04 nov 2026

Un esquema cambiario desfasado

Nuestro esquema cambiario ha quedado desfasado ante la nueva realidad económica del país. Las consecuencias de mantenerlo ya se observan en la posición financiera de las empresas exportadoras, golpeadas por la persistente apreciación del guaraní. Comprender el motivo de este desfase es un paso necesario para plantearnos un nuevo marco cambiario.

El esquema que aplica el Banco Central del Paraguay (BCP) fue introducido en 2013, cuando el Tesoro realizó sus primeras colocaciones de bonos en los mercados internacionales. Su lógica era mitigar el impacto apreciatorio que se generaría si el Tesoro vendiera esos dólares en el mercado local para hacerse de guaraníes. En un mercado tan pequeño como el nuestro, esa operación habría dañado seriamente la competitividad del sector exportador. Por eso, se acordó que los recursos se mantendrían en la cuenta del Tesoro en el BCP y que este le compraría las divisas a medida que necesitara realizar pagos en guaraníes. De este modo, el BCP acumulaba reservas que le servía de colchón suficiente para vender esas divisas, en forma compensatoria, al sector financiero y contener eventuales presiones devaluatorias.

El objetivo de nuestro esquema cambiario ha sido siempre de doble vía: Dar previsibilidad para evitar apreciaciones y depreciaciones bruscas, sin fijar el tipo de cambio ni torcer su tendencia.

El problema es que el mecanismo dependía de que el Tesoro tuviera dólares excedentes, y esos excedentes han desaparecido en el tiempo. Hasta 2022, el servicio de la deuda externa absorbía entre el 35% y el 40% de lo desembolsado y en 2026 alcanza el 86%. El principal canal del esquema se bloqueó: el Tesoro pasó de proveedor a demandante de dólares, y en 2025 le compró al BCP 924 millones de dólares para atender su deuda.

Mientras ese canal se cerraba, el grado de inversión obtenido a partir de 2024, abrió un nuevo canal que no pasa por el Tesoro, sino por la vía privada, tales como la inversión extranjera directa, el financiamiento externo de empresas y bancos, y la compra de bonos locales en guaraníes por inversores no residentes. Esos dólares se venden directamente en el mercado y presionan hacia la apreciación del guaraní.

Ante estos flujos, el esquema vigente no ofrece respuesta, porque el BCP no compra dólares al sector privado. Así, falla en sus dos funciones: No mitiga la apreciación y, con el canal del Tesoro reducido, acumula cada vez menos reservas. Esto limitará su capacidad de respuesta cuando la presión cambiaria se revierta.

Con una política cambiaria que dejó de funcionar, el guaraní se apreció 16% en 2025 y otros 14% entre diciembre de 2025 y setiembre de 2026, mientras que, contrariamente, el dólar se fortalecía en el mundo.

¿Qué podemos hacer? No hay tiempo que perder. No se trata de abandonar el modelo cambiario, el modelo ya nos abandonó, y la realidad lo confirma. Creo que el punto de partida debería ser el mismo de 2013: Restablecer un esquema cambiario que evite movimientos bruscos y rápidos en ambas direcciones, sin fijar el tipo de cambio.

Los estudios del FMI respaldan este camino. Un banco central emergente con metas de inflación, como el nuestro, puede usar dos instrumentos: La tasa de política para la inflación y la intervención cambiaria para moderar los movimientos desestabilizadores del tipo de cambio. Combinada con las metas de inflación, la intervención de doble vía mejora la previsibilidad cambiaria sin comprometer la meta.

Además, la Carta Orgánica del BCP lo faculta a intervenir en el mercado de cambios para que funcione de manera normal, competitiva y equilibrada. La norma es simétrica: Un mercado se desequilibra tanto por un exceso de demanda como por un exceso de oferta de divisas y los movimientos erráticos de capital pueden ser de entrada o de salida. La ley no limita la intervención a la venta de dólares.

La economía que dio validez al esquema cambiario vigente ya no existe. Si no reconocemos que nuestro modelo quedó obsoleto, el impacto se seguirá acrecentando, y las empresas se verán obligadas a postergar inversiones, reducir su escala y revisar su presencia en mercados externos. Una vez que esas expectativas se instalan, el daño deja de ser coyuntural y pasa a condicionar el crecimiento de la economía en los años siguientes.

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