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Arte y Espectáculos
jueves 5 de enero de 2017, 17:28

El lirismo en la obra de Hayao Myazaki

Este 5 de enero se cumplen 76 años del nacimiento de Hayao Miyazaki, un director mundialmente reconocido por filmes como El viaje de Chihiro y La princesa Mononoke. Sus obras, además de abordar múltiples géneros, reúnen aspectos necesariamente ligados a su visión del mundo.
Por José Biancotti

Las películas de Miyazaki cuentan con elementos reconocidos por sus seguidores como característicos a lo largo de su filmografía. Reconocerlos solo aporta mucha más profundidad y, sobre todo, lirismo a los ya de por sí bellos largometrajes del director.

Entre estos elementos podemos destacar:

La conciencia ecológica: Además del pacifismo que caracteriza a una buena parte de los personajes de las películas del estudio, también hay una notable apuesta por la conciencia ecológica. Ya desde El Castillo en el Viento (1986) existe un mensaje explícito sobre el cuidado de la naturaleza y su poca atención por parte de la humanidad. Recordemos al robot de la película que tiene en su hombro a un pajarillo y acaricia una planta con una tranquilidad contagiante: toda una declaración de intenciones.

Otro filme notablemente ecológico es Ponyo en el acantilado (2008), que relata los esfuerzos de una niña pez que desea ser una humana. En una secuencia muy recordada, por ejemplo, su búsqueda por liberarse de la contaminación de la basura al fondo del mar es una manera de retratar los efectos de la intervención humana.

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No podemos olvidar tampoco que en esta película se incluyen secuencias hermosas donde la naturaleza cobra gran protagonismo e interviene en las decisiones de los personajes. Y al decir esto puedo hablar de otra característica de la obra de Miyazaki:

La contemplación: Es una característica de Ghibli dar énfasis a la naturaleza y su papel en la resolución de conflictos. No solamente importan los desarrollos de la trama o el abordaje psicológico y emocional de sus personajes. También se atiende especialmente a los momentos de observación y al ritmo tranquilo de las escenas al aire libre

Al mencionar esto se me viene a la mente la película Mi vecino Totoro (1988), un clásico del cine de animación japonesa que de cierta manera consagró a Miyazaki como un director importante dentro de la industria de su país y el mundo (fue puesto a la altura de nombres importantes de la historia del cine como Akira Kurosawa y Orson Welles).

Totoro... otorga una resaltante participación al bosque mágico donde se desarrolla la trama, y es también un reflejo de la vida de la madre de Miyazaki, quien sufrió de una tuberculosis y permaneció en cama hasta morir en 1980. La madre de uno de los personajes también intenta recuperarse en una cama mientras sus hijas conocen más a la icónica criatura que es también el sello del estudio de animación.

Que sus películas mantengan un ritmo por momentos lento no significa que carezcan de escenas impactantes en las que los movimientos se observan de acuerdo a la situación. La rapidez se justifica con los momentos que realmente necesitan de acción.

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Los protagonistas femeninos: Descubrir a aquellas dos niñas vivaces en aquel filme es parte de una tradición en los trabajos del director: incluir a personajes femeninos y darles las riendas para solucionar los conflictos. Si en un primer momento se presentan inseguras o tímidas, lentamente van cobrando una naturaleza más decidida y confiada.

Desde La Princesa Mononoke (1997) hasta El viaje de Chihiro (2001) y El castillo Ambulante (2004), encontramos una variedad de mujeres que se desprenden de cualquier dependencia masculina y se caracterizan en algunos casos por oponerse a la cursilería con la que algunas series de anime suelen retratar a las niñas.

En Nicky, la aprendiz de bruja (1989), por ejemplo, tenemos el arquetipo de la niña que es liberada a un mundo desconocido: es necesariamente un peldaño que ella debe superar para convertirse en alguien. Durante su viaje conoce la dificultad del trabajo y del compromiso, y en el camino entiende que sus poderes (o el control que puede ejercer una persona común sobre sus propias virtudes) solo pueden manifestarse con la confianza en sí misma. La madurez llega así al punto final de esta y otras historias.

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La profundidad y las alegorías: Todas estas películas, aunque sean aptas para todo público, incluyen una cantidad admirable de visiones maduras sobre la humanidad que son representadas a través de símbolos o alegorías. Son formas que sin dudas nutren a los personajes y les otorgan mayor profundidad; las películas de pronto adquieren la capacidad de reflejar la realidad a través de un tono fantástico y esperanzador.

Como ejemplo tenemos a El Viaje de Chihiro, que fue reconocido internacionalmente porque la historia no se resume solamente a un viaje de aventuras de una niña perdida. Se trata además de un reencuentro consigo misma: un examen introspectivo donde personajes y situaciones representan proyecciones de su personalidad.

También en El Castillo Ambulante, el personaje de Howl, de aspecto atractivo y despreocupado, cae ante la desesperación al ver su pelo de otro color. A partir de ese momento el ambiente se distorsiona completamente, reflejando una idea clara: que sus emociones configuran su propio entorno y que aquella no es necesariamente la realidad que nosotros estamos acostumbrados a ver. De esta manera, sin la necesidad de muchas explicaciones, percibimos lo que sucede en el interior de un personaje.

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El amor por el vuelo: Miyazai desarrolló afecto por los aviones gracias a que su padre trabajaba como constructor de timones para aviones de combate durante la Segunda Guerra Mundial. Su mirada nostálgica por estas máquinas, que se ve casi en toda su filmografía, se consagra en 2013 con El viento se levanta, que es hasta el momento su última película y relata la vida de Jiro Horikoshi, el hombre que diseñó el avión de combate Zero, utilizado en el ataque a Pearl Harbor durante la Guerra del Pacífico.

El diseño de aviones tiene mucho significado en la vida del protagonista porque de cierta manera lo utiliza para darle un sentido a su vida, como si fuera el propio director recordando con melancolía lo que en algún momento formó parte de su vida. En esta película se contrapone la guerra con el pacifismo y el amor que el personaje intenta proteger hasta el final. Su deseo de volar incluso se expresa en sus sueños.

Hablamos de un auténtico tour de fource por parte del director, que representa la culminación de una etapa de su carrera recreada con su anhelo por las alturas y por la contemplación de su entorno; además, es la más contenida de todas sus obras.

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La belleza visual: Una gran muestra de prestigio que posiciona a Ghibli como uno de los mejores estudios de animación es la gran destreza con la que trabajan las ambientaciones de sus películas. No hay una en la que este esfuerzo por el preciosismo pase desapercibido, y esto se debe en gran medida a la importancia que el propio estudio da a la belleza del mundo, a su clima, a la vegetación, al viento, al agua, porque de acuerdo a su director no solo las relaciones humanas son interesantes, sino también el exterior que los acompaña día a día y los construye como seres humanos.

Miyazaki anunció que después de El viento se levanta ya no dirigiría películas, pero sorprendió a sus seguidores cuando anunció el año pasado que rodaría una nueva obra llamada Boro, la oruga, en la que incluso llevaba 20 años trabajando. El estudio que lo erigió como uno de los más importantes directores de animación, sin embargo, no solo se destaca por sus obras. También se cuentan las de su hijo Goro, últimamente Hiromasa Yonebayashi, y, cómo no, Isao Takahata, a quien dedicaremos otro especial.

Mientra tanto, solo queda esperar y desearle un feliz cumpleaños al genio nipón.

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