27 ago 2026

El sabotaje de Nolan: El costo de sacrificar un mito monumental por un relato débil

Resulta alarmante cómo la discusión en redes sociales desvía hoy el valor estético y la rigurosidad de una obra para forjar un diálogo meramente performático que solo alimenta al algoritmo.

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Estreno. El actor Matt Damon en una escena de La Odisea, del director inglés Christopher Nolan.

Foto: Gentileza.

Cuando las plataformas imponen una mirada complaciente y reducen el objeto artístico a un simple espejo de validación ideológica personal, importa más de qué se habla en la red que lo que la creación realmente tiene para decirnos.

Frente a esta dinámica reduccionista, resulta necesario tomar distancia para desentrañar las decisiones formales de La Odisea, de Christopher Nolan.

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Bastante se ha dicho a su alrededor, aunque algunos cuestionamientos sean legítimos, merece la pena detenerse en la sintaxis de su montaje; no porque sea algo extraordinario –para eso ya está su fotografía–, sino porque el sentido de su lenguaje prioriza una espectacularidad visual antes que esa tensión del contexto de un pasado histórico.

Entendamos la historicidad del objeto artístico en la construcción del mito: la historia de Odiseo realmente es una ficción de casi 3.000 años, una época en la que el mito del héroe atormentado no existía. Le era atribuida la vergüenza cuando este perdía su honor y el estatus frente a los ojos de su comunidad. Los ejes sobre los cuales se basaba esa lectura eran la violencia como virtud, el sufrimiento libre de trauma y la voluntad divina.

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La actriz Anne Hathaway caracterizada como Penélope en una escena de La Odisea, dirigida por Christopher Nolan.

Foto: Pinterest

Toda esta dimensión no aparece en La Odisea; es reemplazada por un mito deconstruido, lleno de culpas y atormentado por la violencia ejercida en Troya. Resulta significativo cómo el guion prioriza esta deconstrucción para situar al héroe dentro de nuestra lógica de moral actual, en lugar de tensionar el ejercicio temporal. La adaptación desaprovecha la mirada del otro –la comunidad del mundo antiguo– en tanto el honor permanezca intacto.

Es en esta contradicción donde radica la pérdida estética y trágica del relato homérico: esa fijación arcaica por la reputación externa habría agregado una capa de complejidad sustancial a un discurso que termina por alivianarse, impidiendo que la alteridad histórica funcionara como un espejo muchísimo más incómodo, directo y profundo para el espectador, donde la imagen y la mirada del otro determinan el todo de nuestro comportamiento contemporáneo.

Para una lógica de blockbuster –porque eso es lo que termina siendo–, esta tensión no es conveniente, ya que estaría traicionando el entretenimiento y la identificación con personajes que están puestos para una lectura rápida y fácil. La edición prioriza un ritmo frenético y cortes constantes que fragmentan la continuidad, destruyendo la posibilidad de entender la densidad del pasado.

El espectador es empujado a experimentar a través del ordenamiento rítmico y los cortes constantes a un disfrute por acumulación excesiva de estímulos visuales, esto sabotea la producción de un sentido profundo entre las secuencias. Si seguimos esta dinámica narrativa comercial, se puede decir que La Odisea es una película preciosa y preciosista; sin embargo, esa estridencia se encuentra en el sonido.

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Zendaya forma parte del estelar reparto convocado por Christopher Nolan para su reinterpretación cinematográfica del mito de La Odisea.

Foto: Pinterest

No hay momento en que tanto la música incidental como los diálogos den paso al silencio como herramienta narrativa, no porque obligatoriamente tenga que tenerlo, sino porque la historia no respira y el oído del espectador es acribillado constantemente. No hay pensamiento, solo la certeza de que la estamos pasando bien. Esta característica reduce el impacto de la obra a una película pasatista más e ignora la épica que se merece el mito griego. Recuerdo lo del silencio porque Nolan lo utiliza, en menor escala, como un recurso narrativo efectivo.

En Oppenheimer, la observación, desde un búnker, del halo brillante y enceguecedor del estallido de la bomba nuclear –hasta teñir la escena de una luz fantasmagórica en los rostros de los personajes– nos priva a los espectadores de lo que ellos escuchan. En esta secuencia espeluznante, nos encierra a todos para entender que la construcción de la bomba ha cruzado el límite de la convención sagrada, dejando sobre el protagonista un peso de la culpa que supera la propia condición humana.

La secuencia del encuentro de Odiseo con las sirenas opera del mismo modo y ese silencio –para nosotros y la tripulación, a excepción de Odiseo– constituye el mayor punto poético de la película, el vacío sonoro nos encierra en el instante exacto de la profanación: la decisión de Odiseo de escuchar el conocimiento prohibido.

Paradójicamente frente al sonido estridente, el lirismo musical en ciertos pasajes es el gran aporte de esta adaptación. Si bien rescata la poesía del verso homérico –aquella prosa literaria que Nolan deliberadamente decide ignorar en el guion–, este valor lírico se ve condicionado por su uso aislado en lugar de articular conceptualmente todo el relato.

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Nolan rompe la historicidad del relato homérico y fractura todo el universo moral de la época para dar paso a un “héroe masculino deconstruido” que nada tiene que ver con la tragedia griega original. ¿Es un error? A priori no, es una adaptación legítima, pero reduce drásticamente el impacto de la poesía homérica y la epicidad de su historia. ¿Es válido sabotearla? Sí, en tanto Nolan reintegra la poesía en la música y la convierte en una experiencia cinematográfica entretenida y fascinante con todos sus pros y sus contras, eso sí lejos de una obra maestra.

Fotógrafo y Crítico de Cine - @cinemas.lab
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