12 ene. 2026

El debe y el haber

En el balance del año que fenece, el énfasis continúa centrado en los efectos de la extendida pandemia, sus repercusiones con un ritmo aún ralentizado de inoculaciones y con una nueva variante en puertas que, según vemos, causaría de vuelta estragos en el sistema sanitario nacional.

La poco efectiva comunicación oficial para concienciar más y la resistencia de muchos a aplicarse las dosis, seguirá contribuyendo a la lucha desigual. Ómicron, además, avanza más rápidamente que las anteriores cepas.

Si la mirada se dirige al entramado social, se siente más la inequidad en el acceso a la tierra y el enfrentamiento entre grupos que defienden posturas polarizadas; con el telón de fondo histórico que propició la apropiación irregular de tierras para la reforma agraria, con su consecuente beneficio a familias cercanas al poder dictatorial, las mismas que defienden el “respeto” la propiedad privada.

Sigue habiendo, además, una cotidianidad de miedo ante las incursiones delictivas (secuestros y amenazas), mientras el ministro del Interior expresaba hace un tiempo que “no existe la industria del secuestro” en Paraguay. Sumado a ello, queda en evidencia el desafortunado actuar de las Fuerzas de Tarea Conjunta, llegando a destiempo, descoordinada y lanzando comunicados que oscurecen, más que aclarar.

La burbuja dorada que representa tristemente a la clase política, avanza también a pasos rápidos hacia las candidaturas próximas, como prefacio de una nueva lucha encarnizada entre facciones de partidos tradicionales, a contramarcha del clamor popular, que anhela respuestas más rápidas a la problemática acuciante. Este año hubo fragor por las municipales, el año venidero la angurria llevará a las nacionales, desviando el Norte de un Estado urgido por el desarrollo, pero cuyo aparato prioriza el tablero de los futuros cargos.

El cóctel de los precios elevados y de la inflación -que se desprendió de los parámetros normales- sigue haciendo mella en el bolsillo de los más vulnerables, y la clase media se agrega a ese infortunio, muchos de quienes optan por ir hasta la frontera con Argentina a rebuscarse por precios más acordes a su capacidad, o bien adquiere los productos en puestos informales, generando la reacción de los supermercados, que ya no venden como antes.

Si la visión es a mediano y largo plazo, la tan prometida reforma estatal apenas está traducida en la modificación de las compras públicas, que aún debe ser sancionada; pero los demás proyectos ya fueron pateados a futuro, y cuando llegue el momento de captar más recursos para sostener el aparato público habría de nuevo incentivo hacia nuevas emisiones, que significan más deudas; frente a lo cual no existe voluntad de mejorar el gasto público, de expandir la presión tributaria y de convertir más eficiente el servicio civil.

Sabemos que la pandemia desestabilizó toda estructura y organización, pero el plano educativo en el país ya venía en caída libre, sin políticas de corrección de la ineficiencia y de los pésimos resultados en los indicadores generales. Con el confinamiento se notaron los años luz de distancia para paliar, mediante la tecnología, los desajustes atávicos. Ergo, hay un par de años absolutamente perdidos para lograr una correcta capacitación, y eso acarreará posteriormente impases lamentables en la formación ciudadana. El país no será competitivo en muchas áreas.

¿Qué puede esperarnos en 2022? Esencialmente pocos cambios, a no ser parches o pequeñas correcciones. La expectativa desde las autoridades es cada vez menor; así que deberá ser la ciudadanía organizada la que forje un destino diferente, tomando consciencia de que papá Estado se encuentra muy enfermo y que la iniciativa privada y el emprendedurismo seguirán sosteniendo el esquema de relaciones y actividad.

Frente al debe y el haber de este año, permítasenos soñar con un escenario distinto, y que el periodo venidero nos sonría un poco más.

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