29 abr. 2026

Puntos de vista

Para los afortunados que tienen una visión natural, siempre ha sido un misterio entender cómo ven el mundo aquellos que padecen problemas como miopía y astigmatismo. Vida intenta acercarse a esta realidad a través de las historias cotidianas de sus protagonistas.

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Texto: Fátima Schulz │Fotos: Javier Valdez

“Una vez, en lugar de tomar el colectivo de la línea 21 Zona Sur, de cartelito amarillo, me subí a otro. Por las luces creí que era el que me llevaba. Pero grande fue mi sorpresa cuando no giró en la calle Soldado Ovelar. Entonces le pregunté a mi compañera de asiento por qué el ómnibus no había doblado en el lugar de siempre. Lo único que ella alcanzó a responderme fue: ‘No, señorita, se subió mal. Esta es la línea 20'. Me quise morir. Y como no tenía más dinero para retomar el viaje y volver a casa, tuve que llegar caminando”.

Hoy, Marcia López (25) recuerda esta anécdota entre risas, pero lo cierto es que sus dificultades para ver bien ya la han hecho pasar por varias situaciones nada agradables en su momento. Miope desde la adolescencia, ella forma parte del 7% de la población adulta joven que -según datos del Ministerio de Salud- sufre alguno de los denominados vicios de refracción: miopía, hipermetropía y astigmatismo.

La vista es uno de los sentidos más importantes y preciados. Tanto es así que existe una creencia popular que habla del “mal de ojo”, un daño que una persona puede ser capaz de producir a otra solamente con la potencia de una fuerte mirada. Las abuelas aseguran que esto puede evitarse usando una cinta roja como pulsera.

Pero al margen de esta superstición, hay otros males que sí preocupan a la ciencia, porque ciertamente dañan la vista y al desempeño natural de las personas. Miopía (visión borrosa para los objetos lejanos), hipermetropía (pérdida de la visión cercana) y astigmatismo (dificultad para enfocar las imágenes en general) son los más comunes.

Normalmente, la miopía se manifiesta en la infancia, durante la etapa escolar, al igual que la hipermetropía, con la diferencia de que esta última no suele progresar durante el crecimiento. En tanto, el astigmatismo puede aparecer desde el nacimiento o desarrollarse a lo largo de la vida de la persona afectada, e incluso llegar a agravarse más que la miopía. Estos males, por lo general, están determinados genéticamente y pueden producir dolores de cabeza constantes, debido al esfuerzo permanente para acomodar la visión.

Además de la herencia, otro factor que puede ayudar a desarrollar estas enfermedades es sobreexigir a la vista, mirando televisión muy de cerca, exponiéndose excesivamente al monitor de la computadora o leyendo con escasa iluminación.

VIVIR CON ESE MAL

Marcia usa anteojos desde hace casi una década. A los 16 años, sus continuos dolores de cabeza la llevaron a consultar con un oftalmólogo, que le diagnosticó miopía y astigmatismo. “Puedo identificar a las personas de forma cercana. Pero si me saco los lentes, por ejemplo, ya me cuesta leer carteles que están por lo menos a 10 metros de distancia, a menos que tengan un alto contraste de colores. No puedo ver de manera muy nítida los objetos y los contornos se me nublan. Si bien mi caso no es tan grave, porque sin lentes todavía alcanzo a ver, como trabajo mucho frente a la computadora necesariamente tengo que usarlos, porque me da dolor de cabeza si no lo hago. No es tan divertido, pero si no los uso me cuesta enfocar los objetos”, comenta.

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En Paraguay, el 7% de la población adulta mayor tiene algún vicio de refracción: miopía, astigmatismo y/o hipermetropía.

El caso de Darío Villalba (54) no es muy distinto. “Me di cuenta de que algo fallaba en mi vista porque una vez estaba sentado con unas compañeras en la facultad y había un panel con avisos académicos. Ellas podían leer desde donde estábamos y yo lo único que alcancé a distinguir eran unas letras grandes y en color rojo que decían: ‘Importante’.

También empecé a darme cuenta de que cada vez que miraba la luna no podía distinguir bien la imagen. Los cráteres y las manchas negras me aparecían totalmente difuminadas y solo identificaba un círculo luminoso”, recuerda.

Él tenía 20 años cuando, luego de consultar, le recetaron anteojos debido al astigmatismo miópico que padecía, sin saberlo. Pero al poco tiempo se le cayeron los lentes y nunca más los encontró. “En realidad me molestaban mucho; se me perdieron, entonces nunca más los usé. Con el tiempo me acostumbré a vivir sin ver el detalle de las cosas”, añade.

Darío no puede evitar rememorar historias que vivía cada vez que salía a la calle sin anteojos. El viajar en transporte público parece convertirse siempre en la principal anécdota. “Me pasó que le hacía la parada al bus por las dudas, sin saber, y cuando me daba cuenta de que no era, tenía que disculparme. Otras veces esperaba que estuviera lo suficientemente cerca para saber si era mi colectivo, y cuando podía confirmar que sí, ya me pasaba de largo”, explica.

Su astigmatismo le hizo vivir más de un momento incómodo. Por ejemplo, cuando iba por la calle y veía a gente que lo saludaba. Como él no lograba distinguir el rostro, y entonces se quedaba con la duda de si se dirigían a él o a otra persona. “Pero eso tenía su lado positivo, porque también me servía de excusa muchas veces cuando no quería saludar a alguien, ya que no lo podía reconocer y tampoco quería pasar vergüenza saludando a gente desconocida por confusión”, confiesa divertido.

Fanático del fútbol, lo que Darío más lamenta de aquellos momentos de baja visión es que cuando iba a la cancha no alcanzaba a ver los números de las camisetas de los jugadores, y solamente podía identificarlos por la silueta o por la posición en la que jugaban.

Con el tiempo, este hombre se acostumbró a vivir con astigmatismo, e incluso asegura que este problema fue desapareciendo gradualmente, aunque no hay estudios científicos que demuestren que este problema se puede revertir. “Me di cuenta de que estaba curado hace más de 10 años, cuando empecé a distinguir otra vez las figuras internas de la luna”, afirma.

Desde hace unos años, sin embargo, empezó a lidiar con otra dificultad visual: la presbicia, un proceso normal que se da de manera progresiva a partir de los 40 años, cuando uno empieza a perder la capacidad de enfocar de cerca. Así que él, mejor que nadie, sabe lo que es entrecerrar los ojos para poder leer o reconocer a alguien.

PARTE DEL CUERPO

Actualmente, el mundo de la tecnología se ha vuelto loco por las prótesis. Sí, no hay duda de que los Google Glass, las piernas biónicas y los relojes inteligentes son grandes inventos de esta era. Pero lo cierto y lo concreto es que no hay una prótesis tan útil, necesaria y tecnológicamente perfecta como los lentes. La simpleza de esta invención encabeza el top ten de los mejores descubrimientos de la humanidad, ya que permite el desarrollo de la cultura basada en imágenes, dando pie a que televidentes, fanáticos del cine y asiduos lectores puedan seguir sus aficiones por mucho tiempo más.

Eso mismo piensan Fabián Méndez (26), Beatriz Fariña (30) y Eduardo Giménez (33). Para ellos, sus anteojos son como una extensión de su cuerpo. Y en caso de no llevarlos, sienten muchísimo su ausencia.

Si bien la rutina diaria que tienen es bastante normal, ponerse los lentes figura entre las primeras cosas que hacen al levantarse por la mañana.

Los tres coinciden en que sus problemas visuales empezaron en la etapa escolar. “Desde chico tuve problemas para ver de lejos. Me era muy difícil distinguir las líneas de la tiza en la pizarra. Entonces, tenía que pegarme más al frente. Cada vez era más fuerte, hasta que empecé a contarlo en mi casa, pero como era chico, al principio no me creían.

Hasta que una vez mi mamá me llevó a una consulta médica en la que me recetaron unos anteojos bastantes ‘avanzados’ para mis 13 años”, explica Fabián.

De entrada le dieron una graduación de -2,25 y -2,50, cuando lo normal es empezar con -0,5 o -1. “Fue un cambio muy radical comenzar a adaptarme a usar anteojos y aprender a manipularlos, a limpiarlos y a tenerlos puestos de manera permanente”, agrega. Él vive con los lentes las 24 horas del día, ya que si se los saca, los colores se le mezclan y no identifica a las personas a cierta distancia.

Eduardo vive la misma situación a diario. Su día se inicia buscando sus anteojos para poder arrancar. Él cuenta que cosas tan simples como caminar, manejar y usar la computadora no serían posibles para él si no contara con su inseparable compañero de batallas.

Para Estefanía Ramírez (27), estar sin sus gafas le hace doler la cabeza y la pone de muy mal humor. “Yo hasta me baño con mis anteojos”, acota entre risas.

Beatriz no se queda atrás con las anécdotas graciosas: “Como sin lentes veo todo borroso, me pasó que en una discoteca me llamó la atención un chico porque se veía muy lindo, pero cuando me acerqué para hablarle, me asusté, porque al verlo de cerca me di cuenta de que era horrible”, dice sin aguantar la carcajada.

Para todos ellos, salir de casa sin anteojos no figura como opción. Para cruzar la calle, comprar pan, subir a un bus, ir a bailar, ejercitarse o tirarse a la pileta, sus ‘ojos auxiliares’ siempre los acompañan.

FOCO DE BROMAS

Cuando uno usa lentes, las cargadas también están a la orden del día.

“Es todo un clásico que te digan que, aunque algo esté cerca tuyo, no ves luego nada o que te hacés nomás de la que no ves”, dice Beatriz. Y Fabián añade: “Es muy difícil, porque para la gente normal es algo increíble que no puedas ver a un metro de distancia, y cuando les decís eso incluso se te ríen en la cara. Pero para mí, es toda una hazaña buscar algo sin lentes. ¡Salir a la calle sin ellos sería una catástrofe!”.

Hoy, ser miope o hipermétrope no es un problema sin solución, porque existen lentes correctivos, que le dan al afectado la posibilidad de decidir cómo desea ver el mundo: nítido y con mayor claridad, por obra y gracia de este invento, o borroso y distorsionado.

Todos ellos tienen sus propias historias de vida, pero coinciden en algo: afortunadamente se inventaron los anteojos. Gracias a ellos, pueden pasar de un mundo en VHS a otro en HD.

OJO CON ESTOS SÍNTOMAS

No existen síntomas específicos que actúen como alarma. Pero si empieza a visualizar puntos negros o luminosos, o a padecer ceguera nocturna, ardor o dolores en párpados y sacos lagrimales, además de picazón ocular, lo recomendable es recurrir a un profesional. El doctor José Sánchez Di Martino, especialista en oftalmología, destaca la necesidad de visitar a un médico para controles regulares entre los cinco y seis primeros años de vida; durante la adolescencia, entre los 12 y 15 años, y entre los 18 y 22. A partir de los 40 años los controles deben ser más regulares. La miopía se puede corregir con lentes negativos, mientras que la presbicia y la hipermetropía, con lentes positivos. No existen causas que determinen con exactitud el origen de estas enfermedades oculares, ya que por lo general son genéticas y no se pueden prevenir ni revertir.

LENTES, UNA TENDENCIA

Guillermo Acosta, propietario de Óptica Atenas, explica que usar lentes se volvió incluso una moda, a la que no solamente recurren quienes tienen una prescripción médica, sino también aquellos que buscan marcar tendencia. “Muchos jóvenes acuden buscando determinada línea o marca, lo que indica también otro target de clientes, y por ende, otro costo. El público paraguayo está cada vez más exigente, porque ya no se limita tan solo a lo que le ofrecés, sino también a lo que ve en las revistas, en los videos o en internet. Los chicos de entre 17 y 18 años, por ejemplo, te piden los lentes vintage, que son de estereotipo moderno, marcos gruesos, más llamativos. Depende mucho de la personalidad de cada uno y también del ambiente en el que se desenvuelve. Si el cliente trabaja en un banco, normalmente va a preferir algo más formal, clásico y conservador. Pero nunca faltan los extravagantes”, explica.

PARA VERTE MEJOR

Actualmente, existen varios tipos de cristales para anteojos, de acuerdo a la necesidad del paciente. Están los orgánicos, que hace un par de años vinieron para reemplazar a los cristales minerales, mal llamados vidrios, que hoy ya no se utilizan más por normas de seguridad.

También está la extensa rama de multifocales, especialmente indicados para aquellas personas que usan anteojos de manera permanente, ya que les permiten tener tres visiones en un solo lente: lejana, intermedia y cercana.

Los antirréflex son transparentes y no tienen el destello de brillo que da un lente normal. Son especiales para personas que trabajan con cámaras fotográficas o en televisión, donde se encuentran expuestas a mucha luz. También son recomendables para quienes tienen cansancio de vista y deben utilizarlos para leer o trabajar en la computadora, ya que funcionan como filtro protector de rayos ultravioletas.

Los cristales fotocromáticos tienen una doble función: usar un anteojo claro bajo techo, y a la vez una pigmentación oscura bajo el sol.

Los costos de los cristales oscilan entre G. 50.000 y G. 3.000.000. Mientras, los marcos se encuentran a partir de G. 80.000 y pueden alcanzar los G. 3.000.000.

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