05 feb. 2026

Esa electricidad a la que llaman periodismo

Al otro lado del silencio

Por andrés Colmán Gutiérrez | @andrescolman

La vieja máquina de escribir Underwood está allí, dormida sobre un pedestal, en la antesala de la Redacción de Última Hora, en el viejo edificio de Benjamín Constant 658, donde se editaron tantos históricos medios gráficos.

Quizás fue la misma en la que Josefina Plá aporreó sus mejores crónicas en los años 30, cuando ella andaba por aquí, pionera del periodismo feminista en el viejo El Orden de Gualberto Cardús Huerta y Félix Paiva. O tal vez la utilizó aquel joven e inquieto Augusto Roa Bastos, secretario de Redacción del diario El País, editado por Policarpo Artaza, antes de que los batallones de asalto del moriniguismo entraran a dar cátedras de libertad de expresión, destrozando a garrotazos las máquinas impresoras y los escritorios de los periodistas.

Cuando llegué por primera vez, como el joven estudiante de periodismo más perdido del mundo, en junio de 1979, la Underwood era ya una pieza de museo, reemplazada por unas relucientes máquinas de escribir Facit. Última Hora llevaba seis años de estar en la calle como diario vespertino, con el grito "¡timoreeee...!” de los mitã’i canillitas destrozando la siesta, y en la pequeña sala atestada de ruido y humo melancólico convivían los gritos del tano Botti, con el andar arrastrado del profe Macchi, las montañas de libros de la maternal Ana Iris Chávez de Ferreiro y las celebradas visitas del legendario Kostia, regresado del exilio.

Era la época de un periodismo vigilado y romántico, que se palpitaba por igual en la Redacción y en las calles duras y calcinantes, como en las interminables tertulias en las mesas nocturnas de un bar, burlando el represivo edicto policial número tres.

Entre generaciones de bohemios, desencantados y soñadores, para bien o para mal, aquí me hice periodista. De aquella era de diarios impresos con plomo caliente y olor a tinta fresca, a esta galaxia digital de reportajes en tiempo real, emitidos en vivo desde minúsculos smartphones, Última Hora cumple 40 años.

Hay quienes dicen que el ÚH de hoy no tiene mucho que ver con aquel pasquín romántico de editoriales desenfadados y picantes Versomi con el sello Kostia, pero es natural que sea así. Las sociedades cambian y los diarios son apenas su mejor o peor reflejo. Nosotros, los de entonces, tampoco somos los mismos. Pero en algún punto de tantos avances tecnológicos sigue chispeando esa electricidad primaria a la que llaman periodismo. Y que cada tanto, para bien o para mal, produce algún cortocircuito.

¡Feliz 40 años, ÚH!

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