Opinión

Arrastrados

Ser propietario de uno mismo es la tarea más dura a la que se somete una persona a lo largo de su vida. Muchos, sin embargo, prefieren ser esclavos.

Benjamín Fernández Bogado Por Benjamín Fernández Bogado

Sometidos al mandato de otro del que depende su destino. Puede interpretar la voluntad de su amo y cambiar de partido, de opinión y disfrutar de la sujeción sadomasoquista sin que algún rubor de dignidad emerja de una personalidad sumisa, entregada y castigada. El dinero ha vuelto a muchos a esa condición. Ni las personalidades autoritarias que disfrutaban de ese modelo de sometimiento como Stroessner han sido tan efectivos como el surgido en la última década, cuando muchos asumen su condición de vasallos con cierto orgullo y dejo de desprecio a los demás.

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La política sostenida en los grandes ideales, en los dogmas que moldeaban multitudes tras los pasos de un líder que entusiasmaba y las hacía vibrar a cada paso a los que marchan al compás del tintineo de las monedas, que les tira el que más de una vez los consideró prostitutas proclamando a voz en cuello a quien lo quisiera oír que es el gran caficho de un prostíbulo llamado partido. Entregados a la lógica mentirosa del dinero que moviliza voluntades, simula lealtades y grita falsedades, un grupo variopinto se ha rendido ante él. Para justificar su derrota alguna vez dirán que no tenían otra opción, que ellos no eran más que despojos arrastrados en forma de reptiles ante su abierta incapacidad de proclamar su verdad y menos sostener su dignidad. Los arrastrados se han envilecido aún más ante su abierta comparecencia, ante la humillación de quien los sometía. Viven con ínfulas insostenibles, asumiendo con claridad su enanismo cívico y su renuncia ciudadana.

Los hay de todos los tipos. Los incultos e ignaros que culpan a su inadecuada educación, como de aquellos con doctorados, que viven en la ilusión de ser parte de una casta inventada sobre el dinero malhabido. Algunos proclamaron alguna vez sus estudios en el exterior que acabaron en el arrastre reptiliano que dejó por el suelo cualquier apropiación cultural externa que hubiera servido para mejorar su prosapia. No vinieron para cambiar. No sostuvieron el espinazo erguido de la dignidad, sino que se hincaron y de rodillas besaron las manos que los alimentaba de panes con arena que se llevaban a la boca y a la de sus familiares con falso orgullo. El que los daba, disfrutaba con lascivia cómo habían perdido toda dignidad, que frente a los incultos e ignorantes era todavía un triunfo mucho mayor.

Los arrastrados se hicieron movimiento primero y alcanzaron el poder después. Vieron cómo las instituciones que tendrían que controlarlos y castigarlos se rendían ante ellos hasta que surgió la interpelación externa. Ahí se asustaron primero, se desconcertaron después para acabar asumiendo que nada podía pasar al interior de un ambiente lastrado por el deshonor y la deshonra. Podrían perder sus visas y su contacto con el ansiado exterior, pero nada importaba si hace rato habían perdido el honor y el orgullo interiores. Todo había acabado en la peor de las capitulaciones.

Cuando se escriba la historia de la transición democrática paraguaya se podrá ver en retrospectiva cómo el autoritarismo, la nostalgia dictatorial, la involución, las castas y el dinero intentaron doblar el honor de un pueblo que fue capaz de darse cuenta como los versos de Ortiz Guerrero que decían: “Yo llevo un Potosí de oro viviente que pesa como un mundo: el corazón”. De ese pueblo que rechazó la compra de su voluntad, de su esencia, de su dignidad y de su belleza. Los arrastrados solo servirán como perspectiva de lo que nunca debió ser.

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