Es la única investigación en que, a medida que se avanza, menos se entiende. Esto dijo un analista sobre la desaparición del vuelo MH370 de la compañía aérea de Malasia. Un Boeing 777 desapareció de la manera más misteriosa; las explicaciones contradictorias han fomentado todo tipo de especulaciones.
Para un periodista de CNN, el avión fue derribado, mientras que un periodista de ABC News habló de secuestro. Según otras versiones, el jet se estrelló en el mar, aterrizó en alguna isla perdida, fue desviado para robar el secreto industrial que conocían ciertos científicos chinos que viajaban en él. Con tantas informaciones contradictorias, es difícil saber qué pasó realmente con el MH370.
Otra causa de confusión ha sido que, al iniciarse la búsqueda, se encontraron presuntos restos del avión en lugares muy apartados; en rigor no eran restos del avión, sino basura arrojada al mar, en cantidades mayores de lo que se suponía. Y aquí no necesitamos ninguna teoría conspiratoria, porque se trata de la verdad: es escandalosa la contaminación del agua del mar; entiéndase de los mares y océanos del mundo. Posiblemente, la contaminación mayor esté en el Pacífico, entre Hawái y la costa de California, donde existe la llamada Mancha o Parche de Basura flotante, de un millón y medio de kilómetros cuadrados. No hace falta ser ambientalista para comprender que esa cantidad de desechos (mayormente plástico) enferma a los animales y plantas marinas y, de paso, nos enferma a nosotros.
Aunque serio, el problema no deja de tener solución mediante la tecnología moderna. Una de las propuestas más interesantes es la del Seawer, o rascacielos invertido, que flotará en el Pacífico y se desplazará limpiando la Mancha de Basura mediante la energía del agua salada y el Sol. De esa manera, el Seawer podrá reciclar el plástico, separarlo y de paso limpiar el agua contaminada por la descomposición de ese material. Parece un proyecto de ciencia ficción, y sin embargo ha ganado un premio recientemente por ser posible. Su creador es el arquitecto de Corea del Sur llamado Sung Jin Cho.
La única objeción al proyecto es su costo: no saldrá barato construir esa estructura de 500 metros de diámetro por 300 de profundidad. Sin embargo, saldrá más caro dejar que la isla de plástico siga creciendo, y que aumenten sus efectos negativos; o sea, saldrá más caro no gastar. Y el gasto no será tanto si se pone en marcha la cooperación internacional, ya que se trata de algo que no le concierne solamente a un país, sino a muchos. Además, desarrollar ese tipo de tecnología puede permitir seguir avanzando en la solución de los problemas creados por la contaminación, que no se puede evitar, pero que sí se puede y se debe controlar.