Opinión

Coloradismo insípido

Alfredo Boccia Paz - galiboc@tigo.com.py

Ridículo, pero no sorprendente. Los diputados colorados aprobaron un proyecto de ley que indemniza a los excombatientes de la noche del 2 de febrero de 1989, pero... se negaron a incluir la palabra dictadura. Es decir, reconocen el valor de quienes expusieron sus vidas para traernos la libertad, pero les da vergüencita decir que Stroessner era un dictador. Lo contradictorio es que, si lo consideran un presidente democráticamente electo, es absurdo premiar a quienes lo destituyeron a balazos.

El stronismo vergonzoso de una mayoría –ni lo dude: Una enorme mayoría– de los políticos colorados los mete de vez en cuando en estas disparatadas paradojas.

Pertenecen a una categoría sociológica de otra dimensión. Son demócratas que admiran a Stroessner. La discusión tiene treinta años de antigüedad, pero es reveladora. El stronismo es una condición mental, producto de por lo menos tres generaciones que crecieron en condiciones de mediocridad, autoritarismo y casi nula inversión educativa. Y, ya lo ve, sus daños son a largo plazo.

He comprobado hace rato que es una pérdida de tiempo intentar recordarle a esta legión de obtusos que la Comisión de Verdad y Justicia demostró que hubo más de 20.000 víctimas de violaciones de los derechos humanos; que hubo unos 400 ejecutados o desaparecidos; que hubo interminables prisiones sin juicio; que no había prensa libre; que la afiliación obligatoria excluía del trabajo público a todo aquel que no fuera colorado; que las elecciones eran una farsa; que se repartieron entre los jerarcas ocho millones de tierras públicas y que lo mejor de nuestro arte y la cultura fue exiliado. No gaste saliva. Lo mirarán con cara de foca, mientras piensan que este país estaría mejor con Stroessner.

Los colorados son algo esquizofrénicos a la hora de asumir su stronismo. Basta revisar el estilo con el que los presidentes anteriores manejaron la cuestión.

Empecemos por el general Rodríguez. Aunque haya sido beneficiado y pariente político, él no podía hablar bien de quien había derrocado a cañonazos. Lo suyo fue dejarse llevar por los aires de la democracia. El ingeniero Wasmosy fue el primer civil en llegar a la presidencia. Entendió que debía sumarse a los aires de la modernidad y olvidar al viejo exiliado en Brasilia. Cubas fue la vuelta del fascismo encarnado en un militar. No hubo un oviedista que no haya sido stronista.

Lucho González se sinceró: “El 3 de febrero no hay nada que festejar”. Se le perdonó todo, porque era el Gobierno surgido de la gesta de marzo del 99, que había impedido el retorno al autoritarismo. Luego vino Nicanor, el primero en no tener vínculos con la dictadura, aunque su Gobierno estaba infestado de stronistas rabiosos. Con Cartes el stronismo parecía ya una cosa lejana. Parecía, porque cuando le insistieron en el tema respondió molesto: “¿Stroessner te sacó la novia o qué?”.

Y ahora, Mario Abdo, medularmente stronista en tiempos de democracia. Aplaude en silencio la postura inconsecuente de sus diputados, mientras soporta resignado la insólita andanada de insultos de Goli Stroessner. ¿Usted vió alguna vez un coloradismo tan insípido?

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