Pensando en términos contemporáneos con medios globalizados como teléfonos celulares, internet, GPS y afines, el pyraguereato en tiempos de Stroessner era un trabajo sin las facilidades que hoy brinda la tecnología.
Para comenzar, el pyrague debía ser humano, con todas sus implicancias. Aunque se hartara de vivir tres días delante de la casa del comunista, legionario, contrera y vendepatria —vocablos extraídos de la terminología de La voz del coloradismo que babeaba loas al Segundo Reconstructor Nacional y escupía veneno contra los que daban vida a “la prédica política subversiva que busca la división de la familia paraguaya"—, tenía que estar allí con su grasienta libretita negra para anotar los movimientos del vigilado.
Aunque ni a una argolla le dijera o, debía matricularse en aquellas facultades en las que predominaban los “zurdos”, los “bolches” y los “de la troika” para escuchar quién ejercía el culto a Marx, Mao o Fidel vinculados a Barthe, Creydt o Ananías Maidana. Qué informaban después de escuchar hablar de lucha de clases y plusvalía, Engels o Lenin, era ya harina de otra bolsa. Le acompañaba la ventaja de que no estaba obligado a reproducir lo que escuchaba, sino a decir lo que su jefe quería oír para blandir la furia de su tejuruguái.
El pyrague era un pobre diablo con carné de agente confidencial. La única libertad que ejercía era la de la palabra, para escribir o decir lo que sabía de memoria, para felicidad de sus superiores y condena de su víctima.
La creatividad intelectual de los muchachos dice que el vocablo pyrague se acuñó debido a que en tiempos del doctor Francia los ojos y oídos del Karai Guasu se ponían plumas de gallina u otras aves en las plantas de los pies para que su pisar no fuera percibido ni por el póra en el caso de tener que vigilarlo también.
El pyrague stroniano, como un sucedáneo del agregado plumífero, usaba championes. No eran tan silenciosos, pero a los efectos del andar sigiloso, servían.
El pyrague carecía del don de la ubicuidad, pero su escasa imaginación era suficiente para elevar un informe en el que señalaba que a la misma hora y el mismo día había estado en una conferencia de Laíno y en la clase de Sociología de la Universidad Católica. Era lo máximo a que podía llegar.
Hoy, el pyrague tradicional es una pieza de museo. La tecnología de la información lo pulverizó. Con ley o sin ley, todos estamos a la vista de todos por propia voluntad o por voluntad del Gran Hermano.