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El pindo karai se realiza de a uno, a distancia y con tapabocas

La bendición de palmas en Caacupé es restringida y personalizada. En Atyrá se impuso el delivery de pindo karai. La religión se reinventa en tiempos del coronavirus para mantener la tradición.

Esta vez no hay multitud de creyentes rezando frente a la Basílica. No se ven los racimos con hojas entrelazadas de pindo, adornadas con coloridas flores de siemprevive y aromáticas ramitas de ruda y romero, bailando en el viento como todos los años, sostenidos en alto por las extasiadas abuelas para celebrar el Domingo de Ramos.

Es el inicio oficial de la Semana Santa y el epicentro del culto religioso católico en el Paraguay, la Basílica Menor de Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé, se encuentra con las puertas cerradas, envuelta en un aire de desolación y silencio.

Alrededor hay barreras policiales que cortan el paso. Pocas personas se atreven a cruzar la plaza vacía. Mercedes Báez es una de ellas. Camina lentamente junto a su hijo Arturo, de 15 años, quien acaba de ser dado de alta tras una compleja intervención quirúrgica.

“Yo le prometí a la Virgen que, si mi hijo salía bien de la operación, iba a venir junto a ella a rezarle y a prenderle vela, pero no me imaginé que iba a ser tan difícil llegar hasta su altar. No hay micros, casi no hay gente y no se puede entrar a la iglesia. Por suerte me dieron la bendición aquí afuera”, relata, luego de lograr que el ministro laico Alfredo Britos le otorgue la bendición de un paquete de velas azules.

BENDICIÓN PERSONALIZADA

Frente a las enormes puertas cerradas de la Basílica, vestido con una sencilla túnica blanca o alba, Alfredo Britos monta guardia todas las mañanas. Él no es un sacerdote, sino un laico consagrado, pero tiene la facultad de rociar con agua bendita a las personas y a los objetos que acuden en estos días hasta el santuario de la Virgen.

“Es mi manera de ayudar a la gente. Aunque las misas del obispo y los sacerdotes se hacen a puertas cerradas y se transmiten por internet y por la televisión, las personas vienen igual, de a una, a buscar consuelo espiritual ante el miedo o la desesperación”, explica.

Hay una mesa instalada cual pequeño altar con un recipiente de agua bendecida. Desde allí, guardando la distancia con los fieles, Alfredo bendice rosarios, reliquias, imágenes de la Virgen, llaves de autos o de hogares, y desde hace una semana empezó a bendecir las palmas trenzadas de pindo que los fieles le iban trayendo anticipadamente.

“Como este año no habrá esa celebración multitudinaria del Domingo de Ramos, hemos empezado a realizar el pindo karai de a uno, a medida en que lo van trayendo. Se puede decir que es una bendición personalizada y ya es habitual que muchos fieles vengan con sus tapabocas. La fe en Dios puede ayudar mucho en momentos de prueba como el que estamos viviendo”, indica.

Osvaldo Ovelar, obrero de limpieza urbana y jornalero de la Municipalidad de Caacupé, es uno de los que portan su pindo karai bendecido, ataviado con su tapabocas, frente a la Basílica casi desierta. “Antes trabajaba todos los días como obrero municipal, ahora me piden venir un día sí, otro día no, todo se ha reducido, pero seguimos en la lucha. La gente pobre es la que más sufre, por eso pedimos a nuestra madre la Virgencita que no nos desampare”, refiere Ovelar.

DELIVERY DE PALMAS

A 18 kilómetros de distancia de Caacupé, en la bella y colonial Atyrá, el antiguo templo de San Francisco de Asís, construido en 1572, también duerme una obligada siesta, con sus puertas cerradas y su arquitectónica silueta recortada al final de una pintoresca calle desierta.

Vestido con su blanca sotana y su tapabocas, el párroco Felipe Martínez Aquino levanta solitario una rama de pindo karai frente a la iglesia. “Estamos ensayando una manera peculiar de bendecir las palmas, porque a nuestros fieles no les convence que lo hagamos por Facebook. Entonces hemos pedido que acerquen de a uno sus ramos de pindo a la Casa Parroquial el día sábado, para que los podamos bendecir todos juntos, sin aglomeración y luego los podrán retirar, ya bendecidos, de a uno”, explica.

Esta curiosa modalidad, a la que los jóvenes de la parroquia denominan creativamente como “pindo karai delivery”, ha entusiasmado a los atyreños, quienes extrañan los encuentros comunitarios en las misas de los domingos.

Paralelamente, unos 40 jóvenes del grupo juvenil parroquial San Francisco de Asís han iniciado una campaña de recolección de víveres para pobladores humildes, principalmente artesanos y oleros, que se han quedado sin fuentes de ingreso.

“Además de seguir siendo la ciudad más limpia del país, Atyrá también se destaca por la solidaridad de su gente. Hay muchas personas que están sin trabajo por esta cuarentena ante la pandemia del coronavirus, por eso estamos aquí todos los días, en el tinglado parroquial, hasta el martes próximo, recibiendo los aportes, para luego ayudar a distribuir junto con los líderes de nuestra parroquia”, relata Rodrigo Gamarra, uno de los integrantes del grupo.

“No me dejan trabajar, pero tampoco me ofrecen ayuda”

Norma Mora tiene 55 años. Es una de las humildes mujeres que solían vender velas de color azul a los miles de fieles que acudían hasta el Santuario de la Virgen de Caacupé, hasta que un día la gente dejó de venir, la plaza se cerró y le advirtieron que ella ya no podía trabajar allí, que mejor se fuera a su casa porque andar entre la gente era muy peligroso.

“Me quedé sin trabajo. No tengo otro recurso. No tengo marido y tengo a mi cargo a cuatro nietos, a quienes les debo dar de comer. No pude conseguir el subsidio que prometen. Nadie me ayuda. Así que aquí estoy, haciendo de recicladora, juntando latitas vacías de cerveza para vender y conseguir algo por lo menos”, dice ella, con una tristeza que se refleja en sus ojos por encima del tapabocas, sosteniendo las bolsas de latas que ha podido recoger en el día.

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La encontramos en la plaza frente a la Basílica ahora cerrada y desierta por las medidas de restricción sanitaria. Norma es morena, corpulenta, amable, guaraní hablante, mujer de pueblo, sencilla y luchadora. Su voz se le quiebra cuando cuenta sus penurias, su miedo al contagio, pero mucho más a no poder alimentar a los suyos.

“Sé que estamos pasando por un momento muy especial y las autoridades están muy ocupadas, pero me gustaría que no se olviden de los que somos pobres y conocemos poco de los trámites que hay que hacer para recibir ayuda. Yo solo quiero que me permitan volver a trabajar pronto. Me defendía muy bien vendiendo velas de la Virgen a la gente desde hace 24 años, aquí nunca me molestaron, pero ahora eso se acabó, lastimosamente. Solo me queda juntar latitas para poder comer”.

Ella vive en las afueras de Caacupé. Tiene un número de teléfono (0982) 877-923 por si personas solidarias le pueden dar una mano en esta difícil situación.

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