17 jun. 2026

Hacer lo que hay que hacer…

Cualquiera sabe lo que el Gobierno debe hacer para que el país mejore. O, qué cosas NO HACER para que todo deje de seguir empeorando. Los políticos también, especialmente si están en la oposición. Desde allí, son todos “genios”: Critican al Gobierno por lo que no hace o lo hace mal, sin molestarse de explicar nunca lo que ellos harían para que todo funcione… Ni como lo harían. Porque cuando llegan al poder –o a alguna parte desde donde se comparte su ejercicio– hacen exactamente igual… O peor.

De lo que nunca están completamente ajenos, es del calendario electoral y del aparato financiero que debe manejarse para ganar las siguientes elecciones. Porque si eventualmente las pierden, suelen activar los mecanismos para negociar “la gobernabilidad” con los vencedores. Eufemismo que se remite a obtener “algunos carguitos” con los que sobrevivir el frío invierno de la llanura, con la boca cerrada.

Conseguidas estas ventajas y aun si no, harán lo que fuera necesario para que al Gobierno le vaya mal (como si para esto se necesitara de ayuda). ¿Y el país? ¡Ah!, … El país. Bueno… ya veremos. Si tanto aguantó podrá aguantar un poco más.

Así piensan “ellos” y es lo que viene sucediendo desde que se escuchó el: “…Hemos salido de nuestros cuarteles”, en febrero de 1889, cuando Alfredo Stroessner aceptó “la invitación” para retirarse sin ninguna molestia. A partir de entonces, y salvo pequeños cambios en los rituales oficiales, todos los que ocuparon el lugar del ausente, quisieron hacer lo mismo: Mantenerse en el cargo y construir “obras de progreso”. Lo que para muchos, por lo visto, es suficiente para gobernar.

Mientras tanto, problemas sempiternos y agravados hasta límites dramáticos, como los de la educación, la pobreza extrema, el paro laboral, problemas ambientales, salud pública y la impostergable “modernización del Estado” son “nimiedades” que cada nuevo “cartel” instalado en el Palacio de López irá evaluando para ver quién hace menos y quién inaugura más.

Para enfatizar lo hecho, la estadística suele constituirse en aliado invalorable. Porque sin considerar el incremento poblacional ni la cotización en curso, pareciera que hoy se obtienen menos logros que antes, pero comparando ideas o inversiones versus resultados, los ministerios de antes son iguales a los de ahora. Porque MINURVI es lo mismo que IPVU; COPACO es lo mismo que ANTELCO e IBR es lo mismo que Indert. Instituciones superpobladas de funcionarios, partidarios, parientes y otras especies del entramado político/social, clientes electorales que a lo largo de la larga dictadura de antes y la democracia de ahora, consiguieron hacer todo “más peor”.

El poder es para ejercerlo con todas sus consecuencias. Se entiende que se trata de gobernar bien y que nadie, con ninguna excusa, puede declinar sus responsabilidades si se trata de salvaguardar las instituciones, la intangibilidad de la República, el prestigio del Gobierno y, fundamentalmente, la dignidad.

La misión de un líder, de un gobernante, no es “evitar la violencia” declinando responsabilidades. Por supuesto que debe ser evitada la violencia innecesaria y desmedida. Aunque la violencia es un atributo del Gobierno cuando peligran los derechos de los demás, o alguien es impedido de ejercer el suyo. Si la violencia resulta un “daño colateral” como producto de ese ejercicio constitucional, nadie puede reclamarle nada a ningún gobernante.

No caben las excusas que se esgrimieran muchas veces, como las de “quise evitar un derramamiento de sangre...”. Porque aún evitándolo, es cuando empiezan a predominar los malevos con cualquier, ¡chaque!, al sistema democrático y ante la claudicación de quienes tienen que preservarlo. Ha sucedido muchas veces en la historia inicial de nuestra “democracia”, como en la reciente. Por culpas compartidas entre los que ven una realidad política distinta, según estén en el Gobierno o en la oposición.

Y a propósito para ganar las elecciones todos hacen cualquier cosa... Pero nadie hace lo necesario para gobernar. Y mucho menos para gobernar bien. Porque juntar votos, arrear gente para que vayan a depositar sus votos se remite, aparentemente, en una cuestión de movilización. De dinero, de recursos varios y alguna capacidad de comunicación. Aunque nadie se dedique ni planifique el aspecto de la gobernabilidad. Y esto quiere decir lo mismo que cuando pretendemos formar un equipo. Ya para acometer una tarea o jugar al fútbol. Todos tienen que chutar hacia el mismo arco. Para llegar al arco rival utilizaremos distintas estrategias, pero todos tenderemos a avanzar hacia el mismo lado. Todos impulsaremos la victoria. Todos seremos disciplinados y pugnaremos por la consecución de los objetivos trazados.

Una campaña electoral es la brillante oportunidad que tienen los que disputan supremacías para el ejercicio de un cargo público, para diferenciarse de los viejos malos hábitos partidarios. Y destacarse. Es la oportunidad que tiene “el sistema”, para verificar errores, castigar los desbordes y aplicar los correctivos con rigor y sin recelo. Todo lo que las leyes indiquen para que la democracia funcione.

La crónica diaria, sin embargo, nos enfrenta a la triste realidad de la reiteración de los mismos vicios que han venido infestando nuestra democracia, al punto de que a muchos nos parece un gran desgaste de tiempo y dinero, además de la frustrante verificación de que con ella, no hemos conseguido tener buenos líderes y mejores gobiernos. Un amigo visitó un país asiático y ante mi pregunta sobre el sistema democrático vigente en el lugar, me contestó: “Es muy parecido a nuestro Mercado Nº 4…, pero con 18 millones de habitantes en interior”.

¿Es posible que en estas condiciones, una democracia “convencional”, impuesta sobre los vicios de centurias de arbitrariedades y desigualdades pueda resolver problemas que se fueron acumulando a través del tiempo?

¿Podría un “calendario electoral” romper la cadena de ignominias que gobiernos despóticos y corruptos han puesto sobre los hombros de sus conciudadanos como una maldición?

¿Podrían obtenerse resultados de una simple matemática electoral que organiza candidaturas y propone participaciones proporcionales de gente a la que le importa poco y nada del destino del país?

Creo que todos tenemos la respuesta.

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