Opinión

Disney y la hipocresía electoral

Cuando Disney estrenó en 1937 el primer largometraje en dibujos animados de la historia, Blanca Nieves, hasta Adolf Hitler quedó embelesado con la película y ordenó a su ministro de propaganda, Joseh Goebels, que pusiera a trabajar a los mejores caricaturistas alemanes para producir versiones nazis de aquella maravilla. El canciller teutón entendió rápidamente que se encontraba ante una nueva herramienta para adoctrinar a la gente, incluso desde sus primeros años de vida, una verdadera bomba cultural

Luis Bareiro Por Luis Bareiro

Ni el genio maligno de Goebels, sin embargo, pudo imaginar todo lo que vendría después. Desde la colonización cultural estadounidense, que sedujo al planeta desde Hollywood con la promesa del sueño americano, hasta las escaramuzas insospechadas de las telenovelas latinoamericanas, para cuyo visionado lacrimógeno se pactaban treguas en guerras como las de Bosnia y Herzegovina. Guevara jamás despertó tantas pasiones como Carlos Mata.

Incluso los más duros detractores del imperio del Ratón Mickey de los años 70, que vaticinaban un mundo monocultural capitaneado desde el castillo mágico de Florida, quedaron pasmados ante el éxito aplastante de la versión animada de los mangas japoneses que terminarían adoctrinando la infancia de varias generaciones de latinoamericanos, europeos y africanos.

Y habría más sorpresas. Desde los 90, Corea del Sur arrancó con una arremetida cultural sin precedentes en Asia. Desde la producción de culebrones hasta la conquista del mercado internacional de la música con su k-pop. Incluso modificó parámetros de belleza convirtiendo al integrante de una de sus bandas más populares en el elegido como el hombre más sexy del mundo por la revista estadounidense líder en trivialidades como esa.

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El fenómeno de la multiculturalidad resucitó los sueños de conquista del imperio turco otomano, aunque en un escenario distinto. Turquía descubrió el filón de las telenovelas y hoy es el segundo país exportador de productos audiovisuales en el mundo, precedido solamente por Estados Unidos. Erdogan contempla extasiado cómo los culebrones venden una visión moderna y paradisiaca del país que gobierna desde hace dos décadas, lejos de la estampa del oscurantismo teocrático que proyectan en Occidente las demás naciones musulmanas.

La cuestión se complicó aún más. La construcción de modelos culturales ya no se limita al cine, la televisión o la prensa. Casi siete mil millones de personas en el mundo están suscritas a las redes sociales. Facebook cuenta con cinco mil millones de usuarios cuyas aficiones, gustos, búsquedas e incluso preferencias políticas y religiosas se encuentran registradas y procesadas por sus algoritmos. Ninguna persona en ningún momento de toda la historia de la humanidad acumuló mayor poder e influencia que Mark Elliot Zuckerberg, el programador de 38 años, creador y accionista mayoritario de este imperio.

Con sus ansias legítimas de disputar la batalla cultural del planeta, China contraataca restringiendo todas las redes sociales en su gigantesco mercado, creando sus propios espacios –todos bajo férreo control político– e impulsando plataformas suyas como TikTok, la red que en solo seis años se ubicó entre las primeras diez de todo el mundo.

Este repaso rápido viene a cuento solo para entender que no son las escuelas ni los colegios donde se construyen los modelos culturales del mundo moderno. Basar campañas electorales en debates infantiles sobre si se incluye o no la palabra género en un documento, cuando los niños y niñas devoran toneladas de videos, canciones y memes sobre cuyos contenidos no tenemos el menor control, es como mínimo un derroche de hipocresía.

Las niñas a las que desde los seis años le enseñaban que solo podían ser una lánguida princesa aguardando que el príncipe la rescatara del dragón, hoy se enteran de que pueden ser una díscola arquera vikinga, la heroína del imperio chino o la reina mágica de los hielos, sin necesidad de un consorte que la cuide.

Usted puede estar de acuerdo o no con los cambios, lo absurdo es suponer que los evitará controlando lo que pasa dentro de un aula, cuando la vida es lo que construyen fuera de ella.

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