26 jun. 2026

Babel en la oficina

Empresa, inteligencia artificial y dignidad humana desde Magnifica humanitas.

En Asunción, a las tres de la madrugada, un sistema examina un currículum y lo descarta en una fracción de segundo, con rapidez, sin rencor, sin malicia visible. No existe el cansancio, tampoco los prejuicios que se confiesan frente al espejo. Quizá no decide. Quizá solo ejecuta. Para la máquina es una cifra. Para quien queda afuera, un abismo.

Nadie firma esa exclusión.

A la misma hora, en Ciudad del Este, otro sistema envía avisos de despido a quienes no alcanzaron la cuota. La empresa duerme. La máquina trabaja. La decisión circula sin alma.

La inteligencia artificial no desciende pura sobre nuestras empresas: llega rodeada de nuestras manos. Las manos de quienes la diseñan, la compran, la entrenan y luego se las lavan ante aquellas decisiones. Esa es la trampa. Como advierte Magnifica Humanitas, la tecnología “toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza”. No es mala. Pero tampoco es inocente. Por eso la pregunta nunca es solo técnica: es moral.

La empresa quiere ser eficaz y es comprensible. También quiere ser inocente y eso ya es más difícil: la IA le ofrece hacer pasar por necesidad técnica lo que sigue siendo una decisión humana. El algoritmo puede ser herramienta; no obstante, cuando toma decisiones, cuando crea elementos, pasa a ser un agente activo de las decisiones de la empresa.

En esa pendiente, la empresa levanta su propia Babel: una torre veloz, admirada por fuera, donde las órdenes bajan de un piso que nadie conoce. Babel no se detuvo por falta de ladrillos ni fracasó por falta de ingeniería: se detuvo cuando sus constructores dejaron de comprenderse y quedaron atrapados detrás del muro de la torre.

Nehemías propuso lo contrario. Ante una ciudad rota, no esperó un plan perfecto ni levantó una torre. No hubo espectáculo. Repartió la obra y cada familia reconstruyó el tramo que tenía frente a su casa. La grandeza no estaba en la altura, sino en la responsabilidad compartida. La sinodalidad hecha cotidianidad, una forma de construir juntos —incluso de construir juntos la inteligencia artificial—, sin abandonar a la máquina aquello que exige juicio moral. Cada empresa tiene su tramo: capacitar antes de reemplazar, conversar antes de automatizar, revisar el algoritmo, explicar y de ser necesario, sentir en el cuerpo la decisión que afecta una vida.

Un algoritmo no tiene conciencia. Una empresa sí debería tenerla, porque cuando nadie responde no se vuelve moderna: se vuelve inhabitable.

En Paraguay son las tres de la madrugada, los empleados duermen, la IA sigue despierta y detrás de aquel currículum hay un paraguayo de a pie: alguien que madruga, sostiene a los suyos y espera una oportunidad. Tal vez nunca sepa que lo apartó una regla, una correlación, una sombra estadística. Su destino y el de la empresa que lo rechazó son, al final, el mismo. Ninguna torre se sostiene sin comunidad. Ninguna comunidad se construye sin mirarse a los ojos. O levantamos juntos una ciudad donde quepamos y vivamos todos —también con la inteligencia artificial—, o no habremos construido nada que merezca quedar en pie.

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