11 mar. 2026

Exiliados en nuestra propia tierra

En la novela El Extranjero –Albert Camus, 1942– el autor pone en boca de su personaje principal: “Soy un extranjero en mi propia tierra”. Desbordado de pesimismo, la expresión era motivada por la imposibilidad de comprender hechos que lo habían empujado fuera de los códigos de convivencia de la sociedad.

Somos muchos paraguayos los que en la actualidad nos encontramos ante la misma percepción.

Especialmente cuando desde el Gobierno nos anuncian milagros como si hubiéramos nacido ayer. Y el ejemplo cunde cuando desde los estamentos privados, declamaciones parecidas desmantelan todo intento de razonamiento. Cuando observamos que centenares de edificios de apartamentos en nuestra ciudad, nos tapan el sol. Mientras se construyen otros varios y nos anuncian “más progreso” para el futuro. Entre todos los ya construidos, superan las necesidades del mercado, en números siderales. Tanto como contamos con supermercados y supermercaditos, superfarmacias, estaciones de servicio y shoppings; en Asunción como a la largo de las rutas y ciudades del interior del país. ¡Ah! …y venta de vehículos, nuevos y usados. Centenares de ellos, en todas partes aunque la excusa en este renglón es la falta de un sistema de transporte público eficiente. Ineficientes hay, porque nuestro país debe ser el único que subsidia la ineficiencia con el mismo dispendio que paga salarios a miles de correligionarios/funcionarios en todas las instituciones del Estado.

Muchos creen que es una situación normal. Porque Asunción fue creciendo adaptándose a sus problemas … aunque sin ningún intento para superarlos. En muchos casos, ignorándolos simplemente pues no hemos sustraído ni agregado al enclave urbano los elementos que le ayuden a funcionar mejor. Que le eviten sus crónicos problemas. Que atenúen sus dificultades.

Sin embargo, con cada amague de semejantes muestras de “progreso”, desde los “tiempos felices” en adelante, fuimos expulsando a nuestros compatriotas fuera de Asunción; quedando los barrios tradicionales reducidos a un simple nicho del negocio inmobiliario. Sin importar otra cosa que alguien, algunos, excusaran el procedimiento con el cuento de ponernos a la altura de las “grandes capitales del mundo”, mientras se destruía la naturaleza, se pavimentaba el suelo y se proscribía el sentido de pertenencia de los ciudadanos. Después, empezaríamos a pensar como unir esas piezas dispersas con autopistas y viaductos.

Por lo que ante las necesidades y la especulación inmobiliaria, muchos compatriotas tuvieron que vender lo que tuvieran para mudarse hacia otros enclaves, fuera del radio de la ciudad; donde no tenían mínimas comodidades ni servicios para desarrollar una vida medianamente normal (ya no usaremos el remanido vocablo de “vida digna”). A nadie se le ocurrió analizar que al abandonar el territorio que los vio nacer, las personas dejaban de contar con la historia que los apegaba al lugar. Que se quedaban sin vínculos ni obligaciones. Sin afectos en los que fundar un sentido de pertenencia y responsabilidad social; con el simple propósito de sobrevivir como podían ….con los medios que tenían.

Sin calles ni servicios en estos nuevos sitios de asentamiento, sin escuelas o centros asistenciales cercanos; de seguridad o de policía, hizo que las familias –miles de ellas– tuvieran la sensación de que ya no formaban parte de un colectivo regido por normas y reglas. Desafectos que se tradujeron en altos estándares de intolerancia, irritabilidad y sensación de abandono. La experiencia de estar en un territorio sin vínculos con nada y con nadie. Territorio ideal en el que florece la violencia doméstica y callejera. En medio de esos conflictos, nacían sus hijos y por las distancias que las separaban del lugar de trabajo, de la escuela, las familias tenían que pasar mucho tiempo sin estar juntos. Alejados unos de otros… las relaciones se disolvían. Y con los vínculos disueltos las cosas se complicaban todavía un poco más para que aparecieran otros problemas más serios.

¿Alguien del Gobierno pensó en cómo resolver este intríngulis? ¿La Policía Nacional, la Secretaría de Acción Social, la MINURVI, los municipios del entorno asunceno, consideraron algún protocolo para atenuar, al menos, estos problemas?

El MOPC, las municipalidades … ¿han observado que la marabunta de vehículos que se aproximan a la ciudad al amanecer es consecuencia de esta dispersión urbana que se ha generado? ¿Y qué recomendaciones han propuesto?

O, además de la dispersión, ¿los ciudadanos tenemos que seguir soportando la falta de transporte público, la pérdida de tiempo, la disolución social, la atmósfera irrespirable por el smog, la falta de facilidades para transitar por las aceras, la violencia callejera y otras delicias que adornan nuestra vida cotidiana?

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