Sergio Cáceres Mercado
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Desde que aquella criaturita, pura ternura, llamada Chilly Willy (creación de Paul Smith para Walter Lantz), desapareció de la pantalla chica, los pingüinos dejaron de tener representantes en el mundo de los dibujos animados. Hubo que esperar hasta la exitosa Happy Feet para ver otra vez a estas aves polares poblar el mundo infantil. (Sin duda, el oscarizado documental La marcha de los pingüinos tuvo mucho que ver para este retorno.)
Volvieron, pero directamente a la pantalla grande y con la tecnología de la animación computarizada. Y mientras todavía está fresca en nuestra memoria la historia del pingüino campeón de zapateo, llega al cine (y no en devedé como la anterior) El Rey de las olas (**), la historia de un pingüino surfista. Sí, leyó bien, me refiero a ese “deporte extremo” que consiste en montar grandes olas del mar con una tabla.
Un equipo de documentalistas es el encargado de seguir la historia de este joven que quiere destronar al prácticamente invencible campeón, y así reivindicar al anterior ídolo e inspirador suyo. Todo esto en una isla del Pacífico Sur, con todos los condimentos: lindas playas y mujeres, sol caliente, bronceador... y pingüinos que no sienten calor, solo pasión por el surf.
Lastimosamente, esta historia que se espera sea vertiginosa y arrolladora como las portentosas olas del océano, en gran parte tiene el ritmo del mar Muerto. Solo al final muestra un poco de “adrenalina”. Y si no fuera por el gallo surfista y unos chiquilines que aparecen de vez en cuando, hasta nos olvidaríamos de que es una comedia.
Eso sí, el montaje de las olas es espectacular, y, en general, tecnológicamente es impecable. Al menos vaya con los niños para disfrutar de los buenos diseños, y con suerte también del cuento.