Por Natalia Ferreira Barbosa / Foto Fernando Franceschelli.
Dicen por ahí que cada uno elige el tipo de vida que quiere tener. Podría parecer una afirmación simplista que deja fuera un sinnúmero de factores que inciden en el individuo. Lo cierto es que podemos vivir las peores adversidades. No tenemos el control de cómo sucederán, pero sí de cómo podemos vivirlas y superarlas.
Parece muy fácil decirlo. He aquí una historia: un chico de 12 años de la localidad de San Manuel —sector del campo de la comuna de Melipilla, en Chile— viajó a Argentina para participar en un campeonato deportivo, y cuando volvía, el chofer del bus en el que viajaba se quedó dormido. En el accidente perdió sus dos piernas. Su reacción inmediata al saberlo fue seguir durmiendo, morir. No veía un futuro. Pero después se dio cuenta de que solo tenía dos opciones: quedarse como estaba o luchar. Tenía que decidirse.
Se trata de Adolfo Almarza. Esta es su primera visita al país, está sentado en una silla en uno de los salones del Sheraton Hotel, acaba de dar una charla en la cuarta edición del MKTrends. Luce como todo un ciclista y viste unos shorts que dejan ver sus prótesis; se lo ve confiado y muy relajado.
—El accidente fue en diciembre del 2000 y los primeros meses fueron muy duros, porque cuando uno no aprovecha el tiempo, este se le hace larguísimo. Creo que viví los momentos más tristes de mi vida. Imaginate con 12 años, estando en una camilla, sin poder hacer nada, sin poder pararme, sin poder jugar. Después me di cuenta de que la vida seguía adelante y que tenía que empezar a esforzarme para poder conseguir lo que realmente quería: caminar. Todo iba a depender de mí.
—¿Qué te impulsó a seguir adelante?
—Mi familia tuvo la oportunidad de conocer a Luis Winter, exdiplomático chileno, quien perdió sus piernas. En ese momento él habló con mi familia y le transmitió el mensaje de que podía llevar una vida totalmente normal. Antes pensaba que nunca iba a poder salir adelante. Después de conocer su historia, me quedé con ella en la mente. Y a partir de entonces fui avanzando hasta que pude cumplir todos los objetivos que me propuse.—¿Cómo fue el proceso de volver a caminar?
—Primero los doctores me dijeron que iba a demorar un año en reaprender a caminar y lo hice en cuatro meses, porque le puse el doble o triple de esfuerzo. Si tenía que entrenar dos horas diarias, yo lo hacía cinco o seis. Entonces me di cuenta de que, si entrenaba duro, lo iba a lograr en un menor tiempo, por lo que en cuatro meses estaba caminando sin dificultad.
—¿Qué más creés que te ayudó en la rehabilitación?
—Creo que mi actitud y forma de ser. Siempre fui un niño muy inquieto e hiperactivo. Tenía pilas de sobra en el momento de salir de una rehabilitación. Además, desde los nueve años hago deportes competitivos. Creo que es una buena base para aprender a tomar decisiones cuando tenés dificultades.
—Antes del accidente, ¿qué hacías cuando alguien te decía que no podías hacer algo?
—La frase “no poder” no estaba en mi mente ni siquiera de pequeño. Siempre que quería hacer algo, lo hacía, fueran cosas malas o buenas.
—¿Cuál fue la reacción de tus padres cuando elegiste participar en un deporte extremo como ciclismo de montaña en descenso?
—Al principio, ellos no conocían mucho de este deporte. Después de unas carreras, y cuando un día llegué con una clavícula fracturada, la principal barrera que tuve era toda mi familia. Querían que dejara este deporte. Yo seguí practicando, aunque ellos no estuvieran de acuerdo, hasta que se dieron cuenta de que esto es lo que me gusta y al final el principal apoyo que tuve fue de ellos. Pero me costó un par de años convencerlos de que, para mí, la bicicleta es un pilar fundamental de mi felicidad.
—¿Valió la pena convencerlos?
—Mucha gente comete el error de decirle a sus hijos qué es lo que tienen que estudiar o hacer con su futuro, y los jóvenes cometen el error de hacerles caso a sus padres, cuando hacen algo que no les gusta. Cuando hacés algo que no te gusta por el resto de tu vida, nunca vas a poder concretar tu felicidad. Hoy en día me dedico solamente a andar en bicicleta y a dictar charlas motivacionales, que es lo que me apasiona. Y gracias a eso recorrí muchas partes del mundo. Me da lo mismo qué día sea, yo felizmente lo hago porque me apasiona. Lo hago con ánimo, con ganas.
—Entre todos los deportes que podías elegir, ¿por qué bicicleta en descenso?
—Traté de hacer muchos deportes, pero no lo conseguía fácilmente. Cuando empecé a hacer bicicleta estática, lo realizaba con facilidad y me di cuenta de que el día se me hacía mucho más corto que cuando estaba triste. Mientras pedaleaba, se me pasaba todo. Después me junté con unos chicos que subían a un cerro y saltaban. Me demoré cuatro años en aprender a saltar. Desde muy pequeño siempre me gustó la adrenalina, sentir el miedo. Por eso también me gustaba competir. De ahí que haya elegido este deporte; y desde el momento en que empecé a saltar y agarrarle más el gusto a la adrenalina, me dejé llevar hasta que me convertí en el único piloto en el mundo que está corriendo a un nivel profesional, con dos prótesis, con personas totalmente normales.
—Tus padres son de origen humilde, ¿cómo conseguiste las prótesis?
—Yo empecé con las prótesis básicas que da el Estado. Mis primeras carreras de ciclismo, creo que durante cuatro o cinco años, fueron con prótesis básicas. Mucha gente le echa la culpa a algo, y cuando hacés eso es porque realmente no tenés claro lo que querés hacer. Es como el dicho: “La excusa agrava la falta”. Hoy estoy auspiciado por Ottobock, marca líder mundial en prótesis y auspiciante de los Juegos Paralímpicos. Ahora tengo lo mejor en prótesis y en eso estoy muy agradecido.
—¿No quedaste con rencor por el hecho de que el chofer se durmiera al volante?
—No, creo que los accidentes pasan y te puede tocar en cualquier momento, donde sea que estés. Soy una persona muy creyente, todas las cosas pasan por algo. Si algún día cometés un error y te pasa algo, o tomaste una decisión que casi te hizo perder la vida, para mí son cosas que pasan. Uno no puede tomar rencor u odiar a la persona que te hizo algo sin querer, aunque sean detalles muy grandes. Creo que uno tiene que disculpar a las personas. Todos cometemos errores, unos más graves que otros, algunos dejan secuelas, otros no, pero son errores. El ser humano comete errores y hay que perdonar.
—En la vida cotidiana, ¿sentís discriminación?
—La he visto, pero no la siento. A mí realmente me da lo mismo lo que me digan o que me discriminen. Sé de lo que soy capaz, cuáles son mis fortalezas, debilidades y límites. Siempre la gente te discrimina o te ve como el pobrecito, pero a mí me da lo mismo porque sé adónde puedo llegar.
—Si alguien te cede un lugar, ¿lo aceptás?
—Ah, sí, obvio. Bienvenido sea. Si la gente te mira con pena, yo aprovecho. La habilidad está permitida en este mundo. Pero a muchas personas con algún tipo de impedimento físico no les gusta eso, se sienten muy mal y eso al final está jodiendo la autoestima. Hay muchos que se esconden de los problemas que tienen, a muchos que usan prótesis no les gusta andar en short, porque les da vergüenza que la gente los mire. Cuando asimilé lo mío, como a los 16 ó 17 años, tuve este quiebre de tomar la decisión de: enfrento a la sociedad o me quedo escondido. Cuando elegí enfrentarme a la sociedad, fue la misma decisión que cuando di mi primer salto. Me tiro o no me tiro.
—¿A qué le tenés miedo?
—Le tengo miedo a los perros (admite con una sonrisa tímida). No sé, siempre les he tenido miedo. A los ratones, a las ratas también. En algún momento tuve perros de raza grande; de pequeño jugaba con ellos, los sacaba a pasear, después les tuve mucho respeto. Nunca me han mordido ni me han salido persiguiendo, pero no sé por qué tengo ese miedo; y tampoco he querido superar ese pánico. Es como que me gusta tenerle respeto a algo.