18 ene. 2026

Ese tal pensamiento latinoamericano

Darío Sarah

Hay una conversación frecuente en –las que presumo– mis clases. Cada vez menos, pero frecuente. Una versión de ella me es de memoria grata. Años atrás, desde el alumnado se me preguntó: “¿Por qué en América Latina jamás se dio un pensador como Max Weber? Por supuesto, no era del todo una pregunta, y si lo era, empuñaba ya una respuesta. Pero era oportuna, precisamente porque nos ocupaba esa comarca anegadiza y de límites difusos, a la que llamamos pensamiento latinoamericano.

Omito el transcurso de aquella clase que guardo, casi presuntuoso, en algún medallero de la memoria. Mi incisiva alumna no me hablaba de Weber, ni de Hegel, también oportunamente aludido. Más bien me arrojaba una pregunta de múltiples entonaciones: ¿Es que existe un tal pensamiento (alias) latinoamericano, quizás más digno de prontuario que de estudio? ¿No es tal pensar un entrañable, pero mero suburbio? ¿Es que hay algún pensar geográfico? ¿O simplemente hay un pensar, que es más frecuente en las comarcas de Weber y Hegel, y menos en las de Mauricio Schvartzman o Enrique Dussel?

Aun así, desde hace medio siglo se ha publicado una infinidad de atlas que mapean esa comarca: Un tal pensamiento latinoamericano. Todos asignan no poca tinta a Enrique Dussel y al movimiento continental del que fue emblema, desde las tumultuosas últimas tres décadas de un siglo que aún porfía es sus formas. Entre quienes aceptamos que existe una –disfuncional– familia dedicada al pensamiento que se rehusa a las meras repeticiones desde estas geografías, hay consenso: Dussel es, y seguirá siendo un peso pesado.

En 1993, hace algunas eras geológicas, Enrique Dussel se reunió con un grupo de estudiantes, aquí en Asunción. No llegábamos a quince. Llegó por sus medios y sin mediar invitación, creo. Simplemente, en un ordinario “otro día más” de clases, estábamos en un círculo que se iniciaba en la silla de Enrique Dussel.

Testimonió. Narró tiempos duros. Rió con el grupo con bromas sobre Latinoamérica y sus aguafuertes, y sobre las universidades alemanas. Nos habló de una charla que había mantenido “en esos días” con John Searle. Preguntó mucho, y todo el tiempo. Tenía, curiosamente, un aire cosmopolita; no era tan argentino, ni tan mexicano. Tampoco tan parecido a un busto de Séneca, como lo veía en fotos hasta ese día.

Dussel dijo algo que palabras más, palabras menos –ruego confianza– sonó así: “¿Saben cuándo fue que mis colegas en Latinoamérica comenzaron a tomarme en serio? Es muy simple: Cuando se enteraron de que en Europa me tomaban en serio… Ese día me volví un filósofo latinoamericano importante… Es un disparate –sic– pero esa es nuestra condición…” Ya fuera de las comillas digo por mi cuenta y coincidiendo con Dussel: Nada más parecido a un parentesco colonial.

Con esta anécdota, años después, proseguí la conversación con mi alumna, la de Weber. Por supuesto, mi respuesta estuvo muy lejos de ser la última palabra en aquella estimulante discusión.

No sé si estrictamente hablando puedo considerarme hoy un cabal seguidor de Dussel. Pero haberlo leído, cuando me inicié en esto, me dio hasta hoy los reflejos que considero fundamentales para sospechar de la autoridad de los decretos que habilitan geografías de pensamiento. Ese no es poco legado.

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