Al subir por la avenida Perú en dirección a Pettirossi, un poco antes de la intersección de ambas calles se observa a la mano derecha, sobre la vereda, una precaria -e irregular- “vivienda” donde cajones de madera ofician de paredes y varias capas de plásticos de techo.
Esa es la casa de Amada Núñez. Pero ella no vive sola. La acompañan Ángela, quien dice ser su madre, y dos perros. Ellos se refugian bajo el plástico teniendo dos colchones como única comodidad, y una muralla celeste como mayor protección.
Ninguna de las dos está segura de su edad, y tampoco recuerda hace cuánto viven en la vereda.
Antes estaban alojadas en una casa deshabitada, y debieron desalojarla debido a que el local se vendió.
Se establecieron entonces en una vereda cercana, pero fueron echadas por la dueña del edificio de enfrente. Según cuentan ambas, la señora en cuestión agredió físicamente a Ángela.
Es así como terminaron donde están ubicadas hoy. Comentan que el dueño del local de la pared celeste no se queja por su presencia, y que la señora de enfrente les da comida de vez en cuando.
SOLUCIÓN. “La situación en que viven es inhumana. Sufren el frío y la lluvia en esa vereda. Parece que los perros incluso están dentro de la carpa. Hablamos con la señora mayor y le ofrecimos una casa en Marquetalia, pero debía consultar con su hija”, explicó María Inés Cabrera, jefa de prensa de la Secretaría de Acción Social (SAS). Al mediodía de hoy volverá al lugar para ver qué deciden las afectadas.
Cabrera visitó el lugar para interiorizarse del caso, tras la consulta realizada por Última Hora y encontró solo a Ángela.
“Me dijo que ya las habían llevado a una casa de donde las volvieron a echar. Dijo que ellas querrían que les alquilemos una casa cerca de su ubicación actual. El problema es que no tenemos dinero en efectivo para eso. Lo que podemos conseguir es una casa en uno de los asentamientos de la SAS, probablemente gratuito, donde además podrían trabajar”, explicó Cabrera.
HISTORIA. Amada estaba casada y vivía en la casa de su marido. Pero este falleció hace dos años y su suegra la obligó a salir del lugar. Allí comenzó su calvario de mudanzas.
Ella tiene cuarto hijos, pero tres de ellos viven en el interior y no pueden ayudarla. La menor estaría viviendo y trabajando como doméstica.
Ambas mujeres viven de la venta y el reciclaje de cartón, material que venden cada sábado a G. 300 el kilo. Semanalmente hacen entre G. 20.000 y G. 25.000, monto insuficiente para la alimentación en la semana.
Otra solución que ofrece la SAS es llevar a ambas a un asilo de ancianos gratuito. Pero el problema es que para ingresarlas tiene que haber un familiar que se haga responsable de ellas, y ninguna la tiene.