La organización de archivos históricos para su relectura es una tarea de una exigencia abrumadora.
Reconstruir el pasado político a partir de ellos implica siempre un riesgo: El de traicionar la verdad histórica o caer en una narrativa convertida en panfleto.
Lo que hace Juanjo Pereira en su documental Bajo las banderas, el sol es un salto cualitativo en el tratamiento del material preexistente.
La película se construye desde la confianza en que quien mira atraviese una experiencia estética, permitiendo que las imágenes hablen por sí solas, antes que la explicación. El filme no ilustra la historia ni la ordena de manera pedagógica, sino que deja que las imágenes actúen.
Aunque el sonido intervenido dialogue con el material y su construcción (impecable) es fundamental, la herramienta clave es el montaje. Pereira renuncia a la narración lineal, a la voz guiada y a la entrevista. No le dice al espectador qué pensar del stronismo, lo expone como un régimen de imágenes, como una maquinaria simbólica. La acumulación visual –planos de desfiles, gestos propagandísticos, símbolos reiterados– funciona como evidencia autónoma. El filme no administra la emoción, propone una lectura, no la impone.
El montaje sostiene planos, insiste, repite, satura.
Esa repetición no es un recurso estético neutro sino una decisión política: Mostrar cómo el autoritarismo se naturaliza por exceso, no por excepción, mecanismo que funciona como un espejo mudo que sostiene la mirada del presente. En esa insistencia visual que se vuelve monótona al punto asfixiante emerge el sentido. No denuncia el poder; lo deja en evidencia hasta volverse obsceno.
En un contexto en el que el cine de archivo suele caer en el fetichismo retrospectivo –imágenes impactantes, montajes “ingeniosos”, indignación tardía–, el documental evita estetizar el horror.
El archivo no aparece como espectáculo sino como resto: Fragmentario, incompleto, exigiendo una reconstrucción activa por parte del espectador. Allí se juega su densidad política. La política no está en la consigna, sino en la forma.
El filme es austero, riguroso y exigente.
Su mayor virtud es también su límite; confía en el silencio, en la duración y en un espectador activo dispuesto a sostener esa incomodidad. A 37 años de la caída de Stroessner, varias generaciones –incluido el propio director– no vivieron el régimen. Para las más jóvenes, estas imágenes pueden resonar como superficie si no encuentran un puente explícito con el presente.
Bajo las banderas, el sol funciona más como una arqueología del imaginario autoritario que como una intervención directa sobre el Paraguay contemporáneo. En una entrevista, Pereira señala que su intención no es construir una tesis exhaustiva sobre la dictadura, sino asumir una responsabilidad desde la forma y desde cómo una obra interpela a quien la mira. Esa elección no es una falta, pero abre una pregunta inevitable: ¿Cómo hacer resonar hoy una memoria política que sigue activa, cuando el duelo no ha sido cerrado y el poder autoritario heredado continúa naturalizado en la vida cotidiana? Desde una posición generacional que hereda el archivo sin haber producido la experiencia histórica (ejemplo, el director Sergei Loznitsa sobre el archivo ruso), Pereira asume esta operación como una búsqueda en construcción; responde con rigor al pasado y confía en que, a través de la forma, los significantes del archivo se revelen por sí mismos, aun cuando esa elección postergue una interpelación directa al presente.
Resignificar un archivo profundamente político implica siempre una responsabilidad colectiva. Desde ese lugar, la película no ofrece respuestas, pero sí una operación clara: Pensar la política desde la forma. Y en ese gesto, preciso, poco frecuente y urgente reside su potencia.