Todo en él parecía de bajo perfil, empezando por su nombre. Era el rey de la soja, es cierto, pero transmitía una imagen de abuelo apacible y laborioso, que hizo fortuna trabajando la tierra y apostando al futuro del Paraguay. Un país que, a esta altura, consideraba como suyo. Exitosa y tranquila, la vida de don Tranquilo.
Quizás fue por eso que durante el conflicto con los carperos su nombre fuera poco recordado. Ocuparon más espacios en la prensa las actitudes prepotentes de aquellos. Esa violencia coyuntural permitía que los voceros del latifundio disimularan la violencia estructural que está en el fondo del conflicto: la enorme desigualdad en la distribución de la tierra. El ejemplo paradigmático de ese absurdo social es Tranquilo Favero, propietario de un millón de hectáreas.
Con parte importante de la prensa a su favor, con las frases denigrantes hacia las mujeres pronunciadas por el líder carpero Victoriano López, la estaba sacando barata, don Tranquilo. Razón de más para quedarse en el molde, para no hablar. Pero no, él decidió hacerlo. Fue una de las peores decisiones que haya tomado en su vida.
Raro en él, un hombre de decisiones tan prudentes. Raro en alguien que conoce bien el lío de la globalización.
Quizás pensó que sus declaraciones a un medio brasileño no serían leídas en el Paraguay. Y dijo lo que dijo. Que añoraba al gobierno de Stroessner, que con dinero todo podía comprarse y que con los carperos no se dialoga, se les responde con palos. Por si faltara algo, se igualó a Victoriano López, al apelar a una metáfora machista y justificadora de la violencia hacia la mujer.
Allí se acabó la tranquilidad de don Tranquilo.
Partidos, gremios, sindicatos y asociaciones de mujeres expresaron su indignación. Lo han criticado hasta los más férreos defensores de la propiedad privada y la producción sojera. Lo declararon persona no grata de Asunción. En el Senado plantearán que se le retire la ciudadanía. Lo denunciarán en la Fiscalía. Organizan un escrache frente al edificio de sus empresas. Él, acostumbrado a escuchar lisonjas, ha tenido que soportar ser tratado de capanga y caradura.
Es que sus frases, llenas de desprecio hacia el país que generosamente le permitió amasar la fortuna que tiene, son indefendibles.
Tranquilo Favero, luego de este revelador lapsus linguae, ya no será mirado del mismo modo que antes. Su imagen ha adquirido perfiles menos tranquilizadores, pero más cercanos a la realidad. Quizás eso nos permita discutir el origen del mayor conflicto social paraguayo, hasta hoy irresuelto. La crisis que hoy eclosiona en Ñacunday y que mañana resurgirá en otros puntos del territorio no es la lucha entre campesinos haraganes y productores agroexportadores. Hay verdades y engaños de ambas partes.
Por eso es bueno que don Tranquilo siga hablando. Para derribar estereotipos, para que lo conozcamos mejor.