Aunque los líderes colorados -maestros de la farsa-, disimulan estar ahora de acuerdo con que los paraguayos del exterior voten, la verdad más verdadera es lo contrario. Solo por sumarse a lo que la coyuntura dicta como “políticamente correcto” aceptaron, a su pesar, esa nueva regla de juego.
Ellos saben muy bien que si los expulsados por 60 años pobreza votan con la cabeza, llevan las de perder afuera. Solo si votaran con las vísceras -es decir con lo que les dicta el color, la tradición familiar y otros ingredientes que pueden ser englobados como expresiones de fanatismo a ultranza-, podrían tener algún apoyo.
El argumento principal en contra es que nadie que goce de sano juicio sale a favor de su verdugo. Ni siquiera todos los fanáticos a muerte lo harían.
¿Qué son los exilios -el político, o su variante, que es el económico que, en el fondo, son los mismos rostros de vivir ajenos al terruño- sino formas de morir en vida? ¿Acaso, aunque respiren y caminen y paguen la cuenta de fin de mes los que dejan a su madre, sus hijas, su barrio, su compañía, su comadre, su partidí con los amigos y su ka’ay rutinario no habitan el territorio de la muerte?
Hay culturas iberoamericanas más apegadas a sus raíces que otras. La nuestra ha de ser una de las que viven más próximas a su entorno, a su tekoha sobre todo de la infancia, de ese mundo donde quizás lo único que nunca faltó fue la pobreza diaria y aún así, estando lejos, el fuego sagrado de la nostalgia permanece encendida las 24 horas.
Por eso ningún paraguayo -es una exageración, por supuesto-, en el aeropuerto o en la terminal de ómnibus, dice que se va para siempre. “Aháta sapy’aite”, “El año que viene ajujeýtama”, “Agana hetáta la plata ha aju amoï peteï negocio”... son sus expresiones de despedida. Pocos, muy pocos cumplirán su palabra-sueño... porque, con el tiempo, en España, Norteamérica o la Argentina la palabra se convertirá en sueño: el sueño de volver a la patria.
El músico, poeta y compositor Adrián Barreto es el que mejor retrata el des-tierro (etimológicamente, quedarse uno sin su tierra) al que se ve obligado alguien que está en la edad de trabajar y, sin embargo, no encuentra en qué. Por eso, en “Jeiko poräve rekávo”, al dibujar a los que salen del cuartel como reservistas, dice que no hay más remedio que abandonar del país. Eso fue ayer, pero es también hoy y seguirá siendo mañana.
El modelo de desarrollo fue durante seis décadas y más paraguayoexpulsador. La responsabilidad de esa situación es de los gobiernos colorados que no crearon para todos las condiciones adecuadas para quedarse junto a los suyos.
Es imposible, entonces -cuidando ancianos o criaturas en Madrid; limpiando casas día de por medio en Nueva York o levantando un edificio en Buenos Aires- no recordar a los causantes de esa realidad que les permite obtener ingresos para sobrevivir, pero que no puede borrar el techaga’u que les quema el alma.
De cada 10, al menos 7 querrían volver a Paso Yobai, Caraguatay, Potrero Yvaté, Palomita, Villarrica, Camby Retá, Quiindy, Santa Rosa, Cumbarity, Villa Oliva, Hugua Po’i, Beni Loma, San Javier, Emboscada y Cañada de Lourdes. Apenas quieren dar alas a su deseo, sin embargo, surge la barrera insalvable: ¿Y a qué me voy a dedicar allá?
Hubo motivos para ir. Y no hay motivos para volver. Para ambos casos, las respuestas al porqué son las mismas: por culpa de los que se adueñaron del país y olvidaron a su pueblo.
¿Cómo votar entonces por los que provocaron, de un solo golpe, esa doble desgracia?