El pasado 3 de noviembre se celebró el Día Nacional del Joyero, fecha que cada año invita a mirar de cerca uno de los oficios más delicados y emblemáticos del país: La filigrana paraguaya.
Símbolo de creación, memoria y herencia, este arte transmite saberes de generación en generación en ciudades como Luque y Areguá, donde el kygua vera, el kambuchi y los anillos de siete ramales siguen contando historias en hilos de plata.
La ministra de Cultura, Adriana Ortiz Semidei, recuerda a ÚH que la filigrana forma parte de la lista indicativa de patrimonio cultural inmaterial de la República. “Es una expresión cultural de la artesanía paraguaya, instalada en varios lugares del país. Especialmente se conoce como cuna de la filigrana a Luque, pero también se encuentran maestros artesanos de renombre en compañías como Caacupemí de Areguá”, sostuvo.
Destacó además que, junto al Día del Joyero, se trabaja en declarar un Día Nacional de la Filigrana y en fortalecer la transmisión del oficio a nuevas generaciones a través de la Escuela de Orfebrería del Instituto Paraguayo de Artesanía.
Teniendo en cuenta una fecha y un oficio tan importante, Última Hora realizó un pequeño paseo por Valle Puku, en Areguá, para conocer de cerca a algunos de estos guardianes del arte. En un pequeño taller donde el sonido del martillo marca el ritmo del día, la plata vuelve a nacer una y otra vez. Allí trabajan artesanos que llevan medio siglo moldeando una tradición que resiste al paso del tiempo: La filigrana, ese oficio diminuto que exige paciencia, precisión y una devoción que no se improvisa.
TALLER FAMILIAR. El primero en recibirnos fue Quirino Torres, con 59 años de trayectoria. Desde su taller, ubicado en la parte trasera de su casa, explica cómo la plata se transforma en hilo y en formas que parecen aire. Para él, la filigrana no admite apuros: Cada aro o cadena requiere tiempo, concentración y calma.
Junto a Quirino trabajan su cuñado Darío Franco, con 50 años de experiencia, y su hijo Carlos, quien se sumó recientemente tras terminar sus estudios. Darío, de pocas palabras pero mano firme, resume el secreto del oficio: “Uno tiene que tener paciencia… es un trabajo diminuto y complicado”. Aun así, la familia sostiene el taller día a día, aunque reconocen que pocos jóvenes están interesados en continuar la tradición.
En su mesa de trabajo, en la parte trasera de su casa, Quirino explica el proceso como quien relata el paso del tiempo. “Primero se compra el metal (plata), hay que derretir. Y de ahí hay que pasar en el cilindro, este para aplanar y hacer los hilitos”, menciona.
Para don Quirino, la filigrana no admite apuros. Cada aro, cada broche, cada cadena exige horas de trabajo, concentración y paciencia.
Una vida entre hilos de plata. A unos metros de allí, otro taller sigue latiendo con la misma dedicación. Los hermanos Alberto y José Mendieta trabajan juntos desde hace más de 40 años. Aprendieron con un tío y continuaron perfeccionando su arte hasta convertirse en referentes de la zona. No suelen ir a ferias, pero trabajan por encargo para joyerías y clientes del exterior, con pedidos activos todo el año.
Los Mendieta producen desde aros y anillos hasta piezas mucho más complejas: Coronas, abanicos, medallas y figuras especiales. Miden el trabajo en gramos y en horas de dedicación.
José, el mayor, empezó a los 13 años y hoy, con 67, sigue elaborando piezas completamente a mano. Entre sus obras recuerda una especialmente: Un arpa hecha en oro blanco, amarillo y rojo para un cliente brasileño.
Los Mendieta resaltaron que los pedidos más comunes son aros y anillos. Sobre el tiempo para crear una pieza detallada, Alberto explica que pueden llevar dos a tres horas terminar. ¿Y qué debe mirar un comprador? fue la pregunta, y la respuesta fue clara: Calidad y la terminación de los trabajos.