17 abr. 2026

Del porqué las rondas no son buenas

Gran observador de las costumbres paraguayas, Sangoulé Lamizana, corresponsal de Burkina Faso en Asunción, remitió una carta a sus lectores africanos en la que reflexiona sobre un curioso deporte local para el que bastan tres jugadores y algún cargo en disputa. De paso, analiza ciertas inquietantes actitudes criollas con relación a los amigos, los colegas, los compañeros de la junta directiva y el episcopado nacional. Y opina sobre cómo la honestidad absoluta no siempre es del todo recomendable y sobre por qué ningún halago ni crítica en Paraguay deben ser tomados necesariamente al pie de la letra.

Queridos burkinos:
En cualquier lugar del mundo, dos personas juntas son compañía y tres una multitud. En Paraguay, dos son un potencial concubinato, y tres una conspiración en puerta.
En este país conspirar es parte de la actividad rutinaria. Un clásico. Como comer chipa o tomar tereré.
Todos, en mayor o menor medida, y en algún momento del día, se juntan y conspiran.
Para una buena conspiración solo hacen falta tres personas. Dos conspiradores y un conspirado. El papel de víctima de la conspiración puede ser rotativo, ya que los paraguayos no tienen mayores pudores para juntarse con uno y conspirar contra el tercero, y luego juntarse con ese tercero para conspirar contra el segundo.
Al final de la jornada, no es de extrañar que el segundo y el tercero se junten para conspirar contra el primero.
Eso no implica que los tres dejen de ser amigos. No se confundan. Para los paraguayos la amistad es sagrada. Solo que hablar del amigo en su ausencia no se considera pecado. O en tal caso es un pecado menor. Casi un impulso genético.
Ocurre que la conspiración no necesariamente es relevante. Si bien se trata siempre de tejer alguna maliciosa estrategia para quedarse con (o para privar a alguien de) un determinado privilegio, ese privilegio puede ser realmente importante o una nimiedad.
Así, el motivo de la conspiración puede ser desde el mejor puesto para vender chipa o la presidencia del comité de mejoramiento de la plaza vecinal hasta la presidencia de la República.
El lenguaje del conspirador es el chisme. Se practica en voz baja, a veces susurrando, y preferentemente en torno a una mesa o en una ronda de cerveza o del consabido tereré.
Por lógica, la conspiración se practica con mayor pasión en los lugares donde se administra el poder, se influye en él, o se está más cerca de él.
Son grandes conspiradores los políticos, los ejecutivos, los obispos, las o los amantes de políticos, ejecutivos y obispos, y, por supuesto, los periodistas.
Pocos lugares son tan propicios para una conspiración como la redacción de un diario. Una ronda de periodistas es casi como la mesa de trabajo de una curtiembre. Allí les sacan la piel a tiras a todos, en especial a los ausentes. Y lo hacen con pasión. Algunos con el talento del peletero.
Una regla inquebrantable de los conspiradores es que jamás deben admitir haber dicho lo que dijeron. Eso sí, pueden contar lo que dijeron los otros.
Un buen conspirador nunca le dirá en la cara lo que opinó de usted en una concesiva ronda de cerveza. No es hipocresía, es sentido común. Puede jurar lo contrario, pero si su interlocutor fuera totalmente honesto con usted, su relación jamás volvería a ser la misma.
Todo esto viene a cuento de una supuesta reunión protagonizada por un ex presidente venido a menos, un fiscal que consiguió el cargo por ser amigo del ex presidente, un ministro electoral que es amigo de ambos, un ex general ex golpista y su fiel escudero.
Si efectivamente se juntaron, no es preciso haber estado allí para saber que conspiraron. No sé si se reunieron con esa intención, pero es seguro que una vez allí lo hicieron. Y, por supuesto, lo hicieron contra el actual presidente.
Ahora, una cosa es el derecho natural a conspirar y muy otra creer en serio que los conspiradores tienen alguna posibilidad de hacer algo más que conspirar. No sé si me explico.