Hasta las rebeliones más radicales han reivindicado siempre un espíritu de justicia. De ahí la herencia indestructible de los verdaderos rebeldes y revolucionarios. Dueños de un saber tal vez desconocido para sus conciudadanos, pero en los que aquellos fundaron un liderazgo útil, aleccionador y virtuoso, para acceder a la dimensión de una rebeldía liberadora. De otra manera no hubieran pasado de ser más que anárquicos alborotadores, denunciantes de situaciones anómalas o injustas, pero en verdaderos revolucionarios ... ¡jamás!
Y si aún ocasionalmente triunfantes en las confrontaciones armadas, no podrían haber sostenido su lucha ni organizar las instituciones que requieren las verdaderas revoluciones. De algunos de estos líderes y de sus correspondientes gestas, surgieron nuestras naciones americanas. De aquellos que arriesgaron su vida -o la perdieron- en pos de las causas que defendieron.
La historia de América está llena de sus nombres y en la gran mayoría de los casos, refiere el esclarecido liderazgo de los que habían accedido a la lectura, el conocimiento y a la colección de informaciones favorables a un proyecto de vida, distinta a la de sus sociedades.
En el libro “El miedo a la libertad”, de Erich From, en un pasaje referido al nazismo y el Tratado de Versalles (28 de junio de 1919), el autor afirma que: ”…La base del resentimiento contra el Tratado de Versalles se hallaba en la baja clase media (del pueblo alemán); el resentimiento nacionalista no era otra cosa que una racionalización por la que se proyectaba su inferioridad social como inferioridad nacional”.
Resentimiento, extraño vocablo cuyo significado suele confundirse con el transgresor y consecuentemente, con el rebelde o revoltoso. Pero nada hay más opuesto a ambos).
El resentido reclama venganza y busca que los otros sufran lo que él sufriera. Que los demás padezcan aun peor de lo que él padeció. De estas características surge la diferencia fundamental entre el rebelde y el resentido. El rebelde reclama por que se castigue a quienes incumplen las normas de convivencia. Con justicia. El resentido reclama venganza aunque con ella se recaiga en la injusticia.
Al resentido no le interesa ninguna verdad que no sea la suya. No le alteran los ideales ni le preocupará la coherencia. Pues hoy criticará acerba y radicalmente aquello en lo que mañana incurrirá con total desparpajo. Al contrario de la verdad que pretende el rebelde, aunque ella esté en contra de su propia grey, de su propia causa.
Con estas premisas debiera recordarse que como consecuencia de aquel Tratado, surgió el resentimiento que promovió el nazismo. De la misma forma que se nutren hasta hoy, las “luchas” interpartidarias en el sufrido Paraguay. Tanto como surgieran igualmente los dictadores sudamericanos del resto del siglo XX; de manera a radicar un poder contrario a la civilización y el progreso. Ellos y quienes los consintieron han concebido desde sus respectivas trincheras, la retrógrada “filosofía” que se expresaba de la siguiente manera: “Si ellos lo hacen, nosotros también … pero peor!
En América podríamos reconocer la categoría de aquellos que en épocas duras tocaron nuestro corazón. Que nos hicieron soñar en un futuro más auspicioso. Que sus ejemplos de lucha, sacrificio y valores, nos elevaran hacia la virtud y la libertad.
Líderes como Simón Bolívar, José de San Martín, Pedro Domingo Murillo, Eugenio Espejo, Francisco de Miranda, Bernardo de Monteagudo, Bernardo de O’Higgins, Juan José Castelli, Antonio José de Sucre, Mariano Moreno y José Gaspar Rodríguez de Francia. Que entre otros tantos, habrían asimilado los ejemplos de las revoluciones americana y francesa; y accedido -por contacto directo o por referencias- a las luces de John Locke, Adam Smith, René Descartes, Charles Louis de Secondat y Barón de Montesquieu, François Marie de Arouet - Voltaire, Denis Diderot y Jean-Jacques Rousseau, junto a otras lecturas “revolucionarias” de entonces.
No todos ni en todos los países, pero estos fueron fundamentales. Porque ya finalizada la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay, los gobiernos de cualquier bando adjudicaron virtudes revolucionarias a sus revueltas armadas. Luchas de hermanos contra hermanos que, más que revolucionarnos, hicieron que involucionáramos hacia épocas de barbarie, nunca vistas en el país. Porque si los hombres usaron de todo para que nuestras desgracias continuaran y que la muerte se expandiera sin misericordia por el territorio nacional, el alimento fundamental para los enfrentamientos, fue el resentimiento. Además desde luego, de cañones y fusiles, esgrimidos por cada quien, cuando tuvo su oportunidad.
Hoy vemos a resentidos en la oposición como en el Gobierno de nuestro país. Pero ninguno de ellos hasta ahora se atrevió a pensar que “la lucha” no es de bandos. Que no debiera ser de bandos; sino de todos contra la pobreza de nuestros compatriotas más desvalidos. Contra la corrupción generalizada que se practica, o se excusa, desde el gobierno. Por abandonar las indignas prácticas de la soberbia e intolerancia de quienes no se han percatado que el Poder no es más que la posibilidad de ejercer nuestra voluntad para beneficio de todos.
De proyectar un futuro auspicioso para el país. Marcando una clara diferencia entre lo bueno y lo malo; lo legal y lo ilegal. Entre lo decente y lo indecente.
La lucha debe ser por concebir una mejor educación y de instrumentar algo mejor de lo que tenemos, para lograrla. Entre otras varias iniciativas. Y mientras esperamos que alguna vez suceda algo parecido, no aparezca algún “disidente” parapetado en un monte, en un búnker, en una iglesia de cualquier Credo .. o en algún barrio cerrado.