@Encisoclarisa
Hay sonidos que parecen venir de lejos, pero que en las manos de un niño vuelven a sentirse nuevos. El acordeón y el bandoneón, instrumentos profundamente ligados a la música de nuestra región, hoy encuentran una nueva generación que los abraza, los estudia y los lleva al escenario.
Se trata del Ensamble Infantil de Fuelles del Instituto Superior Nacional de Música (Isnamu), que ingtegran nueve niños, siete acordeonistas y dos bandoneonistas.
La propuesta nació desde el Conservatorio Nacional de Música (Conamu), con la intención de acercar a los más pequeños a estos instrumentos y, al mismo tiempo, preservar una parte importante de la identidad musical del Paraguay. La profesora María Isabel Vera, regente del Conservatorio Nacional de Música, filial Itauguá, explica que el objetivo va más allá de aprender a tocar: “La motivación principal fue crear un espacio único e incluyente donde los más pequeños no solo aprendieran técnica individual, sino que descubrieran la magia de hacer música juntos desde temprana edad”.
El ensamble es, además, el único de estas características en el país. Para Vera, esto demuestra que el acordeón y el bandoneón no son instrumentos reservados para otras generaciones. “No son patrimonio exclusivo del pasado ni de los adultos, sino herramientas vivas y vigentes en las manos de la niñez”, sostiene.
Aprender escuchando. Los nueve integrantes llegaron con diferentes niveles de conocimiento, pero con algo en común: las ganas de hacer música. En el proceso de formación se tienen en cuenta no solo las habilidades técnicas, sino también el entusiasmo, la disciplina y el deseo de expresarse a través del instrumento.
“Son niños curiosos, sumamente sensibles, receptivos y con una capacidad de asombro intacta”, cuenta.
Una de las cosas que más la sorprende ocurre precisamente durante los ensayos y las presentaciones: cómo los pequeños se miran para mantener el tempo, se ayudan cuando alguno se pierde y logran interpretar juntos obras de exigencia técnica.
Entre ellos está Emma Sofía Morínigo (10), quien hace un año comenzó a tocar el bandoneón. “A mí me encanta practicar las escalas e irme en el Dinamo”, cuenta con entusiasmo. Le gustan los chamamés y las polcas paraguayas y tiene una canción favorita: La Carreta Campesina. También disfruta practicar las escalas de do y sol.
Para Emma, el instituto tiene un significado especial. “Es el único instituto que puedo practicar mi bandoneón”, explica, dejando ver la importancia que tiene para ella contar con un espacio donde pueda desarrollar aquello que descubrió que le gusta.
También son parte del ensamble con bandoneón Santino Báez (11) y en acordeón Naomi Servian (10), Sofia Cáceres (6), Gianna Martínez (9), Olivia Rolón (11), Antony Ojeda (10), Sofía Cardozo (10) y Thiago Benitez (9).
“Queremos inspirar a que más niños se sumen (especialmente al bandoneón) y que esta propuesta siga expandiéndose como un modelo educativo de preservación musical en Paraguay”, acotó Vera e invitó a visitar la página del conservatorio.
- “La motivación principal fue crear un espacio único e incluyente donde los más pequeños no solo aprendieran técnica individual, sino que descubrieran la magia de hacer música juntos desde temprana edad”. María Isabel Vera, profesora de Música.
Una puerta que se abre desde la infancia
La música también les enseña a compartir. En un ensamble, cada niño debe escuchar al compañero, respetar sus tiempos y entender que el resultado depende del trabajo de todos. “El ensamble es una escuela de vida”, afirma Vera, quien destaca entre sus beneficios la concentración, la memoria, la coordinación, la empatía, el trabajo en equipo y la autoconfianza.
La práctica se combina con la escuela y las demás actividades mediante organización y acompañamiento familiar. La docente considera que el secreto está en que estudiar música no se convierta en una carga. “Cuando la práctica musical se enfoca no como una obligación pesada, sino como un espacio de disfrute y desconexión creativa, los niños encuentran de manera natural el tiempo”, señala.
En el marco del Día del Niño, la profesora invita a las familias a acercar a sus hijos a la música. “Acercar a un niño a la música no es solo enseñarle a tocar un instrumento: Es regalarle un lenguaje para expresar lo que las palabras no alcanzan, un refugio para toda la vida y una herramienta que estimula su cerebro y su alma”.
El desafío ahora es que más niños se animen a acercarse a los fuelles, especialmente al bandoneón, y que el ensamble pueda crecer como una propuesta de formación y preservación musical. Porque mientras estos nueve pequeños aprenden a mover el fuelle, encontrar el ritmo y escucharse entre sí, también están haciendo algo más sencillo y más importante: mantener viva una música que todavía tiene mucho por decir.
El ensamble es una escuela de vida. Desarrollan no solo música, sino las habilidades cognitivas y los valores socioemocionales. “Cuando un niño toca música de sus raíces, abraza su historia y la proyecta con alegría hacia el futuro”, sentenció Vera.