El poeta pilarense Carlos Miguel Jiménez, esgrimiendo las palabras desde difíciles tiempos de violencia explícita en la historia de intolerancias del Paraguay, escribió los versos de Mi patria soñada.
Imaginó una “patria nueva” sin “hijos desgraciados ni amos insaciados que usurpan sus bienes”. Equivale a decir que quería un país donde la mayoría no fuera acorralada por la pobreza y tuviera a su disposición la oportunidad de ser felices. También, que no permaneciera prisionero de ladrones tuku karu de voracidad inagotable para llevar dinero a su bolsillo.
Mirando la oferta electoral para la Presidencia de la República, el Parlamento, las gobernaciones, los consejos departamentales y el Parlasur, solo hay una catarata de más de lo mismo con los aspirantes al rekutu y los que, aun cuando lleguen sin haber sido elegidos alguna vez, ya traen consigo las viejas costras putrefactas de la politiquería criolla.
Los que pueden constituir fuerzas de recambio -en el Congreso, por ejemplo- que permitan abrigar alguna esperanza para el futuro, sin embargo, carecen de las posibilidades que a los tujukue de los partidos tradicionales les sobra.
Es notable cómo un cuarto de siglo sin dictadura no haya parido un líder que interprete las aspiraciones de un vasto segmento de la población y sea capaz de no traicionar a su pueblo.
El resultado es que estamos casi en el mismo lugar de todos los momentos preeleccionarios vividos desde que Stroessner subiera al avión rumbo a Brasilia. Persiste la sobredosis de promesas, pero la confianza de que se cumplan está más que desgastada.
Si alguna vez, como un relámpago, se dibujó en el horizonte el rostro de una esperanza capaz de cumplir, por fin, los postulados de Mi patria soñada, ninguno de los candidatos irradia hoy el destello que permita pensar que, por fin, alguien iniciará un proceso que lleve a construir aquella espléndida nación buscada por el vate sureño.
Más que avanzar, lo que se avecina será un retroceso más a agregar a la ya demasiado larga lista de frustraciones.
Ningún candidato dio ninguna clara evidencia de que su gestión demostrará lo contrario. Las hilachas que se les desbordan muestran que los años transcurridos han sido insuficientes aun para superar las antiguas artimañas de los que aspiran el poder.
La patria soñada seguirá en el plano del sueño. Quedará de pie para recordarnos que a pesar de las decepciones, tercamente, hay que seguir alimentando la idea de una patria sin “amos insaciados” ni penas que algún día llegará.