Opinión

De aliados y enemigos

Luis Bareiro Por Luis Bareiro

Terminar un año calendario nos permite siempre la fantasía de los finales y los comienzos mágicos; como si a la medianoche del 31 de diciembre se extinguiera un mundo y renaciera otro distinto con los albores del primer día de enero. No importa que sea una ficción humana, esa pretendida renovación será siempre una excusa perfecta para intentar, cuanto menos, reacomodar algunas piezas en nuestras vidas. Permítanme, humildemente y desde la resaca de este domingo, proponer algunos cambios en la forma como encaramos el complejo ejercicio de la convivencia.

Tengo la impresión de que necesitamos antes que cualquier otra cosa reorganizar nuestras prioridades como colectivo humano. Qué cosas son las más importantes. ¿Es la educación? ¿Es la salud pública? ¿Es que gane nuestro partido político? ¿En que no se apoderen de nuestras vidas los conspiradores internacionales? ¿Es que los corruptos terminen presos? Fíjense que para muchos todos estos puntos pueden ser importantes, la cuestión es establecer un orden. Qué primero y qué después.

Embed

Si tenemos prioridades también será más sencillo elegir nuestras batallas. No se puede librar escaramuzas en todos los frentes y esperar que en todos ellos capitule el enemigo. A menudo el éxito depende de haber seleccionado con inteligencia las cruzadas que realmente valen el esfuerzo. Si prestan atención verán con qué frecuencia gastamos ingentes cantidades de energía en pequeñas e innecesarias contiendas, haciéndonos de enemigos que no dan la talla –como diría Fito Páez– o que en realidad son potenciales aliados.

Y acá viene justamente otra cuestión que me parece de suma importancia a la hora de reorganizar nuestra vida gregaria. Es absolutamente necesario identificar quiénes son parte del problema y quiénes virtuales impulsores de la solución. Hacerlo es harto difícil porque hemos adquirido la odiosa costumbre de clasificar y etiquetar a las personas según sus roles, sus ideas o sus creencias y no de acuerdo con sus acciones.

La pertenencia a un colectivo no necesariamente determina las características de una persona. Ser funcionario público no es sinónimo de planillero, mediocre, politiquero o amoral. En el Estado hay trabajadores de una vocación notable, de una sorprendente capacidad de trabajo y un desarrollado sentido del servicio público. Y, por supuesto, hay de los otros; los burócratas a los que solo les interesa completar la jornada y marcar la salida; los serviles cuya única función es llenar de lisonjas al jefe de turno con la esperanza de escalar en rango y salario, y el filibustero que tomó el cargo por asalto y solo espera la oportunidad de alzarse con una parte del botín público.

Esto mismo ocurre en todos los sectores; en el de los empresarios, los periodistas, los parlamentarios, los jueces y fiscales, los policías, los curas y pastores, los creyentes y los ateos, las feministas y los provida, la izquierda y la derecha.

El verdadero desafío consiste en encontrar los aliados naturales en todos estos sectores. Determinar aquellas causas que cortan transversalmente todas estas clasificaciones –reales o imaginarias– y que pueden movilizar activistas que hoy aparecen erróneamente en veredas opuestas.

Es un complejo ejercicio de racionalidad y de renunciamientos. Un obispo conservador, un activista por los derechos de gais y lesbianas, un legislador de la derecha, un técnico del MEC, un senador de la izquierda, un empresario agroganadero y un líder campesino pueden coincidir en la necesidad de que los mejores hombres y mujeres del país se dediquen a la enseñanza, y apoyar por igual la creación de una carrera docente que los seduzca.

A los delincuentes que ejercen el poder, desde el Estado y desde el sector privado, les conviene que nos dividamos, que encontremos más diferencias que coincidencias. La suma de pequeñas escaramuzas nos paraliza. Aprovechemos esta ficción del fin e inicio de ciclo y replanteémonos cuáles son realmente las batallas que vale la pena librar, redescubramos a nuestros naturales aliados y recordemos que el verdadero enemigo es el que medra con nuestro dinero y arruina las oportunidades de nuestros hijos.

Dejá tu comentario