Hay situaciones en la vida que nos obligan a detenernos porque el cuerpo deja de acompañar el ritmo que veníamos llevando. Eso fue lo que me ocurrió hace unos días.
Todo empezó con una caída en una calle que parecía haber sido bombardeada. Es difícil no pensar en el estado de muchas de nuestras calles y veredas, convertidas en obstáculos cotidianos para quienes las recorremos a diario. Tampoco ayuda la prisa permanente en la que vivimos.
Los primeros minutos después de la caída fueron extraños. El dolor estaba ahí, pero todavía podía avanzar, o al menos eso creía.
Llegué a la oficina y recién entonces comprendí que algo no estaba bien. La inflamación aumentaba y apoyar el pie comenzaba a resultar imposible. Horas después estaba sentada en la guardia de un sanatorio esperando turno con la traumatóloga.
Mientras aguardaba los resultados de los estudios observé que aquel pasillo estaba lleno de historias interrumpidas.
A mi lado se encontraba una joven amazona. Había llegado con la ropa de equitación cubierta de tierra y algunas manchas de sangre. Sonreía, pero tenía los ojos vidriosos y la voz temblorosa. Me contó que se había caído del caballo durante una competencia.
Según relató, el animal comenzó a realizar esos movimientos bruscos con los que intenta desprenderse del jinete. Ya había ocurrido antes, pero esa vez fueron demasiados. La hizo caer. Se lastimó la columna.
Lo que más me sorprendió fue lo que me comentó, ocurrió después: Se levantó, volvió a montar, terminó la competencia y recién cuando bajó del caballo descubrió que prácticamente ya no podía caminar. Terminó en el mismo pasillo que yo.
Más tarde conversé con otro paciente. Un joven futbolista que esperaba su turno acompañado por una persona que empujaba su silla de ruedas. Me contó que una lesión en la rodilla lo había dejado inmovilizado después de patear una pelota.
Hasta ese momento había dos deportistas lesionados compartiendo el mismo espacio conmigo y mi rotura del quinto metatarsiano caminando por la calle y no haciendo mi deporte: La danza.
Mientras el futbolista hablaba de entrenamientos detenidos y la amazona de competencias suspendidas, yo pensaba en todas las cosas que también acababan de detenerse en mi vida.
Porque una fractura no rompe solamente un hueso. Rompe rutinas. Rompe agendas. Rompe planes. Rompe compromisos y esa sensación de independencia que creemos asegurada.
Horas después, mientras me trasladaban en silla de ruedas hacia una tomografía, volví a cruzarme con la amazona con quien intercambiamos una mirada cómplice por la situación compartida.
Cuando finalmente terminé todos los estudios y salí del sanatorio ya habían pasado varias horas.
En el trayecto de regreso a casa ocurrió algo curioso, noté la velocidad con la que se mueve todo el mundo. Y también empecé a notar algo más como nuestras ciudades están pensadas para quienes pueden caminar sin dificultades.
De pronto, tareas tan simples como comprar un medicamento, ingresar a un comercio o hacer una gestión dejan de ser sencillas. Basta una lesión, una fractura o una limitación temporal para descubrir una realidad que suele permanecer invisible.
Tal vez por eso estas pausas obligadas nos vuelven más conscientes. Nos permiten comprender algunas de las dificultades cotidianas que enfrentan quienes viven con limitaciones de movilidad permanentes.
No es solo rampas o accesos, se trata de entender que la autonomía, algo que damos por sentado, puede desaparecer en cuestión de segundos.
Al detenerme noté: La fragilidad del cuerpo, la solidaridad silenciosa entre desconocidos y la cantidad de personas que siguen adelante a pesar del dolor.
A veces creemos que vivir consiste en seguir avanzando. Hasta que un día la vida obliga a detenernos y ahí comprendemos que basta una caída, un mal paso o un segundo de distracción para que todo lo que parecía urgente deje de serlo.
Y que, a veces, una fractura termina mostrando cosas que el apuro de todos los días no nos deja ver.