En setiembre del 2011 publicamos en Última Hora una serie de notas sobre las carreras de Medicina que, como otras, también proliferaron en el país, sin ningún control y sin que institución alguna del Estado pudiera certificar que todas estaban cumpliendo al menos los estándares mínimos de calidad.
Antes de publicar la serie, habíamos visitado 20 facultades de Medicina, en las que preguntamos y observamos los mismos indicadores que especialistas en certificación de calidad educativa nos ayudaron a preparar.
Del recorrido, nunca se nos olvida esta imagen: En medio de un tinglado convertido en Facultad de Medicina, en el Alto Paraná, estaba una parrilla colocada sobre ladrillos, y a metros de un laboratorio de Anatomía y de la pequeña morgue.
Cuando uno de los propietarios de la universidad se dio cuenta de que observamos ese detalle, se apresuró en decir que, como sus alumnos son en su gran mayoría brasileños, los sábados le agasajaban con un “asadito”. Algo así como: “Hay que mimar al cliente”.
Tres años atrás, en Pedro Juan Caballero funcionaban tres facultades de Medicina. Ahora dicen que hay cinco. No olvido que cuando llegamos a una de las tres en el 2011, nos dijeron que algunos estudiantes que no podían aprobar algunas materias, simplemente se iban a cualquiera de las otras dos, para probar mejor suerte.
Las tres facultades competían entre sí, ofreciendo todo tipo de facilidades para captar estudiantes, sobre todo, brasileños. Es decir, se crearon pensando en una clientela específica y en función de mercado.
Cuento todo esto solo para recordar la profunda precarización de la educación universitaria a la que condujo el Congreso Nacional, cuando en el 2006 modificó la Ley de Universidades, y dejó al Consejo Superior Universitario sin la potestad que tenía de dictaminar para la apertura de nuevas facultades y nuevas carreras.
Muchos legisladores de entonces y los que vinieron después son los responsables de que hoy tengamos universidades de fachada e institutos que venden títulos académicos, como una mercancía más. Una estafa, una acción reprochable por donde se la mire, pero que, desafortunadamente, está en pleno auge porque tiene lugar en una sociedad con serio déficit de valores, donde la honestidad se convirtió en una excepción.