22 jun. 2026

Geopolítica en el Mundial

El fútbol posee una condición magnética: La capacidad de suspender la realidad. Cuando el balón rueda, el mundo real parece encogerse hasta los límites exactos de un rectángulo de césped. Sin embargo, detrás de la épica de las tribunas, los mundiales y el fútbol de élite se han consolidado como la mayor maquinaria de distracción y geopolítica de nuestra era. Lo que para millones es una pasión indomable, para los regímenes autoritarios es un frío ejercicio de sportswashing: El uso del deporte comprar legitimidad internacional al amparo de la euforia colectiva.

La estrategia no es nueva. En 1934, Benito Mussolini entendió antes que nadie que el balompié era el idioma perfecto para el adoctrinamiento. Il Duce no buscaba el aplauso extranjero, sino la validación interna de su régimen. La advertencia lacónica al seleccionador Vittorio Pozzo antes de la final (“Que Dios lo ayude si llega a fracasar”) resumía una atmósfera donde el subcampeonato equivalía, en el mejor de los casos, al destierro. Cuarenta y cuatro años después, la Junta Militar argentina perfeccionó el libreto en un escenario macabro, mientras el país se desangraba en la clandestinidad, los gritos de gol de la final de 1978 en el Monumental se escuchaban en las celdas de la ESMA, el centro clandestino de detención ubicado a menos de un kilómetro de distancia.

Incluso el idílico Mundial de México 1970 estuvo salpicado por la asfixia del poder. Edson Arantes do Nascimento, Pelé, desgastado por el clima de terror de la dictadura de Médici en Brasil, había decidido no jugar. Sin embargo, la presión del aparato estatal fue implacable: Se destituyó al técnico João Saldanha por su militancia comunista y agentes del servicio secreto rondaron la delegación. O Rei confesaría años más tarde que jugó aquel torneo por miedo.

Pero reducir la historia del fútbol a una mera sucesión de manipulaciones políticas de ultraderecha es ignorar su dimensión más humana. Existe una contrahistoria: Aquella donde el campo de juego deja de ser una vitrina de los opresores para convertirse en un territorio de resistencia y memoria colectiva. Frente a la espectacularidad del dinero, los gestos de dignidad también marcan presencia.

Sucedió cuando el seleccionado de Nueva Zelanda asumió posturas frente a las tensiones en Medio Oriente al negarse a convalidar con su silencio situaciones de violencia, demostrando que el fair play implica una responsabilidad ética con el mundo exterior. Ocurre también cuando las individualidades rompen el protocolo, cuando un jugador levanta la bandera de Palestina frente a las cámaras del mundo. En ese instante, el césped sagrado se conecta directamente con la realidad.

Por cada intento de utilizar el deporte para lavar crímenes, surge un gesto de dignidad que devuelve el balón a su origen popular. La esperanza del fútbol no reside en los palcos de honor ni en los comités ejecutivos que subastan los mundiales al mejor postor ni en las pausas de hidratación. Reside en su capacidad para seguir siendo un espejo de la sociedad.

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