El Evangelio que hemos escuchado nos presenta una figura que destaca por su fe y su valor. Se trata de la mujer que Jesús sanó de sus pérdidas de sangre (cf. Mt 9, 20–22).
Pasando entre la gente, se acerca a la espalda de Jesús para tocar el borde de su manto. “Pues se decía para sí: Con solo tocar su manto, me salvaré” (v. 21). ¡Cuánta fe! ¡Cuánta fe tenía esta mujer! Razonaba así porque estaba animada por mucha fe y mucha esperanza y, con un toque de astucia, se da cuenta de todo lo que tiene en el corazón.
El deseo de ser salvada por Jesús es tal que le hace ir más allá de las prescripciones establecidas por la ley de Moisés. Efectivamente, esta pobre mujer durante muchos años no está simplemente enferma, sino que es considerada impura porque sufre de hemorragias. Por ello es excluida de las liturgias, de la vida conyugal, de las normales relaciones con el prójimo. Era una mujer descartada por la sociedad.
Este caso nos hace reflexionar sobre cómo a menudo la mujer es percibida y representada. A todos se nos pone en guardia, también a las comunidades cristianas, ante imágenes de la feminidad contaminadas por prejuicios y sospechas lesivas hacia su intangible dignidad. En ese sentido, son precisamente los Evangelios los que restablecen la verdad y reconducen a un punto de vista liberatorio. Jesús ha admirado la fe de esta mujer que todos evitaban y ha transformado su esperanza en salvación... En el encuentro con Cristo se abre para todos, hombres y mujeres de todo lugar y todo tiempo, la senda de la liberación y de la salvación.
En la parte central de la narración, el término salvación se repite tres veces. Con solo tocar su manto, me salvaré. Jesús se volvió, y al verla le dijo: “¡Ánimo!, hija tu fe te ha salvado”. Y se salvó la mujer desde aquel momento” (vv. 21-22). Este “¡ánimo!, hija” expresa toda la misericordia de Dios por aquella persona. Y por toda persona descartada. Cuántas veces nos sentimos interiormente descartados por nuestros pecados, hemos cometido tantos, hemos cometido tantos... y el Señor nos dice: “¡Ánimo!, ¡ven! Para mí tú no eres un descartado, una descartada. Ánimo hija. Tú eres un hijo, una hija”. Y este es el momento de la gracia, es el momento del perdón, es el momento de la inclusión en la vida de Jesús, en la vida de la Iglesia.
(Frases extractadas de http://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2016/documents/papa-francesco_20160831_udienza-generale.html).