La democracia ha sido entendida a lo largo del tiempo de muchas maneras. En la Grecia clásica y en la polis de Atenas fue un poder (kratos) que residió en el pueblo (demos); un poder que se administra en favor de la mayoría, no de una minoría según PERICLES; un pueblo de hombres libres según ARISTÓTELES, en concepciones que sobrevivieron al tiempo y todavía perduran. TOCQUEVILLE no veía solo un régimen, sino un estado social en igualdad de condiciones y un declive de jerarquías hereditarias. La democracia no se agota en el gobierno del pueblo como una suerte de dogma de la soberanía popular. Es más. Es el gobierno “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” que señaló LINCOLN y que, más tarde, con sentido práctico, CHURCHILL describió como la peor forma de gobierno, salvo que se compare con todas las demás. La democracia, en definitiva, es la que tenemos hoy y en Paraguay, jurídica y políticamente, nuestra forma de gobierno es constitucionalmente democrática, representativa, participativa y pluralista. El pueblo paraguayo es soberano, elige representantes, participa en la política pública en medio de opiniones diferentes. Así nos constituimos porque así lo preferimos.
En la reciente jornada electoral para intendentes municipales y concejales, la ciudadanía la –polis– ejerció su poder de elegir sus representantes con absoluta soberanía en la intimidad del cuarto oscuro. El poder delegado en los elegidos provino de la mayoría preferencial de electores. Hombres y mujeres libres, en igualdad de condiciones, sin jerarquías, eligieron y prefirieron quién sí y quién no debe gobernar su ciudad. Sin embargo, en entrevistas al candidato a intendente de Asunción, éste señaló dos asuntos que menosprecian dicha obviedad: 1) él, como candidato, no debate –con la otra candidata–, porque “según sus asesores, no vale la pena”. “Como está tantos puntos arriba, no le interesa debatir. Esa es la verdad”; y 2) luego de reconocida su derrota, la atribuyó a concejales “traidores”.
Ambas posiciones son impropias de un demócrata. Es un hecho corroborado que los asesores se equivocaron. No era verdad estar tantos puntos arriba. Pero anécdota al margen, al demócrata sí le debe interesar debatir, pues el enfoque no está en el candidato (a quien no le interesa), sino en el auditorio que lo elige (a quien sí le interesa). No debatir es doblemente repudiable por el enfoque egotista de los asesores y por la incapacidad del candidato de desoír un pésimo consejo. El intercambio de ideas diferentes debatidas entre candidatos fortalece la democracia porque otorga insumos al auditorio que las oye y elige. No es un adorno retórico para sumar puntos. Es un contraste de alternativas, opciones, argumentos, que dan al elector información relevante para elegir mejor. El choque de opiniones produce la chispa que esclarece la preferencia electoral. Quien rehúye un debate es un ciego cívico. Ceguera que se corrobora con la inquisición de traidores ahí donde reinaron las preferencias. Buscar traidores pone el foco –de nuevo– en el candidato (traicionado) y desdeña –de nuevo– al elector y a su derecho a preferir. Si la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo paraguayo, se debe debatir para este pueblo, para que tenga alternativas, compare, prefiera, vote y elija soberanamente. Puesto el foco en el electorado, no hubo traiciones sino preferencias. Un demócrata cambiaría estos asesores, terminaría la inquisición de traidores y humildemente aceptaría las preferencias electorales que le mostraron las urnas.