22 may. 2026

El álbum de familia de nuestros antepasados

“Álbum de Familia” refleja el universo emocional, físico y psíquico de los grandes simios, que bromean, besan, se enfadan y posan como personas ante la cámara de Isabel Muñoz, una artista que ha encontrado en los primates “el eslabón más cercano” al ser humano.

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El álbum de familia de nuestros antepasados. Foto: www.madridactual.es.

EFE


“No esperaba conocer algo tan bestial, contundente y arrollador”, explica esta española, ganadora de dos premios World Press Photo y con obra expuesta en los museos de Arte Contemporáneo de Nueva York y Houston (EEUU).

Durante tres años ha trabajado en “Álbum de Familia”, un proyecto que la llevó a Congo y Borneo después de haber retratado a tribus que viven “de espaldas al progreso” en Papúa Nueva Guinea y Etiopía.

En ambos proyectos había un nexo en común: “Buscar el último eslabón”, afirma la artista (Barcelona, 1951), que a los 13 años tocó por primera vez una cámara y hasta hoy no ha separado sus manos, sus ojos ni su corazón de esta herramienta de trabajo.

El nombre de la exposición se debe a esa indagación: “llevo muchos años buscando de dónde venimos, cómo éramos, a dónde vamos, qué hemos perdido y qué hemos ganado con la globalización y siglos de cultura”.

Y, de repente, “estaba allí rodeada de estos primates y pensé ‘madre mía, el eslabón más cercano son los grandes simios’”, explica la fotógrafa mientras guía a la periodista entre cajas de madera y enormes imágenes en blanco y negro depositadas en el suelo de la galería madrileña donde mañana inaugura la exposición.

Tras advertir que “Álbum de familia” no es una muestra de naturaleza, reconoce que esta experiencia le ha llevado a cuestionarse si los grandes simios -bonobos, gorilas, orangutanes y gibones- tienen derechos como los humanos. Su respuesta es afirmativa.

De hecho es revelador que durante la conversación, a la fotógrafa se le cuelen palabras como personas, niños o bebés al referirse a los primates.

“Cuando ves cómo besan, cómo mueren de amor (por la pérdida de sus parejas), cómo respetan a sus muertos y reconocen la maternidad, te cuestionas muchas cosas”, subraya.

Se pregunta al respecto si los humanos tienen derecho a separar a estas familias para enviar a uno de sus miembros a los zoológicos.

Para “Álbum de familia”, Muñoz quería fotografiarlos igual que a las personas.

Malabo, el gorila del zoo de Madrid, se comportó como una estrella del rock durante la sesión de trabajo. Su único afán era “chupar cámara”. “Era ego, pero también una forma de jugar”.

Una de las hembras retratadas en Congo se llevó una mano al ojo e imitó el gesto de coger el teleobjetivo. “Parece que te dice: ahora te observo yo”.

Las imágenes muestran primates que acarician y se dejan acunar por el sol; madres y crías orangutanes que acercan sus labios en pose mimosa; bonobos que parecen reflexionar sobre el mundo en actitud mística; coquetos que se colocan una corona de hojas antes del disparo de la cámara; tiernos abrazos como solo da una madre y besos que se acompañan del gesto humano de cerrar los ojos.

En la reserva de Kahuzi Biega (Congo), Muñoz vivió una de las experiencias que más le impactaron: observó cómo un macho alfa (Chipanuga) se hizo cargo de una cría tras la muerte de su madre después de que las hembras de la manada, algo bastante inusual, la rechazaran e incluso hirieran.

En ese momento, Chipanuga se convierte en madre, le cura y alimenta hasta sacarlo adelante.

Precisamente Chipanuga arrebató el liderazgo a Mugaruka, el primer gorila que regresó a Kahuzi Biega después de la guerra en el país africano y que consiguió ser el macho alfa pese a faltarle una de las manos que se arrancó al caer en una trampa.

“Prefirió perder la mano” antes que la libertad, indica Muñoz, que apunta al grave problema del furtivismo pese a los esfuerzos por sensibilizar a la población.

La mayor parte de las imágenes están tratadas con la técnica de la platinotipia, utilizada en el siglo XIX.

En este proceso la artista debe preparar el papel aplicándole, como si de pintura se tratase, una solución de platino.

“Es como la última pincelada, abrazo o beso que le puedes dar antes de compartir la obra”.

La piel y los músculos de los primates retratados son también humanos y aparecen casi en relieve gracias a esta técnica y a la cercanía a la que se colocaba Muñoz.

Concluye que los grandes simios tienen sentimientos, una parte oscura y otra maravillosa, igual que los humanos.

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