01 may. 2026

Con temple de samurái

Aunque resulte paradójico, la espada japonesa permite transitar el camino de la no violencia. A través del arte marcial del shinto ryu budo, es posible batallar con el enemigo interior, para lidiar serenamente con el exterior.

espada

Fernando Franceschelli

Un legado de los antiguos samuráis llega hasta nuestros días: el shinto ryu budo, una disciplina que ayuda a templar el espíritu, como el mejor acero.

Venido del lejano Oriente, este arte marcial trabaja primero lo físico, con técnicas, movimientos y formas de tomar la espada, y luego va adentrándose en las ideas y emociones para conocer más la naturaleza humana.

Precalentamiento

Esta disciplina, cuyo nombre significa el camino de la espada luminosa, contempla cuatro estilos, explica Héctor Torres, senséi del Instituto Bodhidharma Paraguay, único lugar en el país donde se enseña el uso de la katana (espada). Uno de estos aspectos es el battojutsu, el arte de aprender a desenvainar y buscar la excelencia en la técnica. La otra es el iaido, que apunta a desenvainar y cortar a la vez. Luego aparece el kembudo, consistente en danzas ceremoniales relacionadas con la espada y el abanico. Y, por último, el shibudo, que son poemas, cánticos y danzas con abanicos.

“En el iaido (arte de enfrentar lo desconocido) vemos que no tenemos enemigos reales frente a nosotros, sino dentro de uno mismo. Estos representan la proyección de nuestras debilidades. Hoy, como en la antigüedad, el iaido es como una vía de realización, del mejoramiento del ser humano”, explica el instructor. A diferencia de otras disciplinas marcialistas, el shinto ryu no persigue la competencia entre los practicantes, más bien apunta a la superación de uno mismo, para que el individuo alcance la armonía. Tampoco cuenta con diversas graduaciones por colores de cinto ni distintivo alguno, las diferencias se ven en cómo uno ha llegado a manejar la espada.

En el Dojo

Cualquier persona que se acerque al sitio donde se recibe conocimiento

(Dojo) con la intención de aprender, es digno de ser entrenado, señala el senséi. “Quienes se inclinan hacia este arte son personas que buscan algo más profundo, no están pendientes solamente de técnicas marciales.

El único requisito para practicar es tener el ánimo, la voluntad y el coraje de entrar a esta clase”, señala y comenta que toma alumnos desde los 12 años de edad, cuyos padres deben llenar un formulario de autorización.

Las reverencias, las charlas filosóficas y el respeto forman parte del entrenamiento, lo que remite a los códigos de honor de los antiguos samuráis. Tocar la hoja de la espada o dejarla tirada por ahí constituyen una falta grave. En las primeras clases, los alumnos principiantes practican con una vara de roble, para luego pasar al arma.

Llegado a este punto, se utilizan las espadas de acero, como las originales hechas en Japón, pero fabricadas de un modo distinto. En las clases no se realiza el choque de metal con metal. Torres menciona que deben ser de acero y no las utilizadas para decoración o de imitación, pues estas pueden romperse y dañar a los practicantes.

La relajación antes de entrenar con el arma es muy importante, pues ayuda a aclarar la mente y la conciencia luego de un día de arduo trajín, menciona el instructor. “Implica todo un proceso comprender y compenetrarse con la espada, al punto de manejarla como una parte más del cuerpo. Desde desenvainarla hasta volverla a guardar”, detalla Torres y agrega que, además de los seminarios, realizan una atención personalizada a los alumnos para trabajar mejor los aspectos que hagan falta.

Empuñar la conciencia

Tener una espada implica una gran responsabilidad. No es un juguete para andar exhibiendo. “La espada es algo íntimo. El objetivo del entrenamiento no es usarla para enfrentarse a alguien. La meta es la superación personal, el desarrollo de la conciencia en cuanto a lo que es bueno, justo y bello. Y buscar ser útil a todo lo que hacemos”, manifiesta el instructor. Aquellos que van con la intención de aprender este arte para el enfrentamiento, con el correr del tiempo y los entrenamientos van desechando esa idea. “Quien practica con ese fin no tiene una idea clara. En la medida en que se entrena y especializa, llega a un punto de aprender a matar la violencia dentro de sí mismo”, indica Torres.

Cada parte de la espada representa un símbolo ligado a la persona del

samurái: la hoja representa el alma; la vaina, la personalidad que recubre el alma; y la empuñadura, la capacidad de direccionar su destino. “Cuando desenvainamos la espada estamos asumiendo la responsabilidad ante una situación determinada. Eso va forjando en el practicante el código de honor del samurái y sus valores, como la palabra empeñada, la lealtad, el honor, la generosidad, la cortesía, etcétera”, señala Torres y aclara que la denominación de samurái tiene su origen en la palabra japonesa samu, que quiere decir servidor.

Los primeros que comenzaron a utilizar la espada (llamada katana) lo hicieron alrededor del siglo IX d.C. En esa época, el Japón comenzó a estructurarse a raíz de las guerras que sucedieron. Entonces surgió la necesidad de que los combatientes se especializaran más en las artes de lucha, explica el instructor de shinto ryu.

Una katana japonesa mide entre 107 y 113 centímetros, contando la empuñadura.Las utilizadas para el entrenamiento tienen un costo aproximado de dos millones de guaraníes, mientras que las auténticas hechas en Japón valen como mínimo unos cinco mil dólares y son utilizadas específicamente para realizar cortes en demostraciones. Las katanas fueron prohibidas en el país nipón en 1870. Sin embargo, en la II Guerra Mundial, los soldados japoneses llevaban consigo estas armas, como una manera de compromiso con su país y su alma.

Alma de acero

Yamira Benítez es seguidora de la cultura japonesa y, desde hace cuatro años, una de las 25 personas practicantes de esta disciplina en el país.

Para ella ha sido muy importante —explica—, pues tener un arma como esta ayuda a trabajar el autocontrol de la persona. También le ayudó a ganar confianza en sí misma. “Se trabaja mucho lo interno, más que demostrar algo. A quienes le interese, les invito que se acerquen a conocerlo”, invita Benítez.

Su compañera de Dojo, Vanessa Iturry Ádám, se sintió atraída hacia este arte por el sentido heroico que inspira. “Poca gente recuerda que las artes marciales no solo se centran en una disciplina, sino que también conducen a una filosofía de vida, a una mentalidad distinta que eleva los sentimientos. No estamos probando a otros, sino a nosotros mismos”, destaca. Iturry recomienda esta práctica especialmente a las chicas, pues ayuda a manejar los sentimientos y las emociones.

Más allá de manejar el arma, esta actividad marcial ayuda a desarrollar una conciencia objetiva y subjetiva, señala el senséi. “Esto le permite al practicante estar directamente comprometido con su entorno. Le lleva a mantener una actitud, un carácter, una templanza, un espíritu de estar atento y alerta ante lo que pasa a su alrededor, para saber cómo lidiar con ello”, subraya.

Y otro punto importante es que ayuda a desarrollar la serenidad del carácter. Así, ante una situación de conflicto, el practicante busca, por encima de todas las cosas, no desenvainar, que es lo último que se debe llegar a hacer. De esta manera, no le sigue el juego a sus agresores y se recibe de estratega al lograr lo mejor: aprender a obtener una victoria sin necesidad de luchar.

Texto: Carlos Elbo Morales

Fotos: Fernando Franceschelli.

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