, guiar tropas invasoras, formar un gobierno paralelo) eran inequívocamente actos de traición punibles con la muerte.
Sin embargo, los legionarios operaban bajo una lógica de legitimidad alternativa y soberanía popular. Al constituir la Asociación Paraguaya, declararon jurídicamente que la soberanía había sido usurpada por un tirano que gobernaba sin el consentimiento del pueblo y que, por tanto, el gobierno de López era ilegítimo. Bajo esta premisa, ellos se autoproclamaron los depositarios de la verdadera voluntad nacional. Este es el mismo argumento jurídico-político utilizado por el general Charles de Gaulle (Francia Libre) o el Comité Nacional por una Alemania Libre: el gobierno de facto es traidor a los intereses de la nación, y por lo tanto, la verdadera lealtad a la patria exige combatir a ese gobierno, incluso con ayuda extranjera.
El presente artículo de análisis examina exhaustivamente la figura del legionario
paraguayo bajo la lupa de la teoría política, la historia documental y la historia comparada para evaluar si los legionarios pueden considerarse traidores desde una perspectiva objetiva y comparada; es sumamente instructivo analizar el caso de los alemanes que lucharon contra el Tercer Reich. Este paralelo permite desentrañar cómo las sociedades procesan la lealtad cuando el Estado se convierte en un ente criminal.
Para establecer una comparación rigurosa y enfocarnos en aquellos alemanes que, como los legionarios paraguayos, cruzaron la línea de fuego para colaborar militarmente con los enemigos de su Estado. Y antes de que me acusen de anacronismo histórico, tómenlo como una herramienta heurística, que no busca equiparar a los regímenes en su maldad, sino equiparar a los disidentes en su dilema: ¿Qué hace un patriota cuando la bandera de su país ha sido secuestrada por un hombre que conduce a la nación al suicidio?”.
A. El “X-Troop” (No. 10 Inter-Allied Commando)
Este es, quizás, el equivalente más puro a la Legión Paraguaya en términos de combate directo. El Nº 3 Troop (conocido como X-Troop) del Comando Interaliado Nº 10 del Ejército Británico estaba compuesto casi en su totalidad por refugiados judíos alemanes y austriacos que habían escapado del Reich antes de 1939. En el Frente Oriental, bajo la tutela de la Unión Soviética, se formó una organización de naturaleza diferente. Tras la derrota de Stalingrado (1943), oficiales capturados de la Wehrmacht (incluyendo al mariscal Friedrich Paulus y al general Walther von Seydlitz-Kurzbach) se unieron a líderes comunistas exiliados (como Walter Ulbricht y Wilhelm Pieck) para formar el NKFD.
Jurídicamente, tanto los legionarios como los alemanes antinazis cometieron actos de traición según la ley positiva de sus regímenes en tiempos de guerra. Sin embargo, desde la perspectiva del derecho natural y los derechos humanos, ambos ejercieron un legítimo derecho a la resistencia frente a tiranías destructivas. La diferencia ética no radica en el acto de tomar las armas, sino en el contexto de las alianzas.
Ahora, ambos tuvieron diferentes sentencias. La resistencia alemana es reivindicada porque su causa (la democracia liberal) triunfó y trajo prosperidad, y porque el régimen que combatieron (nazismo) es universalmente repudiado. El estigma del legionario en Paraguay es una construcción política exitosa del nacionalismo colorado que ha logrado equiparar la lealtad al Estado con la lealtad al gobierno de turno. En contraste, la Alemania moderna ha logrado disociar ambos conceptos, permitiendo que el patriotismo se base en la Constitución (Verfassungspatriotismus) y no en la obediencia ciega o la sangre.
Mientras que los alemanes que lucharon contra Hitler han sido absueltos por la historia y elevados a la categoría de conciencia moral de la nación y Hitler es universalmente condenado como la encarnación del mal absoluto, permitiendo la heroicidad ética de sus opositores, Francisco Solano López fue elevado por el revisionismo paraguayo a la categoría de “Héroe Máximo” y encarnación mística de la Patria, los legionarios paraguayos permanecen atrapados en el purgatorio de la memoria: liberales visionarios para unos pocos, pero traidores imperdonables para la narrativa popular mayoritaria que aún llora las pérdidas de Cerro Corá, convirtiendo a sus opositores, por necesidad lógica del discurso nacionalista, en la antítesis ontológica de la paraguayidad.
Fuentes: Memorias o reminiscencias históricas sobre la Guerra del Paraguay, de Juan Crisóstomo Centurión. Memorias militares, por Silvestre Aveiro. Escritos históricos, de José Falcón. Edición y estudios preliminares por Thomas L. Whigham y Ricardo Scavone Yegros. La maldición del legionario, de Claudio Fentes Armadans.