–Profesor… Esa es su verdad, pero yo siento que la mía es otra. Así lo veo y lo percibo. Además, busco la coherencia, y eso me sirve. Y si a la gente no le gusta, bueno, yo respeto; lo único que quiero es que me dejen decir lo que pienso. Para mí, eso funciona.
Ahí tenemos, condensadas, varias teorías de la verdad: La subjetivista, la coherentista, la pragmatista y –en su versión más sofisticada– la posmoderna de Richard Rorty. En ninguna aparece la concepción del sentido común: Que las cosas son como son, que están ahí. Un perro es un perro. Esa evidencia elemental, que durante siglos sostuvo el edificio del conocimiento, hoy parece haberse desvanecido.
¿Cómo orientarse en semejante laberinto? Si la verdad es lo que percibo, entonces nosotros no accedemos directamente a la realidad; en Descartes, las ideas son el filtro; en el posmodernismo, el lenguaje. El individuo queda así encerrado en sus propias categorías, sin posibilidad de cotejarlas con el mundo, pero estas posturas cavan su propia fosa: Si nadie accede a la realidad, tampoco hay base para afirmar cómo se constituye la realidad.
Si busco la coherencia, la teoría coherentista afirma que una creencia es verdadera cuando encaja armónicamente en un sistema de creencias. Esta idea se aproxima a la lógica de las ideologías: Sistemas cerrados, internamente consistentes, que interpretan la realidad desde sus propios supuestos. Todo encaja, todo se explica, todo se justifica. Pero la coherencia no garantiza la verdad. El sistema de Ptolomeo era coherente y, sin embargo, falso. La verdad exige algo más que orden interno: Exige apertura a una realidad que ningún sistema agota.
Que me dejen decir lo que quiero. En Richard Rorty, la verdad deja de ser correspondencia con la realidad para convertirse en aquello que “mis pares me permiten decir”. La verdad se vuelve consenso, conversación, acuerdo dentro de una comunidad. El lenguaje ya no describe el mundo; lo configura. Y si cada comunidad configura su propio mundo, entonces lo que es real para unos no lo es para otros.
Pero entonces surge una pregunta inevitable: Si la verdad depende del consenso, ¿con qué criterio juzgamos los consensos? ¿Es todo acuerdo igualmente válido? ¿Puede una sociedad equivocarse en su conjunto? Si no hay referencia a una realidad que trascienda al grupo, la crítica pierde su fundamento. Todo queda absorbido en la lógica interna de la comunidad.
En el pragmatismo, lo verdadero es lo que me sirve. Una creencia es verdadera en la medida en que funciona, en cuanto permite orientarnos en la acción y alcanzar ciertos fines. Este criterio tiene su atractivo: Devuelve a la verdad una dimensión práctica, pero tropieza con el problema del error. Creencias que en su momento resultaron útiles –como la idea de una Tierra plana– luego se revelaron falsas. Si ambas “funcionaron” en contextos distintos, la verdad queda reducida a eficacia. Y con ello se pierde su referencia a lo real.
Y, sin embargo, la respuesta más antigua sigue en pie. Aristóteles la formuló con una sencillez desarmante: Decir de lo que es que es, y de lo que no es que no es. La verdad no depende de mi percepción ni de la coherencia de un sistema ni del consenso de un grupo ni de la utilidad de una creencia. Es la adecuación entre lo que decimos y lo que es. Un perro es un perro. Esta concepción –la teoría de la correspondencia– no ignora la dificultad del conocimiento. Reconoce que podemos equivocarnos, que el lenguaje tiene límites, que nuestras interpretaciones están situadas históricamente. El hecho de que ver sea difícil no significa que no haya nada que ver.
El eclipse de la verdad comienza precisamente cuando, ante la dificultad de conocer, concluimos que no hay nada que conocer. Cuando, ante la diversidad de interpretaciones, negamos la existencia de una realidad común. Allí comienza el sarambi: No solo una confusión intelectual, sino una desorientación vital. ¿Y qué tiene que ver todo esto con lo que ocurre hoy? Mucho más de lo que parece. No puede haber política sin verdad. Una comunidad política necesita un mínimo de acuerdos sobre la realidad para poder deliberar, juzgar y actuar. Cuando la inteligencia pierde su vínculo con lo real, la acción queda sin medida y la comunidad sin forma.
El problema, entonces, no es solo filosófico. Es profundamente político. El sarambi de la verdad, que comienza en el aula, termina en las instituciones. Sin verdad, no hay bien común. Solo intereses, negociación y poder.