05 mar. 2026

DEMOCRATISMO Y DICTADURA

Reflexiones desde la ADEC

Lunes, 12 de Octubre de 2009

La democracia sin límites o, lo que es peor, reposando casi exclusivamente en el mandato de la mayoría, sin diques ni contrapesos de contención, como lo habíamos afirmado anteriormente, deviene en lo que se denomina “democratismo"; es decir, un “régimen” populista de los amigos ideológicos en donde las políticas públicas se implementan según criterios demagógicos y populistas. Democratismo no es una forma de gobierno sino, más bien, una forma de desgobierno. No en balde la clasificación aristotélica consignaba al populismo o demagogia democratista como la peor de las formas de convivencia: el modo en que la arbitrariedad de las mayorías cobra “legitimidad”.

Una cuestión no debe soslayarse, no obstante. Ese “democratismo” del que hablamos no carece necesariamente de formas jurídico-legales. Las tiene, las ejerce, aunque, por supuesto, conforme al gusto y paladar jurídico del mandamás de turno. Es que lo que ocurre en un democratismo -piénsese sólo en Chávez y la “chavezcracia"-, las formas, jurídico-constitucionales o no, se tuercen y retuercen conforme a los quereres y plebiscitos, caprichos y referendos varios. En suma, todo está a merced del presidente-caudillo-monarca de turno. Es que a este no le interesa mucho lo que el pueblo piensa de la democracia y viceversa, a sus mayorías, en cuanto se encuentren ahítas de poder y canonjías baratas, tampoco.

Seamos claros, democratismo no es dictadura simple y llana. Dictadura refiere a un sistema donde el poder político está centralizado en un líder fuerte. Lógicamente, aquello de frenos y contrapesos del sistema político, o la división de poderes, no dejan de ser eufemismos sin consistencia real. El dictador hace de las suyas y en este caso, eso “suyo” es la suma del poder público. Arbitrariedad y ley, en este contexto, es la norma de convivencia diaria. Esa era la tónica y cultura del stronismo que, recordarán los memoriosos y los no tanto, hacía de la “orden superior” el criterio de justicia por encima de todo.

La diferencia entre democratismo y dictadura, entonces, no deja de ser llamativa. Democratismo es, sin embargo, dictadura de mayorías por medios “blandos": mayorías que no se detienen hasta alzarse con el poder. Democratismos así no eliminan directamente la voz de minorías, sino luego de una larga, intensa intimidación, hasta encontrarle la “vuelta” jurídica al deseo ciudadano de hablar. Esa es la excusa de “abusar de la libertad de expresión” como en el caso venezolano de cierre de medios. Las razones “bolivarianas” -ahora plagiadas velozmente por el kirschnerismo argentino- son llamativas. No serían las del caso stronista, el cierre brutal de canales de expresión, sino más el retirar la frecuencia a medios por “vencimiento de licencia”.

Un aspecto, no obstante, hacen a las dictaduras y democratismos sistemas gemelos, siameses de la patología política. Y es el desprecio de la persona humana y del ciudadano y su capacidad de libertad, rechazando ese gobierno de todos, la república, pretendiendo ambos aquello de que lo que agrada al príncipe, dictador, o al caudillo democratista, debe tener fuerza de ley.

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