Hace unos días, periodistas le preguntaron al presidente de la República sobre el uso de recursos públicos para campañas de comunicación, incluyendo influencers.
La respuesta no fue clara. Fue evasiva, con una sonrisa nerviosa que dejaba ver incomodidad. Y una actitud que, honestamente, no se espera de alguien en ese nivel de liderazgo. Y eso importa.
Porque liderar no es solo comunicar. Es responder. Y hacerlo con claridad y respeto.
Cuando se trata de dinero público, no alcanza con decir que “todo es transparentado”. La ciudadanía tiene derecho a saber cuánto se gasta, en qué y con qué criterios. No es un favor. Es una obligación.
Comunicar no es promocionar. En el sector público, comunicar es rendir cuentas.
La pregunta fue válida. Y también lo es el rol de la prensa. Preguntar es parte del control que necesita cualquier democracia. Es el puente entre quienes gobiernan y la ciudadanía.
Por eso, cómo se responde sí importa. Una evasiva, una sonrisa irónica o una actitud de superioridad no son detalles menores. Dicen algo. Y lo que dicen es falta de apertura, incomodidad frente al control. Y eso debilita la confianza.
Cuando una autoridad evita responder con claridad, no solo pierde la oportunidad de explicar. También envía un mensaje.
Liderar implica hacerse cargo. Explicar incluso cuando no conviene. Responder incluso cuando incomoda.
Quien decide ocupar un cargo de liderazgo debe asumir también la exposición que ese rol implica. No existe el perfil bajo cuando se toman decisiones que afectan a otros. Comunicar no es opcional ni accesorio: es parte del cargo. Y como toda responsabilidad, requiere preparación. Saber qué decir, cómo decirlo y cuándo hacerlo no es improvisación; es parte del ejercicio mismo de liderar.
No se trata de seguir tendencias ni de replicar estrategias porque “están de moda”. Sobre todo, en el sector público, la prioridad no es el formato, sino el sentido. Antes que pensar en influencers o campañas, hay que asegurar que lo que se comunica esté bien hecho, tenga coherencia y responda a las verdaderas necesidades de la ciudadanía. Sin eso, cualquier esfuerzo comunicacional termina siendo superficial.
La gente no espera perfección en las palabras. Espera honestidad. No espera discursos impecables, pero sí respuestas claras.
En tiempos de desconfianza, la autoridad que mejor comunica no es la que más pauta compra, sino la que mejor explica.
Porque en democracia, la comunicación pública no está para esquivar preguntas, sino para responderlas.
Y hay algo más de fondo: la comunicación no puede reemplazar a la realidad. Ninguna campaña, ningún influencer, ninguna imagen bien producida puede sostener lo que no está bien hecho.
En el sector público, la mejor comunicación sigue siendo la gestión: una obra bien ejecutada, una decisión correcta, un uso responsable del dinero. Lo demás puede acompañar, pero no sustituir. Cuando hay coherencia entre lo que se hace y lo que se dice, la credibilidad aparece sola. Y cuando no la hay, ninguna estrategia alcanza.
Una obra puede inaugurarse con aplausos y buenas imágenes. Pero la confianza se construye de otra manera: con claridad, con respeto y con verdad.
Presidente: responder no es opcional. Es parte de su obligación.